Elena Burke, Roberto Barceló, Orlando de la Rosa al piano, Aurelio Reinoso y Adalberto del Río (en color). Foto: Archivos privados Orlando de la Rosa-Adalberto del Río.

Adalberto del Río: a mi modo triunfé

por
AM

Lo más grande que tuve en mi vida fue Orlando de la Rosa. Lo conocí a los 16 años. Cuando murió yo tenía unos 30 y todavía lo estoy llorando. El mismo día en que regresé de Estados Unidos en el año 57, fui a su casa corriendo y lo encontré muy grave. Resulta que él había ido al santo de Roderico Neyra, donde tomó ron sin miseria, cosa que le hacía un daño terrible. Sin necesidad, porque había whisky… ¡qué no iba a haber en esa fiesta! Comió carne de puerco, frijoles negros, todas las cosas que eran mortales para la diabetes, “por la libre”, como si no estuviera tan enfermo como estaba. La persona que estaba con él no lo cuidaba, no lo quería. Dios me perdone.

A él lo trataba el doctor Giralt, que había sido compañero suyo en el Instituto de La Habana. El padre de ese médico tenía una mueblería al doblar del cabaret Colonial, donde trabajaba Bobby de Castro, el primer travesti que hubo aquí, y Pepito La Botera, que era un viejo con un bastón, cayéndose, pero cuando salía a escena era una pepilla española que bailaba con castañuelas, madroño y de cuanto hay. Tú sabes que el baile español no es fácil. Bobby de Castro estaba con el hijo del político Justo Luis del Pozo, el mismo que se casó después con Ana Gloria Varona, que era pareja de baile de Rolando.

Yo quería hacerle un homenaje a Orlando cuando se cumplieron cincuenta años de que dio su caída, pero todo el mundo de Cultura se me negó. Quería estrenar, por lo menos, cuatro números que no se conocen y el único que se los sabe soy yo. Hablé con Xiomara Valdés y con Omara Portuondo que me dijeron: “Claro, cómo no”. A mí me da vergüenza ese olvido que hay con él. ¿Qué quedará para uno?

Yo no llegué el otro día a este negocio, ubícate, yo empecé en CMQ desde que estaba en Monte y Factoría, no en Monte y Prado. Yo estuve en todas y con todos, con grandes y con chiquitos. Puedo hablar de todo y de todos, porque estuve ahí. Si no me acuerdo ahora de algo, me acordaré mañana o pasado y todo lo que te digo es cierto. Muchas veces me eximo de hablar porque tengo miedo de meter la pata y decir algo que no le venga bien a alguien, pues por ahí se habla mucha catibía, se esconden cosas por conveniencia y a mí me gusta la verdad.

Mira, yo no tengo un nombre, no soy famoso porque no dediqué ni un solo minuto a eso. ¿Sabes por qué? Porque la fama molesta. El que es famoso, si quiere encuerarse en la esquina no se puede encuerar y la vida privada se convierte en una jodienda.

***

Mi padrino fue el senador de la República Félix Lancís Martínez, el primer médico de la casa de socorros de Cuba que estaba en la calle Corrales, al lado del cuartel de los bomberos. Él me apadrinó cuando me dio tifus negro, se me cayó todo el pelo, y estuve 52 días en la cama en un hospital. Él fue a verme y ahí es cuando me confirmó el bautismo porque ya yo estaba para morir.

Gracias a él comencé a limpiar el piso en el Senado de la República, porque siendo menor de edad no podía tener una plantilla. Para poder llevar el pan a mi casa tuve que ir al departamento de Higiene para que me dieran autorización y ganar los 200 pesos que ganaba, que era un dineral pues con unos quilos tú desayunabas, almorzabas y comías. A ese hombre le debo eso, y le estaré agradecido toda la vida. A mi casa iba gente de la calle con laticas a buscar comida, porque había mucho menesteroso.

