ilustración: Román Alsina.
ilustración: Román Alsina.

Aida Diestro, historia de un cuarteto

13 minutos / Julio Cid

09.12.2020 / Artículos

Todo comenzó un día en el que Aidita tocaba el piano en un templo presbiteriano. La pequeña intérprete, hija del pastor, ni siquiera imaginaba que en la acera de la iglesia un hombre se detendría a escucharla con detenimiento; y que, pasados unos minutos, entraría al bello recinto para decirle algo que la marcaría para siempre: Tú eres una pianista, eres músico de la cabeza a los pies y debes dedicarte a esto profesionalmente. Te auguro muchos éxitos.

Aidita, sin embargo, quería ser científica, razón por la cual matriculó la carrera de Físico-Química en la Universidad de La Habana, la que abandonó en sus primeros meses, cuando decidió casarse. El matrimonio, por otra parte, no duró mucho y ella, finalmente, apostó por la música. Nunca olvidó a aquel extraño y su vaticinio.

Con los conocimientos musicales que su padre le aportó y los adquiridos en un pequeño conservatorio del barrio, la joven Aida se fue a la pujante emisora Mil Diez para intentar hacerse una profesional de la música. Allí la contrataron como repertorista y pianista acompañante; y entró en contacto con grandes figuras de la música cubana: Isolina Carrillo, Adolfo Guzmán, Enrique González Mántici, con quien confrontó muchos conceptos sobre armonía, materia en la cual sería luego una autoridad, entre otros.

Allí, además de conocer a algunos de los fundadores del filin como José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, Ángel Díaz, Tania Castellanos, Orlando de la Rosa —quienes seguirían muy de cerca a la jovencísima música―, despejaría una importante incógnita: la identidad de aquel desconocido que a edad temprana la había incitado hacía el arte. Se trataba, nada más y nada menos, de Ñico Rojas, guitarrista y compositor de altísimo reconocimiento y uno de los líderes más respetados del filin.

Pero no fue solo la Mil Diez. Siempre que la llamaban para ocuparse del piano profesionalmente, allá iba ella. Como repertorista, fue contratada por el ballet de Alberto Alonso, lo que complementaba, de alguna manera, su formación musical. En la naciente institución estaría en contacto con el rigor de un gran maestro que también le aportó una visión moderna del espectáculo.

Estaba inmersa en una verdadera vorágine de renovación cuando apareció en su camino, inesperadamente, algo en lo que ella ni siquiera había pensado.

Se gesta el cuarteto

Hay varias versiones de esta historia. Pero según Rafael Lam, Aida la contó así:

“En el año 1952, Omara iba acompañada de su hermana Haydee, y Elena Burke venía, a su vez, junto a la vedette Vilma Valle. Ese encuentro fue en el cine Radiocentro, en L y 23 [actual Yara]”.

Elena le había sugerido a Omara formar un cuarteto integrado por Adalberto del Río, con quien habían cantado en la agrupación de Orlando de la Rosa. Además, contarían con la hermana de Omara, Haydee.

Y concluye Aida su testimonio: “Elena me propuso como directora”. La idea fue acogida con beneplácito, pero la pensó con mucha calma. Ella quería crear algo a la altura del momento, porque si la influencia de la música estadounidense fue decisiva para el movimiento del filin, en el caso de las agrupaciones vocales hubo un proceso similar.

Más tarde, la pianista aprobó las voces de Omara, Haydee y Elena, pero renunció a la cuarta voz masculina. Se dificultaría mucho el empaste. Propuso, entonces, buscar otra integrante femenina. Unos dicen que fue la propia Aida quien propuso a Moraima Secada. Otros, que la propuesta vino de Elena y Omara. Da igual quién fue. Lo importante es que Aida hizo una audición a las cuatro voces y, de inmediato, comenzó a ensayar el que sería —como afirmara Luis Carbonell— el mejor cuarteto vocal femenino creado en Cuba hasta ese momento.

Desde un inicio la agrupación fue un proyecto sólido, de un alto profesionalismo y con una seria visión sobre su inserción en el espectáculo cubano. El cuarteto de Aida Diestro fue mucho más que cinco mulatas ―cuatro vocalistas y su directora― que cantaban a cuatro voces. Fue un verdadero fenómeno de arte impecable que iba más allá de la armonía vocal.

El debut y lo que vino después

Al mes de iniciar los ensayos, Las Dʼ Aida recibieron la propuesta de presentarse en la televisión. Entonces, hubo que improvisar. No había un vestuario idéntico para las muchachas ni dinero para adquirirlo. Elena y Omara tomaron dos vestidos usados con el cuarteto de Orlando de la Rosa y con ellos, y sus respectivos refajos, armaron la ropa para el debut. Pero uno de los trajes de noche estaba roto en un sitio visible. La solución: un lazo añadido como toque final al vestuario que lucieron el 16 de agosto de 1952 en el programa Carrusel de las Sorpresas.

