Ilustración: Mayo Bous.
Ilustración: Mayo Bous.

Descarga: Eme Alfonso

5 minutos / Eme Alfonso

03.02.2020 / Artículos

Mi familia no es la más normal del mundo. A pesar de llevar su mismo ADN y entrar como ellos en éxtasis con cierta música, antes no lograba comprender del todo el poder que posee esta para quebrarnos el alma o lanzarnos al paraíso. 

Este es un tema de conversación que he tenido muchas veces con mi padre, que cuando entra en estado filosófico nadie le gana (no saben las conclusiones maravillosas que sacamos de esos debates). Él me lo ha explicado con palabras pero yo no lo sentía igual. Incluso le escuchaba decir a veces: “Este artista tiene mucho talento pero no se ha encontrado con la música todavía”, y yo pensaba “pero si es un artista increíble, toca bien y es un virtuoso del instrumento”. No sabía realmente qué significaban sus palabras. Es por eso que a menudo hemos discutido sobre quiénes han tenido la dicha de encontrarse con la música y quiénes desafortunadamente nunca lo han logrado.

Lo primero que debo explicarles es una teoría existencialista que me inventé, con la que he llegado a encontrarme con la música, literalmente. Muchas veces se dice que tenemos un destino, que todo está escrito y que las cosas suceden por algún motivo oculto. Que nuestra función en la Tierra tiene un objetivo y nacemos para cumplirlo. Después de darle tantas vueltas a ese tema me di cuenta de que es todo lo contrario. Sí, totalmente lo opuesto. De hecho, escribí un disco y una canción sobre eso cuando empecé mi carrera como solista (Señales), que las casualidades no existen y todo ocurre por algo. Las posibilidades de vida en el planeta son de 1/10133 (son 133 ceros), entonces, ¿por qué creemos los humanos que somos tan importantes? 

La vida no tiene lógica. No hay un sentido concreto en ella, no hay límites, ni fronteras, ni formas, ni estructuras, ni el bien, ni el mal, ni idiomas, ni gobiernos. En esencia, los humanos somos partículas del universo y formamos parte de él. Creo que la música está conectada de algún modo con ese principio puro de nuestra existencia, porque tiene la capacidad de remover la energía de la cual estamos hechos.

La música es un universo en sí, miles de posibilidades flotando en el aire, creando micromundos y dimensiones todo el tiempo. Y existen algunas personas que tienen la capacidad de interpretarlo para cambiarnos, y nos ayudan, a través de sus interpretaciones, a emprender mejor este viaje, este paso breve por la vida. 

A mis 17 años, entre los pasillos de la Escuela Nacional de Arte y un demacrado cubículo del tercer piso, encontré la música. Horas y horas de soledad escuchando todo tipo de canciones cambiaron por completo mi visión de la vida y, a partir de ese momento, los colores y los sonidos entraron a mi cerebro. Gracias a mi vieja Discman, mi compañera en la adolescencia, y la carpetica con discos que le robaba a mi hermano y a mis padres, encontré a la poderosa diosa de los sonidos y las emociones. 

Pero ojo, una cosa es encontrarte con la música como espectador y otra como artista. Desde mi punto de vista, ese otro encuentro forma parte de la madurez artística, de las vivencias, del talento, de la coherencia interpretativa, de cierta maldad adquirida para manipular al espectador, además de inteligencia emocional, dominio de la escena, etc. Y ese momento, en mi caso, ocurrió cuando mi vida personal estaba patas arriba: desamores, rupturas, la muerte de mi abuela, una inexplicable rebeldía familiar, que sé yo… Escribí Alguien me detenga ―la que para mí ha sido mi mejor canción― con el corazón en la mano y un nudo en la garganta. En unas pocas horas en el estudio compuse la melodía y la armonía; a decir verdad, bailaban solas, ya estaban ahí en mi cabeza creando conflictos y desarmándolos. La letra fue aún más dolorosa. A partir de ahí, debo confesarles que la música ganó protagonismo en mi subconsciente, algo se arraigó dentro de mí para acompañarme en los momentos más difíciles. 

Entonces, regresando a nuestro tema, cuando veo o escucho a un artista con la capacidad de conducir mis sentimientos con sus interpretaciones o sus composiciones, me doy cuenta al momento de su poder, de su conexión con el universo, y me dejo llevar por completo. Lo disfruto como una niña, lloro sin pudor si es necesario porque sé que cuando termine la función estaré en paz conmigo misma, seré parte de esa nada y ese todo del que les he hablado y me sentiré poco importante, sin egos y frustraciones. 

Después de entender todo esto me ha sido más fácil seguirle la corriente a las filosofías de mi padre, una víctima más del poder que ejerce la música sobre todos y todas. Pero, ¿quién soy yo para dar mi opinión sobre este tema? Estoy convencida de que cada uno tiene su propia historia y su manera peculiar de encontrarse con la música. 

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