Mi familia éramos: mi mamá, mi papá, su hermano mayor y dos hermanas más. Vivíamos en Corrales 64 y me crié en Jesús María 213 entre Picota y Curazao, en el barrio de Belén. Ese barrio dio a Farah María, Armando Bianchi, Marta Castillo… Dice María de los Ángeles Santana que nació ahí, aunque jamás la vi en Belén. En Picota vivían los Vera –la escritora de novelas Mayté y el compositor Alberto, que conocí de niño. En la calle Sol casi esquina a Luz vivían las hermanas Guillot, que mucho me mataron el hambre. Las muchachas habían venido de Santiago de Cuba jovencitas, jovencitas, me parece estarlas viendo. La mamá de Olga y María Luisa se llamaba María Vidal y le decían La Mora, una modista de alta costura.

Por esa época me gustaban mucho Pedro Vargas, Juan Arbizu, Elvira Ríos, Toña la Negra y las Landín, que ponían mucho en la radio. Ya venía caminando la zarzuela cubana con Miguel de Grandy, Panchito Naya, las sopranos de Lecuona y ese tipo de gente… La Montaner, ¡por favor! La Montaner era la bandera cubana.

Adalberto del Río. Foto: Archivos privados Orlando de la Rosa-Adalberto del Río.
Adalberto del Río. Foto: Archivos privados Orlando de la Rosa-Adalberto del Río.

En CMQ canté, de fresco que soy, Nostalgia, que era un tango de moda, y triunfé. Me acompañó David Rendón. Fui el primer ganador de la primera Corte Suprema del Arte. Te daban una jaba llena de cosas que tenía hasta preservativos. Ese mismo día cantó, como repentista, uno que le decían Carioca porque él vendía unos caramelos que tenían cuatro colores. Recuerdo que cuando ganó el segundo premio regaló todos sus caramelos al público del estudio. Ese concurso lo presentaba José Antonio Alonso, con Germán Pinelli y Manolo Serrano, ¡el primer locutor de la isla de Cuba! Eso fue en 1935 o 1936.

Yo seguí frecuentando CMQ, como es lógico, porque siguieron los vínculos, las cortesías y esas cosas para que cantara. En aquel tiempo un aficionado bueno era como un dios. No había cantantes profesionales, apenas empezaban a surgir las voces que después se dieron a conocer y se hicieron de un nombre. Estuve varios meses en esa emisora hasta que pasamos a Monte y Cárdenas, que era entonces CMQ-RCA Victor. Ahí empezó La Corte Suprema del Arte de los tabacos José L. Piedra. Ahí cambió todo: comenzaron las entradas por pase, porque antes uno actuaba por orden de llegada. Era el año 40. Estaban ahí Adria Catalá “La Pollita”, Elsa Valladares, que venía desde Regla, igual que Lázaro Pérez, que trabajaba en un programa que se llamaba Fiesta Guajira, donde trabajaba Coralia Fernández y allí conoció a Ramón Veloz. Poco después se mancornaron.

Yo cantaba música “panamericana”, como Ponciana, Brasil, y esas cosas. No sé si yo era bueno, el caso es que cada vez que me presentaba en el concurso, ganaba el premio. Ya era como de la familia de CMQ. Los pianistas de La Corte Suprema eran Juan Bruno Tarraza y Orlando de la Rosa. Cuando Tarraza se fue a México, entró Julio Gutiérrez. Después ellos dos hicieron un programa que se llamaba Los Desvelados, de 11 de la noche a la una de la mañana con cantantes que habían ganado y se suponía iban a ser estrellas, a tener un futuro. Ahí yo estaba en el número uno. En Los Desvelados alterné mucho con mujeres grandes como Berta Velázquez, Aurora Lincheta…, ¡imagínate tú!