Allí interpretaron Cosas del alma, de Pepe Delgado, y Mamey colora’o, de Pedro Jústiz; salieron al aire en vivo, acompañadas al piano por la propia Aida y el complemento rítmico de un contrabajo. Desde el principio, dieron una señal muy clara sobre el repertorio del nuevo cuarteto: la canción y lo soneado, pero en ambas vertientes genéricas permanecería el montaje a cuatro voces.

El impacto fue tal que enseguida apareció una nueva invitación: Amaury Pérez García, director del Show del mediodía, se encontró con las hermanas Portuondo en un pasillo de la CMQ y les preguntó si tenían repertorio para presentarse una semana en el Show… con dos números cada día. Omara, muy segura, dijo que contara con ellas. Aida pegó el grito en el cielo cuando supo que había aceptado una propuesta que se haría realidad tres o cuatro días después y que exigía de ellas 10 números, cuando solo habían montado cuatro.

El Show del mediodía era uno de los espacios televisivos más vistos en aquel momento y serviría, por lo tanto, como eficiente plataforma para lanzar al cuarteto a lo grande. Así que nuevamente la improvisación tocaría a la puerta de la directora. Repetir los mejores números e ir montando otros para responder a las necesidades del espacio fue el recurso empleado para salir airosas de la prueba.

Se ha dicho que luego de aquellos episodios pasaron un año sin trabajar. No es cierto. Más tarde incursionaron en el cabaret La Campana y cinco años después del debut formaron parte de los elencos de los mejores clubes nocturnos de La Habana. Para 1957, dos acontecimientos impactarían significativamente a Las Dʼ Aida: la grabación del álbum An evening at the Sans Souci, acompañadas por la orquesta del famoso Chico Oʼ Farril —el único disco que existe con la primera formación del cuarteto—, y la participación en otro junto a Lucho Gatica. Seguidamente viajarían a Nueva York para presentarse en The Steve Allen Show; allí fijarían destino a Miami, donde tendrían una exitosa jornada en el exclusivo Hotel Fontainebleau.

Una breve parada en la formación original

El tándem integrado por Elena, Moraima, Omara y Haydee fue, sin dudas, la mejor formación de Las Dʼ Aida. Con excepción de Haydee, quien nunca hizo una carrera en solitario o, al menos, no aparece ninguna información sobre ello, las otras tres integrantes hicieron un recorrido profesional muy meritorio como solistas.

Es cierto que Moraima fue la menos reconocida, que no tuvo la impronta internacional que alcanzaron Elena y Omara; pero no olvidemos que La Mora situó en los hit parade nacionales infinidad de éxitos (Perdóname conciencia, Ese que está allí, Aquí de pie, Alivio, Vuélvete a mí) que forman parte del repertorio de cantantes cubanos de diversas generaciones. Está, además, entre las primeras en hacer recitales de 20 canciones o más, acompañada por una gran orquesta en un gran teatro —el Amadeo Roldán, en su caso. De Elena y Omara no hay que decir nada, porque el brillo de sus carreras es indiscutible.

Aida, por su parte, era una academia de música en sí misma. La primera formación se nutrió, de lleno, con sus enseñanzas. La gorda de oro trabajaba la armonía de modo tal que se convirtió en algo natural y al resto le enseñó a respirar, a emplear el diafragma. Exigía la interpretación cuidadosa del texto, era implacable con el fraseo y empaste, así como con el respeto al género que se interpretaba.

Mientras formaron parte de la agrupación, sus integrantes estuvieron obligadas a hablar en voz baja. Ese era su instrumento de trabajo y había que conservarlo. No se podía salir a escena sin calentar la voz, y existían otras reglas inviolables. La puntualidad, por ejemplo, era una divisa incuestionable.

En todos los montajes de la Diestro hizo un trabajo de reggiseur, pues repasaba los temas con sus muchachitas, siempre con el auxilio de las partituras. Tenía muy clara la idea de lo que quería y lo respaldaba con el repertorio, una acuarela genérica de la música cubana con incursiones a la internacional, sobre todo latinoamericana. Este estaba seleccionado a partir de criterios muy rigurosos: calidad de música y letra, posibilidades de expresión armónica de los números, oportunidad de que una o más de las integrantes de la agrupación se luciera en sus solos.

Las primeras “deserciones” y los acompañantes

Pero la vida no es color de rosa. Ni un bien armado cuarteto vocal está exento de divergencias e incomprensiones, o de los deseos de continuar en solitario. En el caso de Las D’Aida siempre se ha dicho que las deserciones fueron motivadas por esto último, y no es así exactamente.

