Centro Sinfónico Infantil de La Habana Vieja. Foto: Néstor Martí.

Una orquesta con los niños del barrio

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Reportajes

A eso de la 1:30 de la tarde comienzan a llegar: en bicitaxi, en moto, caminando. Todavía con la mochila y el uniforme o la ropa de Educación Física. “Hasta las 5:00, papá”, señalan desde la recepción. “Dame un beso”, se despide una abuela. La escena tiene lugar lunes, miércoles y viernes, en el Centro Sinfónico Infantil de La Habana Vieja. En la Casa Prat-Puig, niños de la comunidad, especialmente seleccionados para esta iniciativa, reciben clases de solfeo, coro, biomúsica, y el instrumento asignado. 

Al cruzar la puerta, una frase de Martí da la bienvenida: 

“La música es la más bella forma de lo bello”.

“No hay mejor manera de aprender a apreciar la música de concierto que cuando de verdad tú la practicas”, dice el maestro Ulises Hernández, director del Lyceum Mozartiano. Esta institución acoge al Centro Sinfónico en una especie de continuidad del proyecto La música clásica europea en el entorno de La Habana Vieja, finalizado hace tres años. A su vez, el Centro está inspirado en una idea similar del historiador de la ciudad, Eusebio Leal. 

Mediante una singular minería de talento, los profesores visitaron todas las aulas de segundo grado en el municipio, y escucharon a unos 260 niños. Tras las pruebas de ritmo, entonación y reconocimiento auditivo, quedaron finalmente alrededor de 50. Con ellos trabajaron entre abril y junio de 2019, y comenzaron el curso en octubre pasado. A principios de diciembre, una última eliminatoria dejó en 35 los integrantes definitivos del programa. Desde tercero hasta el sexto grado se irá configurando esta orquesta en miniatura. 

Sin embargo, algo que distingue al proyecto es que no pretende formar instrumentistas profesionales. “Puede suceder (eso no lo sabe nadie), pero no es la intención ―precisa Hernández―. Sencillamente queremos que sea parte de sus vidas, sabiendo, por supuesto, que esta práctica ennoblece el espíritu, los hace mejores seres humanos; van a ser público en las salas nuestras en un futuro…”. 

Por cualquier lado que se mire hay ganancias: la música representa disciplina, constancia, creatividad, sentido de equipo. Además, los niños se convierten en mensajeros; irradian eso que reciben. “Acercarse a ellos resulta fundamental, porque entonces viene la familia, los vecinos, los amiguitos, los profesores de las escuelas… Se va nucleando mucha más gente alrededor del proyecto”, cuenta el director del Lyceum Mozartiano.

Centro Sinfónico Infantil. Foto: Néstor Martí.
Centro Sinfónico Infantil. Foto: Néstor Martí.

Xavier, Lucas, Chamelis, Brianna y Yadir tienen solo ocho años, por eso un buen modo de enseñarles radica en jugar con ellos. “A veces hacemos cuentos entre todos, improvisamos, ellos mismos proponen las canciones…”, explica Sunlay Almeida, pianista y profesora de coro. 

Esta asignatura brinda mayor espacio para el componente lúdico, puede incluir desde dibujos hasta globos de colores. La maestra también les habla sobre historia de la música, sobre la vida de los compositores. “No es un coro regio, son clases divertidas, aunque al mismo tiempo existe el peligro de que se me desborden”. Cuando eso ocurre, unos acordes fuertes en el piano bastan para que los niños enderecen. 

Aunque si el asunto es ponerse derechos, está la asignatura de Biomúsica, la cual busca trabajar con el cuerpo, la relajación y la concentración. Se trata de una disciplina pionera, que de cierta forma los prepara también para cuidarse ante golpes y caídas (que pudieran dañar las manos o los codos, y con ello, impedirles tocar). 

Biomúsica y Solfeo son las clases que más le gustan a Diego López. Él es el único que toca con un instrumento para mayores, porque no pudieron encontrar un contrabajo pequeño. Dice que antes prefería el piano, pero no sabía cómo sonaba el contrabajo, y ya después le gustó mucho.

Centro Sinfónico Infantil. Foto: Néstor Martí.
Centro Sinfónico Infantil. Foto: Néstor Martí.

¿Es muy difícil ese instrumento tan grande?

No… Ya me quedo con ese. 

Víctor Núñez toca violín, aunque también quería otra cosa: el xilófono. “Pero eso era cuando yo era chiquito”. Y Cecilia Canosa lo tiene claro: ni bailarina, ni doctora; cuando crezca quiere ser violinista. 

Chelo y viola completan las cuerdas que emplean hasta ahora, si bien más adelante podría incorporarse la línea de vientos. La mayoría de los instrumentos han llegado mediante donaciones de personas e instituciones amigas, como la Fundación Mozarteum, de Salzburgo; el Conservatorio de La Haya, en Holanda; Pastores por la Paz, y músicos participantes en festivales realizados en Cuba. Algunas convocatorias para donar se mueven desde la página en Facebook del Centro Sinfónico. Ahí es posible encontrar publicaciones como esta: 

“Dentro de poco estos instrumentos saldrán desde Amsterdam rumbo a La Habana. ¡Contáctenos si tiene un instrumento o accesorio que quiera sumar a esta delegación!”.

Apenas han transcurrido unos meses desde la puesta en marcha del Centro Sinfónico Infantil, y tal vez sea pronto para hablar de resultados. No obstante, el maestro Hernández indica dos hechos que parecen innegables: a los niños les encanta, y los padres están muy contentos. “Eso es primordial para arrancar; porque, por muchas ideas que uno tenga, sin eso no se puede llegar a ningún lado”. 

Por otra parte, la sola presencia del proyecto plantea una interesante conversación sobre la enseñanza de música en el país. “Ellos vienen a pasar un rato, a aprender. No existe esa tensión de tener que hacerlo súper bien, o sacar 100 puntos en una prueba”, explica Yisel Amorós, directora del Centro. Las distinciones se notan más en el método, y no tanto en la materia. “Los procesos de selección en las escuelas de música resultan más rigurosos apunta Lourdes Rodríguez, profesora de Solfeo. Pero, realmente, no existe diferencia entre los que más condiciones poseen de los que están aquí y cualquier alumno de una escuela de música”.

María de los Ángeles Verdecia, profesora de Violín, confiesa su entusiasmo por el precedente que significa el proyecto. “Esto ahora mismo es referencia, pienso: para arreglar la enseñanza artística, para sentarse a pensar qué estamos haciendo. Aquellos [los que estudian en las academias] son niños comprometidos con los padres, con los repasadores…  y la música es vocacional en la primera etapa, va de adentro hacia afuera. Este tipo de aprendizaje [el que propone el Centro Sinfónico] debe imperar: espontáneo, una captación libre”. 

Ante un tema complejo, parte de la respuesta puede ser simple. Alena Ferradíaz, mamá de Ana Williams, no se preocupa demasiado por si su hija seguirá estudiando violín. “Lo primero es la certeza de que la música sea su aptitud, su disfrute. Si quiere continuar, la apoyaremos. Pero primero tiene que ser su pasión, porque debe ser feliz en lo que haga”. 

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