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De Cimafunk, reparterismo y temas aledaños

por
El Secundero

Hace un par de semanas, en la oficina donde trabaja una amiga, se habla de los últimos acontecimientos culturales: premios, series televisivas, sonoridades de moda. Ningún evento alcanza la popularidad de Cimafunk, nombre artístico del compositor, cantante y líder de banda Erick Iglesias, el más reciente fenómeno de masas dentro de la escena musical cubana; de repente, alguien hace un comentario cargado de racismo, clasismo y elitismo: “Ese no es más que un repartero con cultura.”

La clasificación disminuye cualquier valor para aquellos a quienes les sea asignada la etiqueta de “repartero” e implica la existencia de una división tajante (clasista y territorial) que debe ser mantenida para conservar la salud del cuerpo social; esto se traduce en una organización del espacio urbano según la cual habría de existir un centro controlador que produce carga positiva, unas zonas neutras (susceptibles de ser “mejoradas”) y ese enorme afuera de lo ignoto, lo monstruoso, lo salvaje negativo que corresponde a “los repartos.” De este afuera provienen tanto las no-músicas (de las cuales, hoy día, la figura privilegiada es la del “reguetón”) como su doble invasivo: el uso del volumen máximo.

Lo interesante de esta música a todo volumen es que se trata de una apropiación de tecnología que no puede ser ejecutada sino con un equipo de amplificación acoplado a una o más bocinas y que admite aplicar eco, reverberación, conocer acerca de decibeles, que se conecta al bluetooth del teléfono, que acarrea un saber. Si la combinación de producción cultural y prácticas de consumo permaneciera o pudiera ser contenida o inmovilizada dentro de “los repartos” el latido o vida de estos territorios pertenecería al misterio; sin embargo, es la apropiación de la tecnología lo que permite lo mismo la creación de esa música agresiva, otra, como su presencia en el perímetro protegido de la ciudad. Gracias a la tecnología, “el repartero”, el olvidado, se hace visible y reclama atención.

Las confrontaciones que tienen lugar dentro de este panorama reúnen aspectos correspondientes a la producción de cultura, la distribución y el consumo; cuestiones propias de la formación del gusto estético y los diversos sentidos de esta categoría en diferentes grupos sociales; manifestaciones de esa categoría socio-clasista a la cual Pierre Bourdieu denominó “la distinción”, entre otras muchas posibilidades de debate y fricciones conceptuales, cualquiera de ellas desbordante de aristas político-ideológicas.

Una simple canción nunca es simple, de modo que el análisis debe comprender las estructuras sonoras que hacen, como tal, la canción; así como las particularidades de su interpretación y el impacto que merece entre críticos y público. Si el fenómeno Cimafunk, hasta ahora, tiene su fundamento (sobre todo) en una canción, la muy pegajosa Me voy, confinar al artista a esto bien puede tener los visos de racismo, clasismo y elitismo que antes hemos mencionado. Hay que escuchar la totalidad del disco Terapia, donde la canción de marras se encuentra, para entender que Erick Iglesias es un músico mayúsculo con potencialidad, ya sea como compositor o como intérprete, para llegar hasta donde desee.

No es un negrito divertido ni un repartero con cultura.

Repito, para tener idea clara, hay que escuchar la totalidad del disco; volver a la espectacular interpretación que (a capella), hizo Cimafunk de la pieza Yo vengo a ofrecer mi corazón, nada menos que con su autor Fito Páez delante; o revisar la reciente entrevista que condedió al programa de televisión Piso 6, donde reveló que aprendió a editar para él mismo hacer el video de la canción Me voy,  que lo ha convertido en la revelación del pasado año en nuestro país.

En las revistas Somos Jóvenes y Pionero hay dos muy buenos textos-entrevistas dedicados a Cimafunk. El de Somos Jóvenes se titula Cimafunk, la fiebre que invade la isla, tiene autoría de Rafael Grillo y aparece en el número 384 (septiembre/octubre de 2018); el otro, titulado Erik Iglesias: Cimafunk soy yo., tiene autoría de Isabel M. Echemendía Pérez y aparece en el número 228 (septiembre/octubre de 2018) de la revista Pionero.

¡A leer!

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