El arte perdido de escuchar – Vol. 2: La próxima

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En estos tiempos de aislamiento y reconfiguración (quién sabe si definitiva) de nuestro sistema de relaciones producto de la COVID-19, Keith Jopling, fundador del sitio de curaduría de playlists The Song Sommelier, ha publicado en colaboración con la agencia dlmdd una serie de reflexiones bajo el nombre The Lost Art of Listening (El arte perdido de escuchar), en las que examina el papel de la música y la escucha en nuestras vidas (entendiendo la escucha como el ejercicio de oír atenta y conscientemente la música), y cómo el impacto de esta pandemia global puede remodelar de manera permanente los oídos y mentes de las audiencias a lo largo y ancho del planeta. Nos complace compartir con ustedes —martes y jueves, durante las próximas tres semanas— esta provocadora colección de ensayos traducidos al español, con el permiso de su autor.

(si quieres leer el vol. 1 pincha acá)

Recuerdo cuando Beats lanzó por primera vez su servicio anterior a Apple Music, en 2014. Su discurso se concentraba en la curaduría hecha por seres humanos por encima del algoritmo, dándole a Spotify un preventivo piñazo en el ojo. El dicho favorito de Jimmy Iovine por esa época era “qué canción viene después es tan importante como qué canción está sonando ahora”.

Lo que vino después fue que Spotify lanzó la primera función de recomendación que logró obtener buenas críticas por parte de los clientes. Discover Weekly se basó en el principio algorítmico, bastante establecido, de filtrado colaborativo, pero se apoyó en sus datos de consumo y la vasta biblioteca de música de Spotify para que funcionara excelentemente bien. Aun así, su atractivo no era una solución para todos. De hecho, las listas de reproducción de Spotify curadas manualmente continuaron representando un volumen mucho mayor de escuchas en general. La curaduría de contenidos hecha por seres humanos continuaba ganando.

Debido a su naturaleza de ventana de descubrimiento directa (y nada sutil), Discovery Weekly era una mezcla ecléctica de estilos, incluso aunque estuviera diseñada para dar en el clavo con los gustos musicales de cada usuario. Dado que nuestros gustos son generalmente bastante omnívoros, este tipo de listas de reproducción (Apple también tiene una llamada New Music Mix) no son una experiencia de escucha equilibrada, ni están concentradas en un estado de ánimo o género. Hasta ahora, solo la curaduría hecha por seres humanos puede llegar realmente a ese punto.

Bueno, tal vez no. Personalmente, encuentro que Spotify está en su mejor momento cuando dejas que suene continuamente en su modo de “radio”. Sin embargo, este algoritmo funciona, funciona incluso mejor que Discover Weekly. Podría decirse que el genoma de la música de Pandora ha hecho esto desde el comienzo del streaming hace casi dos décadas. Sin embargo, ese servicio está confinado a las fronteras de EE. UU. Pandora siempre ha construido su sistema a través de la próxima canción. La compañía convirtió ese concepto en la pieza central de una importante campaña publicitaria en 2016; en la televisión y en las plataformas de video uno podía toparse con aquel anuncio de 30 segundos con el lema: “La próxima canción es importante”.

El sumo sacerdote de la transición en la música es, por supuesto, el DJ. La diferencia entre los buenos DJs y los mejores no son las selecciones sino las cosas sutiles: las transiciones, las mezclas, la “narrativa”, por así decirlo. En las últimas semanas, es la radio la que ha demostrado esto más que cualquier otro medio. El trabajo realizado por nuestras estaciones nacionales del Reino Unido, nos ha recordado que una de las mejores formas de disfrutar la música es simplemente confiar en el DJ. ¿Te imaginas vivir estas semanas sin la transmisión de la radio? Yo tampoco.

Programación y transición siempre han sido elementos importantes, si no fundamentales, en la música pop. Pero trate de decirles a los artistas que pasan mucho tiempo secuenciando las pistas de los nuevos lanzamientos de sus álbumes, que la programación no es importante. Desde el Fine Line de Harry Styles hasta los ultra clásicos Dark Side y Sgt. Pepper —el álbum meticulosamente ordenado siempre ha sido parte del proceso creativo. Eso hace una diferencia. Como oyente, un álbum bien secuenciado es uno de los pequeños y mejores placeres de la vida.

La era del streaming está poniendo esta idea en peligro, sin lugar a dudas. A nivel cotidiano, no es una prioridad para la mayoría de los oyentes. Un método que se ha empleado mucho en la era del streaming es el “interludio” —fragmentos de grabaciones de palabras habladas, mensajes de correo de voz, etc., que se interponen entre las canciones en álbumes clásicos modernos como el Seat At The Table de Solange, Control de SZA, y Rubio de Frank Ocean. Sin embargo, esto no es una secuencia, sino una forma de aumentar la sensación de intimidad en todo el álbum. Realmente funciona.

Quizás en los próximos meses a medida que todos trabajemos más desde casa, podamos dedicar un poco más de nuestra escucha a tratar de apreciar las historias, las transiciones y las secuencias. Después de todo, hacer las cosas en una especie de orden es algo profundamente enraizado en el instinto humano.

Cuando seleccionamos nuestras listas de reproducción, prestamos atención a las transiciones, hasta cierto punto. Hay un simple placer en secuenciar una lista de reproducción que puede desarrollarse, ya sea elevando gradualmente al oyente o tal vez comenzando con algo optimista para luego bajarle poco a poco. O simplemente disfrutar cómo una canción puede combinarse con otra. Es por eso que con frecuencia recomendamos la función de crossfade de Spotify (Configuración, Reproducción, Crossfade y configurarlo entre 0-12 segundos). Los otros servicios de streaming realmente deberían introducir una característica similar.

También alentamos a nuestros “oyentes exigentes” a no omitir pistas. Nuestra política de “No omitir” no es obligatoria (en realidad es solo un gesto simbólico), pero nos la tomamos en serio —está diseñada para alentar un poco de escasez autoimpuesta, prestar atención y, sin duda, asegurarnos de que una reproducción sea una reproducción y no un temido clip de 30 segundos. Y vamos, en serio, si no puedes dedicarle a una canción tres o cuatro minutos de tu tiempo, estás en un mal lugar o escuchas la lista de reproducción incorrecta.

(originalmente publicado en The Song Sommelier)

(Siguiente: El arte perdido de escuchar – Vol. 3: Prestar más atención)

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