Dicen que Orlando de la Rosa no era fácil de tratar. Eso sería para otros, para mí fue un primor, se me pegó enseguida. Lo conocí en el velorio de su mamá y cuando nos encontramos en el estudio de CMQ, fue para siempre. Me fui a vivir para su casa, con su padre que estaba enfermo, en Villegas 77, donde había nacido, y después se mudó para un edificio viejo de estilo árabe en San Lázaro y San Nicolás, que le decían La Cafetera y tenía cuatro pisos. En el tercero vivía Orlando y Bobby Collazo ocupaba todo el último, con unos cuartos que su madre alquilaba a músicos, como Felo y Juan Bruno cuando venían a La Habana.

En La Cafetera, de izquierda a derecha: Julio Gutiérrez, Orlando de la Rosa, Pedro Vargas, Bobby Collazo y José Carbó Menéndez. Al fondo, con gafas, Pepe Agüero. Foto: Archivos privados Orlando de la Rosa-Adalberto del Río.
En La Cafetera, de izquierda a derecha: Julio Gutiérrez, Orlando de la Rosa, Pedro Vargas, Bobby Collazo y José Carbó Menéndez. Al fondo, con gafas, Pepe Agüero. Foto: Archivos privados Orlando de la Rosa-Adalberto del Río.

Por La Cafetera desfilaban todos los artistas de Cuba. Le decían así porque siempre estaba caliente. Había cuatro o cinco pianos en el edificio. La mamá de Bobby, que era una mujer divina, cocinaba y bajaba la comida para nosotros casi todos los días. Cuando se ponía un disco, todo el mundo se callaba. A Bobby le decían El Hacha, porque rompía todos los pianos que tocaba y a Carlitos Barnet, un pianista extraordinario que visitaba mucho la casa, le decían La Mujer del Abrigo, porque tenía mucho pelo por todas partes.

Por allí pasaron, que yo haya visto, Pedro Vargas, Toña la Negra, René Cabell, Miguelito Valdés, Rita Montaner, Josephine Baker, y un montón de artistas americanos famosos. Ahí oí por primera vez una de las voces más lindas que he escuchado, la de Olga Rivero, una artista que tuvo muy mala suerte por ser negra. Con Pepe Reyes ella grabó un disco con Los Cavaliers, el primer grupo vocal de Cuba, donde está Si te dicen y Vieja luna, de Orlando.

Fíjate que muchos de esos compositores que te he mencionado tienen números dedicados a la luna, empezando por Orlando, que tiene varias lunas. Está Luna de Arabia, de Julio Gutiérrez, Luna del Congo, de Guzmán, que siempre me ha vuelto loco, y Bobby Collazo tiene varias también… Hasta Frank Domínguez tiene una Luna sobre Matanzas. Esa idea lunática salió de ahí, de La Cafetera. Justo en la acera opuesta al edificio vivía Longina, la de la canción. La conocí, bella todavía, con su cuerpo intacto, como lo celebró Manuel Corona. Cerca de allí, en San Nicolás entre Ánimas y Trocadero, vivía Ernesto Lecuona; enfrente, Esther Borja con su familia, y al doblar, Margot Tarraza. El barrio estaba premiado.

***

En los años cuarenta estaban los nueve compositores de oro, cada uno con sus intérpretes. Eran Julio Gutiérrez, Orlando de la Rosa, Bobby Collazo, Mario Fernández Porta, Candito Ruíz, Isolina Carrillo, Facundo Rivero, Fernando Mulens y Felo Bergaza. Claro que eran más de nueve los buenos compositores que había en ese momento, pero se llamaron así por un espectáculo que hicieron con ocho pianos negros y uno blanco, que tocaba Isolina.

Para interpretar a esa gente no se trataba solo de cantar, sino tener mu-si-ca-li-dad, tenías que transmitir acordes, si no fracasabas en el intento. Las canciones eran muy melodramáticas, complejas para decir y llegar al público. Mira que no son solamente canciones sentimentales, están La conga bocuca, No me busques más, Esto es felicidad, La mazucamba… Te puedo seguir citando cosas movidas, nada más de Orlando, sin hablar de las de los otros.

