Foto: Rolando Cabrera // Magazine AM:PM

Cómo mantenerse Aterciopelados y no envejecer en el intento

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Reseñas

Hay un video en el YouTube de Aterciopelados. Están en La Habana, 25 de noviembre de 2016. En medio de una canción le susurran a Héctor Buitrago que murió Fidel Castro. En el público que reventó El Sauce hay reacciones diversas. Primero, pocos lo creen. Varios quieren que siga el debut en Cuba de una de las bandas de más calibre en la historia del rock and roll en español. Andrea Echeverri, luego de un momento de perplejidad se coloca a un costado del escenario. Nada que hacer. Silencio.

Este concierto de 2019 en La Habana —noviembre otra vez, miércoles trece, poco cambio en el ambiente desde hace tres años acá—, no es más que el cierre de aquel interrumpido a los 30 minutos de la primera noche con la Ruiseñora y ConEctor. Lo confirma Andrea Echeverri a poco de comenzar, en el Pabellón Cuba, nuestra segunda oportunidad con ellos: “En 2016 todo se canceló. Fue súper raro, súper triste y entonces aquí estamos. Hoy vamos a concluir”.

Los colombianos volvieron gracias al puente que establece el Festival Patria Grande entre la escena cubana y la música contemporánea latinoamericana, enfocado en el ámbito del rock. Los Rabanes (Panamá) y Tijuana No! (México), fueron otros buenos grupos de recorrido internacional invitados a esta edición.

Toques del Río abrió la tarde del regreso. Los cubanos comenzaron a descargar su empaste de mambo, Funky, rumba, rock and roll y reggae (por decir algo de lo que asoma) ante un público que tiene cautivo y lo sigue por peñas y redes sociales.

Luego de poco más de una hora calentando la atmósfera cedieron el escenario a los Aterciopelados, quienes llegaron en versión reducida y recurrieron a varios músicos de Toques del Río. El concierto de ahora en adelante será una amalgama de clásicos de la banda bogotana y temas del disco Claroscura (Sony Music, 2018), el primero de inéditos en diez años y que les ganó un Latin Grammy y la nominación al Grammy.

La asistencia es por encima de lo común en el Festival, pero me parece pequeña para una banda que en 2018 congregó, por decirles un dato, a 80 mil personas durante un espectáculo con orquesta sinfónica en la capital de su país. ¿Los públicos cubanos no son tan abiertos a conocer otras sonoridades como se cree? ¿La crisis económica mata las ganas de moverse de casa? ¿Fue insuficiente la promoción de los invitados extranjeros, casi desconocidos para la mayoría, poco radiados y nunca vistos en la televisión nacional? Un poco todo eso hubo.

Comoquiera, quienes están enterados o cayeron aquí por casualidad conectan rápido con la estética mutante de Andrea y Héctor, acostumbrados a hacer su trabajo —obreros del rock, dirá ella—, lo mismo en estadios atestados que en pequeños clubes.

Abren con Play, el track inicial de su último disco, una canción compartida con la chilena Ana Tijoux y que introduce a los sonidos electrónicos que recorren todo el álbum nuevo.

“Es para los adultos estresados, porque resulta que hacer música de pronto se convirtió en una competencia, un negocio, una carrera por sobresalir y sobrevivir. Aquí hablamos de reconectarse con el gozo”, explica Andrea, que está tan contenta como los fans colombianos, mexicanos y venezolanos —estudiantes de medicina— que desde temprano marcaron territorio frente al stage y gritan no más comienza.

Aterciopelados es de esos grupos que asumen naturalmente la cultura popular latinoamericana, y la fusionan con los estilos más inimaginables. Lo hacen con esa canción de Juan Gabriel, He venido a pedirte perdón, convertida por ellos en hit de disco; o incorporan a su performance toda la estética kitsch de flores plásticas y colores alucinantes.

Andrea, que en este punto todavía lleva la túnica morada llena de símbolos de paz que se quitará después, se muestra en directo muy bien y acomete con bomba el siguiente tema, Cuerpo, que al ritmo de una cumbia electrónica deja claro su postura feminista. Y baila. De tanto en tanto lanza un grito con espíritu punk o exige al público: “¡A ver, rebeldía!”.

De La pipa de la paz (1996) interpretan Baracunatana y Cosita seria, dos de los temas que perfilaron a la banda como clásicos del rock latino, y a su voz líder como un ícono antimachista. En Cosita seria dice, por ejemplo: “Un fulano me gritaba/Si fuera helado me la chupaba/ Otro dijo yo soy perro/ Pos tus huesos voy y entierro/ El muy bestia no respeta/ Yo me voltié y le di en la jeta…”

Casi 30 años sobre los escenarios deberían dejar un desgaste y no todos pueden jactarse de la vitalidad creativa y la capacidad de reinventarse que exhibe este par. Desde 1993 plantaron bandera en la avanzada del rock en el continente y fueron pioneros en su mezcla con las músicas folclóricas y tradicionales de Colombia.

Ellos mismos resumen con humor su historia de contradicciones y vaivenes en Dúo, uno de los temas de cabecera en Claroscura y donde logran un sonido muy moderno, electrónico, sin cortar la raíz del punk cachaco que los alimentó en sus inicios, pero que es, de todas maneras, un boleto al futuro más que un pasaje nostálgico.

Cantan en La Habana otros hitos imprescindibles en cualquier repaso de su obra, como El álbum, y Maligno, con la participación del venezolano Andrés Levin, quien les produjera el exitoso disco Caribe atómico.

Pasada una hora de concierto, el público delira y corea todo lo que le pide Andrea Echeverri, coronada con el símbolo de la paz. Héctor Buitrago, su compañero de carretera, de común silencioso detrás del bajo (aunque es en su cabeza donde estallan las más insólitas reacciones sonoras) saca a relucir su activismo y grita que “es hora de una revolución de la conciencia, donde no hay izquierdas ni derechas”. Pide apoyo para al Paro Nacional del 21 de noviembre que promete congelar a Colombia, y en el que ellos están involucrados hasta el pecho. El mensaje de la banda, mucho tiempo después que pusieran el rock colombiano en la mira del mundo, sigue siendo el de la aceptación, la reconciliación y el respeto al otro.

El clímax llega, inevitablemente, con sus grandes éxitos internacionales Bolero falaz y Florecita rockera, coreados como si estuviéramos en un templo del rock latino, en el Luna Park digamos, y fuera preciso soltar un grito que se enquistó tres años en la garganta.

En el epílogo, Andrea, la de la voz sensible que le encantaba a Gustavo Cerati, dice que es una tradición hacer regalos en sus shows y agarra un montón de frisbees. Entonces nota que en el plástico dice “Aterciopelados, Cuba 2016”…

—No sé qué clase de energía tenga esto, pero ojalá sea una energía de renacimiento— grita, y comienza a lanzarlos al público.

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