Silvio Rodríguez en Avellaneda. Foto: Kaloian Santos.
Silvio Rodríguez en Avellaneda. Foto: Kaloian Santos.

Cuando el Caribe suena. Ritmos cubanos en Buenos Aires

18 minutos / Luciano Beccaria

05.08.2020 / Artículos

En Buenos Aires se dice que los argentinos bajamos de los barcos. Una creencia arraigada que no sólo abraza una ascendencia europea exclusiva, sino que pretende invisibilizar las vertientes indígena y afro. Estas dos poblaciones en Argentina fueron lentamente diezmadas y reducidas por distintos factores (genocidio, guerras, enfermedades), especialmente durante el siglo XIX.

Pero si volvemos a la frase, una manera de desmentirla es considerar que lo afro también bajó de los barcos. Si el Río de la Plata divide dos orillas culturalmente identificadas como la uruguaya y la argentina, hay otra orilla algo más lejana cuyo pasado colonial y esclavista la acerca, como una extensión de los puentes submarinos de Brathwaite y Glissant. Los ritmos cubanos y rioplatenses, sin lugar a dudas, tienen en común el componente afro, que luego se hibridaron con lo criollo y lo europeo (y en algunos casos del folclor argentino, con lo indígena). Sin ir más lejos, el patrón rítmico del candombe es exactamente igual a la clave del son cubano.

Esos lazos se multiplicaron en el siglo XX con la expansión de las industrias culturales ―especialmente con el tango y el bolero― y el desarrollo de procesos sociales en el continente que constituyeron distintos hitos. Desde la gira de Carlos Gardel a La Habana que quedó trunca en el aeropuerto de Medellín, hasta el único recital del Trío Matamoros en Buenos Aires con su tango El huerfanito. Desde el Che Guevara canturreando El mensú de Ramón Ayala en la Sierra Maestra, hasta los años de residencia del pianista Bola de Nieve en Argentina. Desde el éxito en Cuba de Vete de mí, de los hermanos Expósito, hasta la visita de Mercedes Sosa a la Casa de las Américas.

Más cerca en el tiempo, un punto de inflexión para la música cubana en Argentina fueron los 14 recitales de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés que colmaron el estadio Obras en 1984, meses después del final de la dictadura cívico militar más sangrienta que haya vivido el país suramericano (ya durante la década del 70 habían circulado sus casetes de manera pirata). Por otro lado, mientras la salsa se constituía en un fenómeno global, en el rock nacional argentino emergieron bandas que sumaron ritmos caribeños, como Los Fabulosos Cadillacs (y el recordado Vasos vacíos con Celia Cruz)o, más tarde, Mimi Maura.

Pablo Milanés en Buenos Aires. Foto: Kaloian Santos.

Pablo Milanés en Buenos Aires. Foto: Kaloian Santos.

A mediados de la década del 90, un grupo de músicos cubanos se asentó en Argentina y comenzó a darle forma desde distintas tradiciones a la escena que albergaría los ritmos de su país. Escena que, comenzado el siglo XXI, tuvo el espaldarazo del éxito global del documental Buena Vista Social Club. De hecho, el hijo de uno de sus protagonistas fue artífice de uno de los primeros eslabones del circuito cubano en Buenos Aires. Ibrahim Ferrer Jr. vive en Argentina desde 2001 y, entre otras personas, estuvo a cargo del restaurante Ron y Son, en el céntrico barrio de Monserrat, que dio espacio a numerosos músicos cubanos y argentinos. Años después, el espacio cambió de dueños y pasó a llamarse Cuba Mía, donde, sin el esplendor de entonces, todavía convoca a conjuntos de son y salsa. Ferrer Jr. tuvo otros emprendimientos que combinaron gastronomía y música en vivo, para luego dedicarse de lleno a su banda, con la que presenta sones, boleros y guajiras atravesados por el latin jazz.