Orlando componía desde el mediodía hasta que caía la tarde. Cuando salía la canción, yo estaba ahí: el primero en oírla era yo, y el primero que se la aprendía, a veces hasta metía la cuchara. Él me lo permitía, aun cuando yo soy un burro musical, porque no soy músico, pero no creo que haya quien diga una canción suya como yo, modestia aparte. Le estrené Para cantarle a mi amor, Un nombre en la arena, en el Show de la Mañana de CMQ de El Vedado. En Monte y Cárdenas le canté Vieja luna, Nuestras vidas –que estrenó Elena–, Anoche hablé con la luna, que estrené yo en La Corte Suprema…

Entre una cosa y otra, cuando el maestro Rendón se fue para RHC Cadena Azul para dirigir musicalmente el espectáculo de aficionados de la emisora, con Isolina Carrillo y Facundo Rivero, me colé ahí y gané el premio del día, de la semana y del mes. Pero como había tanta rivalidad con CMQ me presenté con el nombre de Roldán Aragón, y así aparecí en la revista de RHC. En Cadena Azul estuve en el conjunto Amanecer, compuesto por las hermanas Romay, Nelia Núñez, El Ébano, además de un muchacho que, solo me acuerdo, vendía gasolina. Siempre hay un nombre que se me olvida. Este conjunto, que dirigían Facundo e Isolina, abría casi al amanecer la programación de la emisora con música tradicional cubana. De ahí me iba a mi trabajo en el Senado.

Adalberto del Río. Foto: Archivos privados Orlando de la Rosa-Adalberto del Río.
Adalberto del Río. Foto: Archivos privados Orlando de la Rosa-Adalberto del Río.

Había cumplido poco más de veinte años cuando me llamaron para que formara parte de un octeto vocal que iba a acompañar a Rita Montaner en un espacio con público que se llamaba Rapsodia Negra, en CMQ, del que quedan varias grabaciones por ahí, como Dibule Oñí, de Alberto Zayas, uno de los grandes rumberos de Cuba que hizo esa canción de cuna increíble. Zayas era ahijado de santo de una tía abuela mía y vivía en Guanabacoa, que ha dado tanta gente de la música.

El trabajo con el octeto era muy fuerte, Blanquita Saín montaba las voces. Me aprendí así toda la música negra de concierto, las creaciones de Blanco Suazo, de Gilberto Valdés –que son dificilísimas, como Sangre africana o Ecó–, y cantos de santería que la propia Rita corregía en la dicción verídica de las letras en yoruba. Mi abuela era hija de esclavos libertos, yo la oía cantar en lengua desde muy niño, por eso sabía lo que estaba haciendo. Aunque sus padres eran congos, mi abuela tenía santo hecho: Santa Bárbara. Mi abuelo era español y un día le botó las piedras. La gente es así. Yo he visto hacer horrores nada más que porque el otro no piense igual.

Después que terminaron de transmitirse los programas de Rapsodia Negra, seguí en el coro de un programa de zarzuelas cubanas. Canté El cafetal, María la O, Amalia Batista, hasta Cecilia Valdés, siempre en vivo. Yo tenía veinte años y alcancé a tener alguna relación de amistad con la Montaner, que tenía su carácter, pero siempre fue muy gentil conmigo. Me dio varios consejos que mal no me vinieron. Lo de la raza lo llevaba mal.

***

En los años cuarenta muchos de nosotros, los jóvenes, pasamos por Mil Diez con “El Reyecito”, como le decían a Adolfo Guzmán, que había llegado con su team de música argentina y le hablaron para que formara una gran orquesta para acompañar a las estrellas nacientes de CMQ. Todos nos fuimos para allá, a cooperar con Mil Diez donde pagaban solo a veces: Olga Guillot, Celia Cruz, Elena… Jesús Leyte, que era un bajo increíble, Kafir Palma, que no se habla de él, pero fue una gran voz. Allí conocí a José Antonio Méndez, a Portillo de la Luz y a mil más.

