Dayramir en el Jamboree. Foto: Jordi Ayala

Dayramir González: Variaciones entre lo grande y lo pequeño@

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PM
Por Vivi Alfonsín y Juanjo Berdullas

El  Jamboree es una cueva oscura, un club de jazz varios metros por debajo del nivel del suelo en la Plaza del Real, en Barcelona. También es un bastión donde la música en directo resiste a diario, una parada obligatoria para cualquier viajero, un anhelo para los músicos que viven y pasan por la ciudad, un sótano de alcurnia donde han tocado primeras figuras: Baker, Fitzgerald, Montoliu. Es, además, un ejercicio permanente de meter lo grande en lo pequeño, de explorar y acoger las variantes que tienen al jazz como eje. Y allí en el Jamboree, en el marco del Festival Grec, la cava de la Plaza Real recibió hace un par de semanas cuatro dobles sesiones inmensas de la música de Dayramir González, el pianista, compositor y arreglista cubano afincado en Nueva York.

Puntual, espigado, sonriente, arranca desde la parte trasera del local, allí donde se controla el sonido y queda un hueco para las pocas almas que prefieren permanecer de pie. Saluda y se presenta sin pisar el escenario aún, con la modestia del que se dirige a su trabajo. Dayramir es un showman, no le va a costar mucho ganarse a la gente. Ya le habrán advertido que parte del público no habla español y por eso se presenta también en inglés. El silencio apenas se quiebra por alguna risa, por un mínimo murmullo. Dice que quería regresar a esta ciudad, pero no como turista, sino como músico para exponer sus pesquisas, sus desvelos, sus estudios, sus consecuciones. Ya anduvo por estos lares con Bebo y Chucho Valdés, con Diego El Cigala.

En esto de la música, sobre todo en las de ida y vuelta, como el jazz, conviene aclarar los términos. González lo dejó claro desde el principio al inscribirse en la tradición del “jazz afrocubano”, del jazz hecho en Cuba o la música cubana hecha a través del jazz, que diría con precisión exquisita López-Nussa, pero, hay que sacarse el estereotipo de la cabeza, hay que abrir los ojos, prestarle atención. De Cuba llegaron influencias rítmicas, directamente a Congo Square, que determinaron los derroteros del proto-jazz, y el tresillo (la habanera) fue, como insiste Marsalis, un elemento clave en la formación del jazz, en la síncopa y la clave de Nueva Orleans. La música cubana y los músicos cubanos influyeron decisivamente en tránsitos revolucionarios, como el del bebop al hard bop, que dio lugar a esa cisma jazzístico que dejó el swing en la Costa Oeste y el ritmo más duro en la Costa Este, desde donde Monk, Horace Silver y Blakey, anticiparon, o materializaron, los ritmos que un día llegarían a ser electrónicos. Cuando Dizzie buscaba caminos nuevos, en alguno de ellos se encontró con la percusión cubana y con los guajeos (esos ostinatos afrocubanos), esa repetición a la que volver, a la que aferrarse, con la que compuso mano a mano con Chano Pozo. Como hubo bebop y hard bop, hubo cubop.

El primer tema de la noche lo compuso con 16 años. Agacha la cabeza hacia el teclado como un ciego, como si esa cercanía le permitiera escuchar algún secreto del piano. Transición es un resumen de toda su trayectoria y evolución en no más de doce minutos. La considera una canción de cabecera que va creciendo y variando con él. Concentra y reivindica su formación clásica, el respeto por la tradición musical cubana en toda su variedad, y esa tendencia al hard bop materializada en los sonidos de esta noche: un terceto de piano, percusión y electrónica, una batería dura y acelerada y el bajo eléctrico que contribuye a la lentitud de la explosión, a la belleza de la progresión que cuando está a punto de desbordarse, vuelve a ser comedida. 