A la par, en esos primeros años de Ron y Son, trabajó uno de los fundadores de la nueva trova cubana, Rafael de la Torre. Este músico y musicólogo camagüeyano tiene una vasta trayectoria en Argentina, donde conformó numerosos conjuntos e investigó sobre los lazos que unen a los géneros musicales de ambos países y a los del Caribe en general, desde el bolero hasta el ska. En 1998 formó el Quinteto Habana, que más tarde se renombró Clave Cubana, y como tal perdura hasta la actualidad con gran recepción en el circuito salsero. Integrado por músicos cubanos y argentinos, propone un repertorio de boleros, sones y timbas. De la Torre es un estudioso de la música latinoamericana con una variopinta e intensa carrera por la que fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires en 2019.

Entre esa camada fundacional, también se destaca el músico y sociólogo Nelson Falcón Martínez. De tradición rumbera, desarrolló distintos proyectos como la agrupación Iyamba ―que intercalaba ritmos afrocubanos con cantos y ritos religiosos a los orishas―, Nasako, Baya-Kan y el ciclo Los Sábados de la Rumba. Más adelante se destacó como sesionista de músicxs y bandas del folclor argentino, tales como el Chango y Micaela Farías Gómez, y Los Arcanos del Desierto. Por su parte, el pianista Luis Lugo, de formación clásica con incursiones en el jazz y la música popular, fue otro de los músicos cubanos arribados en los 90. Bautizado como “el piano de Cuba” por la Secretaría de Cultura argentina, participó en el espectáculo Bola de Nieve, de la cantante Cecilia Rosetto, y ofreció conciertos en el teatro Colón. Junto a Dagoberto Hernández, percusionista, cantor, compositor y productor nacido en Cienfuegos ―también artífice de esa escena inicial―, ha compartido numerosos proyectos y shows.

La Verdad del Son. Foto: Tomada de las redes sociales de la banda.

La Verdad del Son. Foto: Tomada de las redes sociales de la banda.

La movida salsera

En la actualidad, el circuito de la música cubana en Buenos Aires es múltiple y diverso. En una ciudad de por sí cosmopolita y culturalmente ecléctica, los espacios van desde los clubes bailables hasta los centros culturales, pasando por teatros y locales de música en directo. La movida salsera es la más convocante, cada día de la semana hay garantizada una fiesta cubana en el circuito de clubes bailables, aunque no siempre con bandas en vivo.

El Toque Cimarrón, ubicado en San Telmo, es uno de los lugares más importantes para la música en vivo de origen cubano. Es preferentemente un espacio de baile al estilo de los clubes cubanos de la década del 50, pero el tipo de espectáculos propuestos le dan especial relevancia a las bandas que tocan ritmos de la Isla y el Caribe. Por su parte, el boliche bailable Azúcar, en el Abasto, está más consagrado a la salsa y la bachata. En su pista, que domina el espacio y remeda la de los locales caribeños en Estados Unidos, ya sea con música grabada o bandas en vivo, se codean desde el bailarín más novato hasta la más profesional. Otros clubes bailables que se destacan son Azúcar Belgrano y Mil959. Pero también existe un circuito comercial consolidado para shows en vivo, como Notorius y Bebop Club (más afines al jazz y el blues), Café Vinilo y Hasta Trilce, a los que el público va especialmente a escuchar.

La emergencia de esta movida también se explica a partir del pulso social en Argentina. El boom de la música cubana a inicios del 2000 coincidió con una de las peores crisis económicas y sociales de su historia. A esa situación se sumó, en diciembre de 2004, el incendio del boliche Cromañón durante un recital en el que murieron 194 personas. Desde entonces, el Estado aplicó más restricciones a los locales, en detrimento de muchos espacios para shows en vivo.

Ese fue el contexto para el establecimiento de una nueva generación de músicxs cubanxs. La celebración del Bicentenario de la Revolución de Mayo, en 2010, trajo a Buenos Aires al Septeto Matamoros y, con él, al tresero y director musical Yoelis Matos Torres. Allí también recaló como músico invitado el percusionista Wilbert García Díaz, quien se encontraba en el país desde hacía un año, y con quien compartió distintos proyectos, hasta confluir en La Verdad del Son. “Hay una movida y un ámbito muy abierto para trabajar con la salsa, con la música bailable, no tanto con la música cubana como tal”, dice Matos Torres. El artista destaca que su formación académica de sexteto cubano le permitió configurar conjuntos que no necesitan de tantos músicos, instrumentos ni sonido para hacer música bailable.