La primera en abandonar el cuarteto fue Elena Burque, en 1958, por serias diferencias con Aida. Cuando La señora sentimiento le comunica a su directora que se marcha del grupo había un compromiso pendiente con Argentina. No sería sencillo sustituir la voz de contralto de Elena que funcionaba como el centro armónico de la agrupación. Aida, sin embargo, corrió a casa de su prima Leonora Rega y le comunicó que era el relevo de Elena (conocía, por supuesto, sus condiciones vocales) y que al día siguiente comenzaban los ensayos. Fue por esta vía que Leonora se convirtió en la primera voz que abrió el camino a las siguientes formaciones del cuarteto que hasta ese momento se había mantenido, durante seis años, como una sólida entidad.

Dos años después, otra baja en las filas: la de Moraima Secada en 1960. Sobre ello, Rosa Marquetti en su blog Desmemoriados asegura: “en marzo se publicaba la noticia en la prensa y en su edición de abril de 1960, la revista Show también la comentaba: Moraima renunciaba a continuar en el Cuarteto D’Aida. Indica que ʽ… se había llegado a un acuerdo entre todas para terminar al finalizar el contrato del Hilton [hoy Habana Libre], pero Moraima dice que no camina más ʼ”.

Sin embargo, en el documental La razón no valía (Bis Music, 2019) —dirigido por Felipe Morfa y Mayra María García— Meme Solís afirma: “Cuando Aida saca a Moraima del cuarteto, ya Elena era solista”. Es decir, él opina que Aida sacó a Moraima de su agrupación. Polémica a un lado, lo cierto es que con la salida de La Mora ya eran dos las voces de la primera formación que no estaban. Ese mismo año, abandonaría Haydee Portuondo, quien en 1961 retornó temporalmente por un contrato en Estados Unidos, país donde decidió permanecer.

En Montuno cubano hay una explicación más detallada: se dice que en 1960 Haydee dejó el cuarteto y, en su lugar, entró Lilita Peñalver, justo en el momento en que se presentaron en el show Canciones en la Noche, del Hotel Nacional. Luego pasaron al Club 21 y, estando allí, recibieron una invitación para presentarse en el espectáculo Aquelarre Tropicale, en La Florida. Entonces Haydee volvió al grupo para cubrir ese contrato. No se dice que la intérprete no regresó a Cuba, pero es evidente que así sucedió.

Para cuando volvieron a La Habana, la única integrante de la primera formación de Las D’Aida era Omara, quien continuó en la agrupación hasta 1967, año en el que — a solicitud de la Dirección de Música del Instituto Cubano de Radio y Televisión― inició su carrera como solista.

Si bien las integrantes del cuarteto no eran las mismas de los inicios, Aida conservó los criterios que la animaron para formarlo, el método de trabajo, la disciplina y la política de repertorio.

En 1971 la Diestro incorporó grandes músicos a Las D’Aida como Amadito Valdés (percusionista hasta la disolución del grupo en 1999) y el pianista Ricardo Pérez, miembro de la agrupación durante 20 años y su último director musical. Pero antes hubo otras experiencias, algunas de ellas no muy conocidas, pues Aida era una gran promotora del talento joven. Ello la condujo a incluir un número de Nelson González (Da igual) y otro del joven y luego destacadísimo Juan Formell (Dudas) que serían éxitos antológicos para el cuarteto.

Pablo Milanés fue otro de los músicos a los que Aida promocionó —se cuenta que era como un hijo para ella—, pues le solicitaba colaboraciones muy diversas. Entre las más interesantes se encuentra aquella que hicieron con la música del filme Los paraguas de Cherburgo: Aida y Pablo Milanés iban al cine a tomar nota; ella, de la preciosa música de la cinta y él, de las letras. Esto se convirtió en un bellísimo popurrí que montara el cuarteto.

Se sabe, además, que un recién llegado Meme Solís, proveniente de Santa Clara, sirvió como repertorista y ensayador de Las D’Aida durante algún tiempo.

Adiós a La gorda de oro

El cuarteto agotaba. Aun así Aida, con una seria dolencia cardíaca, estaba en constante actividad. Pero tuvo una crisis y con ella llegó el reposo absoluto. Se tomaron todas las precauciones para preservarle la vida, pero su corazón ya estaba demasiado cansado. Así que sucedió lo inevitable: dos meses antes de cumplir 49 años, el 28 de octubre de 1973, falleció la artífice de una de las más célebres agrupaciones vocales de toda la historia de la música cubana.

Su huella en la canción cubana y en el quehacer del formato cuarteto es indeleble. A pesar de haberse desintegrado en 1999 ―26 años después de la desaparición física de su fundadora―, Las D’Aida sigue siendo una referencia obligada que nos dejó a solistas de altísimo vuelo como fueron Elena, Omara, Moraima, Leonora Rega y otras muchas. Bien vale el recuerdo para traernos de vuelta a La gorda de oro.

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