Dayramir en el Jamboree. Foto: Oliver Adell
Dayramir en el Jamboree. Foto: Oliver Adell

La cueva se ha quedado pequeña ya, y no lleva ni veinte minutos. Durante toda la noche durará la impresión de que el Jamboree y Dayramir tienen algo en común, ese gusto o esa necesidad de “meter La Habana en Guanabacoa”, de adaptar la ambiciosa propuesta del disco al formato musical de estas cuatro noches. No podemos evitar imaginar cómo se escucharía con la acústica de un sitio grande. Del Carnegie Hall, por ejemplo. Y estamos deseando escuchar el disco en casa, para saborear los temas íntegros y la forma en que ha puesto diez años de influencias en The Grand Concourse, una referencia al crisol rítmico del Bronx, que formó el núcleo de sus actuaciones, guiño indirecto a su barrio natal de El Cerro, en La Habana. Esos barrios de los que uno se siente orgulloso de ser, haber salido y volver.

Ahora va a tocar Moving Forward, el himno de un perseguidor, un canto a la lucha, al trabajo, a la perseverancia. En algún momento detiene el piano y consigue que la melodía se sostenga por encima del silencio, como si la música tuviera inercia. Pero no ha terminado, empezamos a acostumbrarnos a algo que durará toda la noche: el placer de ese procedimiento de dispersión y recogida. Siempre parece que se va a acabar lo bueno, pero no. Nos hace dar palmas, hace que las palmas acompañen al piano. Hay un par de chavales embelesados en primera fila, creemos que son estudiantes de música. Los delatan los instrumentos enfundados que cargan, la timidez con que atienden la evolución de los sonidos, el respeto reverencial de su mirada. El público es de todas partes, cruzamos palabras de sorpresa en lenguas distintas. Nos miramos, abrimos los ojos, sonreímos.

De su mano se rinde homenaje a Saumell, Cervantes, Lecuona, a través de Sencillez, un danzón maravilloso. Dayramir González ralentiza un tumbao sabroso y elegante con el piano, alguien del público intenta un baile en la parte de atrás, pero se detiene cuando irrumpe el punteo rockero de Dean Torrey en medio del danzón y este da paso al solo de batería de Juan Chiavassa. Mientras tanto, Dayramir canta, nos hace cantar, se marca un paso. Parece que el danzón ha mutado en hidra ingobernable, pero no, el pianista abrocha el tema con su propio inicio; nos deja mudos, riendo, felices, nos acaba de hacer un viejo truco de magia. 

Dayramir en el Jamboree. Foto: Oliver Adell
Dayramir en el Jamboree. Foto: Oliver Adell

Diríase que la sonrisa forma parte del gesto permanente de Dayramir González, pero no para interpretar Smiling, al menos no en este caso. El tema original fue concebido para cuarteto de cuerdas, coro, percusión, bajo eléctrico, guitarra, saxo alto y tenor, flauta, trompeta y ahora se propone asumir únicamente con el piano todo lo que no cupo sobre el escenario del Jamboree. Cualquiera diría que eso no se puede hacer, pero él puede, aunque las voces de asombro se alzan tanto ya que deben alcanzar el escenario. 

En algún momento de la noche invita al trompetista cubano Carlos Sarduy, amigo de la infancia, compañero de estudios. Nos dejan caer un hipnótico y cómplice Bésame mucho, que arranca exclamaciones entre la concurrencia, algunos besos, alguna lágrima. Sarduy se quedó hasta el final con las congas. Otro día, el cameo se producirá con una voz femenina, la de Marina Tuset que cantará Cómo fue, homenajeando a Benny Moré. 

Y trenzadas con la música están su humildad, su sonrisa, sus raíces. Y están con él su madre, su padre, su barrio, la escuela de música cubana en la que agradece haberse formado. Dayramir González ya está de pie, agradeciendo los aplausos junto a Carlos Sarduy, Dean Torrey y Juan Chiavassa. El público también se levanta y Dayramir, mientras baja los tres peldaños que distinguen el escenario de las butacas, con la modestia de quien termina un turno de trabajo, pregunta a los dos estudiantes de música: “¿Qué, muchachos, les gustó?”.

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