Por su parte, García Díaz ―quien además integra el conjunto de Ferrer Jr.― enfatiza una cierta endogamia: “Los músicos cubanos somos como un clan donde casi siempre somos los mismos”. La Verdad del Son fue el resultado de un primer proyecto llamado Bien Cubano: “Era un cañón, nos seguía bastante gente, teníamos temas propios y a los temas tradicionales les hacíamos arreglos nuevos”, dice García Díaz. Cuando se separaron, el proyecto tomó otra forma con algunos de sus viejos integrantes y, según explica el percusionista, actualmente es la única banda en Argentina integrada totalmente por músicos cubanos.

Changüí Guararey con Rafael de la Torre. Foto: Tomada de las redes sociales de la banda.

Changüí Guararey con Rafael de la Torre. Foto: Tomada de las redes sociales de la banda.

Caribe rioplatense

El mencionado boom del Buena Vista Social Club fue también un detonante para la aparición de bandas argentinas de música cubana. Una de las más antiguas es Los Sábalos, septeto de son formado en 2001, con base rítmica de bongó, clave y maracas; conjunto de cuerdas con guitarra, contrabajo y cuatro, y trompeta. Gustavo Kriger Anselmi (voz prima y cuatro criollo) cuenta que inicialmente eran una banda de folclor latinoamericano, pero debido a la crisis económica y la imposibilidad de alquilar salas de ensayo, se adaptaron al formato acústico del son. En 2004 fueron apadrinados por el Septeto Matamoros, que se encontraba de gira, y terminaron de consolidar su identidad.

A fines de esa primera década del 2000, se dio una confluencia de músicos que comenzaron a mezclarse y contribuir entre ellos, según Kriger Anselmi. “Músicos no solo de son, sino también de timba, de salsa, de música peruana y otros países con tradición salsera y sonera. Se formó una escena diversificada, también acompañada con el latinoamericanismo de la época y la celebración del Bicentenario en 2010”, agrega. Del mismo modo, el público que suele ir a ver estos conjuntos es bastante heterogéneo: “Público argentino pero también de otros países de la región, muchos bailarines de timba, de salsa, son, casino. Y, según el lugar,puede haber un ambiente más familiar y de escucha, como cuando tocamos en la Casa de la Amistad Argentino Cubana”, explica el músico.

Otro ejemplo es el de La Descarga, una big band con más de diez años de carrera en la que atravesaron distintas búsquedas alrededor de la salsa, el mambo y el latin jazz. Maxi García (timbal y coros) cuenta que arrancaron haciendo latin jams una vez por semana en Uniclub, en el Abasto, que convocaron a un gran público y músicxs que, a la larga, se integraron a La Descarga o formaron otras bandas. “Estos son ritmos que podés estudiar en tu casa, pero necesitan ser tocados en bandas y en vivo, si no como que te falta una pata de la mesa”, sintetiza García sobre el proceso que conformó la banda. Coincide con Kriger Anselmi en que la música cubana creció en los últimos diez años a nivel bandas. “Antes, al tipo que armaba fiestas cubanas no le convenía llevar a una banda en vivo por los costos, entonces se bailaba solamente música grabada”. Sin embargo, considera que la salsa no es muy popular en Buenos Aires. “Siempre quisimos tocar para un público amplio y en las latin jams un poco lo logramos. Pero la salsa tiene una complejidad rítmica y de escucha que creo que le impide ser más masiva”. Una vez que se consolidó la banda les resultó difícil trascender el circuito salsero: “Por más que cuando armamos movidas se mezclan los dos públicos, cuando nos contratan el público es salsero”, dice García, quien además integra el grupo Elemí, de rumba cubana, y Murumba, de rock fusión. A raíz de la pandemia, García considera que “los salseros tenemos la de perder porque imagínate que se baila apretado…”.

La mayoría de estas orquestas de son y de salsa han intentado organizarse en un espacio para hacer valer sus derechos, mediante la creación de una asociación civil llamada MUSA, Músicos de Salsa y Son Asociados. Si bien el proyecto no pudo concretarse, “permitió establecer un espacio de intercambio, difusión y debate sobre las problemáticas” que atraviesan músicxs y bandas, tal como señala Kriger Anselmi.

Una experiencia singular es la de Changüí Guararey, un conjunto que abreva de ritmos rurales del oriente de la Isla, como el changüí, el kiribá y el nengón. Formada en 2017, trabajan con instrumentos originales tales como marímbula, bongó de monte, guayo y tres. Edison Cochi (voz y guayo), quien exploró esas matrices rítmicas en territorio guantanamero, enfatiza que “intentan tocar el changüí primario, el más folclórico”, y considera que este es una de las raíces de ritmos urbanos más modernos como la timba. Por fuera del circuito más comercial, Cochi señala que se proponen como un proyecto de difusión cultural. En junio pasado, con la participación de De la Torre, se presentaron de manera virtual en el Festival de Changüí realizado en Guantánamo.

Cabe mencionar que la movida de la música cubana no se limita a Buenos Aires. Como explica Kriger Anselmi, “en el resto del país también hay plazas fuertes” como Córdoba, Bahía Blanca, Paraná, donde se destaca la orquesta El Combo Mutante, y La Plata, donde se formó la orquesta La Candela, otra de las bandas timbaleras con gran convocatoria en la escena porteña.

Dúo Karma en Buenos Aires. Foto: Kaloian Santos.

Dúo Karma en Buenos Aires. Foto: Kaloian Santos.

Los devenires de la trova

Pero claro que la escena musical cubana en Buenos Aires no se reduce sólo al circuito salsero o de música más tradicional. La veta abierta por la Nueva Trova, que en los ʼ80 ya estaba madura, fue continuada por cantautorxs más jóvenes que también construyeron un público fiel en Argentina, como Santiago Feliú.Yusa, una de las exponentes de la canción cubana y sus mestizajes con el jazz, el funk y otros ritmos rurales y urbanos, vino por primera vez al país precisamente acompañando al trovador habanero. Más tarde, la tresera eligió Argentina como lugar de residencia, donde vivió hasta 2018. Aquí grabó discos y realizó numerosos shows y colaboraciones con otrxs artistas.

Esta vertiente de la canción de autor/a pincelada por estilos de la Isla y ciertas búsquedas por desenlazarse de los esquemas tuvo una clara retroalimentación con el rock argentino y otros géneros locales.La misma se plasmó en la gira El sur suena cubano, en la que Yusa, Yissy García, Kelvis Ochoa y William Vivanco recorrieron el país con la intención de materializar ese puente cultural y musical que Sudamérica tiene conCuba. El proyecto se propuso mostrar que la riqueza musical cubana trascendía el Buena Vista Social Club y la nueva trova, sin desconocer sus vínculos de linaje, y exponiendo las propias influencias que esxs artistas tenían de la música argentina.

En esta línea se inscribe el Dúo Karma, formado en 1999 por Xóchitl Galán y Fito Hernández, y quea partir de ritmos cubanos, africanos y latinoamericanos crearon un repertorio para niñxs y adultxs. En su primer viaje a la Argentina en 2010, como parte de la gira Nuestra Voz para Vos organizada por el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, tuvieron intercambios con Liliana Herrero, Juan Quintero, Luna Monti y Sebastián Monk, cercanos al folclor o bien a la música infantil. Ya instalados en Buenos Aires (en constante alternancia con La Habana) comenzaron una carrera de manera independiente pero que incluyó la invitación departe de Silvio Rodríguez a sus shows en el Luna Park; con la primera gira argentina del proyecto La Guarandinga, junto a Rita del Prado, y con la colaboración de Yusa en la grabación de uno de sus álbumes. Actualmente, “seguimos trabajando los géneros de la música cubana, el hecho de estar lejos de casa nos hizo repensar y fortalecer esta raíz”, dice Galán. Como proyecto musical, audiovisual y literario, el dúo adapta sus recitales al tipo de público y de espacio donde tocan, ya sea un centro cultural o grandes teatros como La Usina del Arte en La Boca. Incluso, acorde a los tiempo pandémicos, realizaron un show vía streaming a fines de julio. Sobre su público, Galán dice que “hay un amor por lo cubano, una empatía con la música y el arte de nuestra tierra que nos hizo más corto el camino. Esta respuesta ha sido muy estimulante y nos hace cuidar mucho el trabajo escénico, nos mantiene renovando y perfeccionando siempre todas las propuestas”.

Por su parte, La Trovuntivitis tuvo un extenso ruedo por Argentina, tanto de manera colectiva como de una parte de sus integrantes en tanto solistas. La gira más recordada fue la de 2017 cuando el movimiento, cocido a fuego lento en El Mejunje de su ciudad natal, celebraba sus 20 años. Entre la gran cantidad de shows en distintas localidades del país, donde recorrieron varios géneros rurales y urbanos que exploran, se destacó el del Centro Cultural Kirchner, un antiguo y magnánimo edificio gestionado por el Estado.

Uno de sus integrantes, Karel Fleites, vive en Paraná, Entre Ríos, a poco menos de 500 kilómetros de Buenos Aires, donde hasta hace dos años residió Mitchel Portela, otro exponente del colectivo. “A muchos músicos argentinos les es muy difícil armarse su circuito aquí, gestionarse los lugares donde tocar. A nosotros no, debe ser porque venimos de afuera y la música de afuera puede que sea más atractiva”, sostiene Fleites, quien cuenta que en la última gira con un par de integrantes de La Trovuntivitis tocaron 25 veces en un mes en distintas ciudades argentinas. A pesar de que está más influenciado por géneros como el blues y el rock, en sus shows siempre mecha ritmos de su país. Incluso afirma que “cuando hacemos música tradicional cubana, es muy difícil tocar con un percusionista que no sea de la Isla, por la bomba de cubanía que llevan esos ritmos”. A su vez, el artista destaca que el público tiene una particular afinidad con la música cubana en virtud de cierta simpatía con la historia social y política del país caribeño. “Hay un sector que puede ser que política o ideológicamente se identifique con lo cubano más allá de lo que pueda pensar cada músico. Pero ese sector siente una admiración hacia la música y los músicos cubanos”, agrega.

Otros nombres de La Trovuntivitis que dejaron huella en la cartelera argentina son los de Yaima Orozco y Roly Berrío. La primera realizó giras en 2013 y 2019 para presentar sus dos discos, que visitan ritmos tradicionales combinados con algo de pop, todo modelado con una voz de amplio registro. Berrío, en tanto, cultor del vivo, es un asiduo visitante de la Argentina, donde viene desde 2007 casi todos los años con propuestas que incluyen compartir el escenario con artistas locales en centros culturales o en lugares más grandes como Niceto Club.

“Cuando el río suena, agua lleva”, dice el refrán en Argentina. Pero cuando Cuba suena en el Río de la Plata lleva los cuatro elementos. Caribe, candela, madera y ciclón.Y cuerpo también. Materias primas de una diversidad musical que forja múltiples sonoridades, conjuntos, intercambios y públicos por estas latitudes. Y que consolidan, a través de sus ritmos, esa relación cultural entre Cuba y Argentina, atávica y a la vez moderna, de puentes submarinos que afloran sobre el escenario.

 

Agradecimientos: Marina Belinco, Humphrey Inzillo, Kaloian Santos, Gustavo Kriger Anselmi.

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Luciano Beccaria

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    Gustavo Martin Kriger

    05.08.2020

    Excelente nota. Con muy buena información!


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