Cuando murió su padre, Orlando me dijo: ¿qué quieres que haga por ti?, y yo, tonto, en lugar de decirle que hiciera un concierto y me presentara como intérprete único, le contesté que quería que formara un cuarteto, pues eso estaba de moda. En eso llegó Elena de México, que se había ido a bailar y cantar por allá con Las Mulatas de Fuego. Después que filmaron Salón México regresaron a La Habana en la fuácata, pues no hicieron dinero en ese viaje. Eran los tiempos del chicharrón y el café con leche en una venduta de chinos, día a día. La busqué y le dije: mira, Elena, vamos a hacer un cuarteto con Orlando, por si te interesa…  y ella: “Sí, niño cómo no”. Y fue la primera que recluté. La había conocido en el año 39 en Monte y Cárdenas, cuando le sonaron la campana cuando empezó a cantar porque, aunque era una contralto muy buena, parece que los nervios la traicionaron o no tenía el repertorio listo, no sé. En unos días Orlando la preparó, la acompañó al piano y ganó el premio. ¡Cómo no iba a ganar!

Cuarteto de Orlando de la Rosa. De izquierda a derecha: Aurelio Reinoso, Alberto Barceló, Adalberto del Río y Elena Burke. Foto: Archivos privados Orlando de la Rosa-Adalberto del Río.
Cuarteto de Orlando de la Rosa. De izquierda a derecha: Aurelio Reinoso, Alberto Barceló, Adalberto del Río y Elena Burke. Foto: Archivos privados Orlando de la Rosa-Adalberto del Río.

El segundo en unirse al cuarteto fue Aurelio Reinoso, que trabajaba en Sanidad y yo conocía también de la Corte. Un ser maravilloso, de verdad. Roberto Barceló entró por casualidad, porque ya había hablado con Alberto González, hermano de Cecilia, una de las integrantes del cuarteto de Facundo Rivero. Él tenía un dúo cómico y tocaba el bajo, pero, entre una cosa y otra, no pudo y yo me cansé de que me diera largas. Quien me propone a Barceló fue Fernandito, sobrino de Lecuona, que era muy amigo suyo y compinche de travesuras por las noches.

En el año 48, Amado Trinidad, que siempre estaba a la caza de nuevos talentos, se enteró de lo estábamos preparando y mandó a buscar a Orlando para que debutáramos con Libertad Lamarque que estaba en la cima de la popularidad con sus películas y acababa de llegar a Cuba. Montamos varias cosas, entre ellas Noche negra, que es una canción mexicana que te puedo cantar ahora mismo, aunque jamás volví a escucharla por nadie. Sin embargo, no recuerdo las otras piezas que interpretamos con esa señora que, por cierto, se comportó con nosotros como una dama.

Yo creo, por no decirte estoy seguro, que no estábamos completamente listos para debutar en aquel momento. Todavía no había aparecido Luis Carbonell, que es quien mejor prepara voces en toda Cuba. En realidad, íbamos un poco dando tumbos. Luis empezó como repertorista con el cuarteto de Facundo Rivero, y cuando el grupo se fue a México empezó a trabajar con nosotros: nos asesoraba, nos vestía, nos montaba las voces. Cantábamos siempre con el piano de Orlando, orquesta o un grupo de varios músicos. Muy rara vez hacíamos algo a capella. Siempre con el repertorio de Orlando, si acaso algunas piezas movidas de compositores poco conocidos. Luis es un maestro musical incalculable.

***

Yo seguía con mi trabajo de todos los días en el Senado porque era lo fijo y a mí me gustaba vivir bien, te soy sincero. El cuarteto hacía sobre todo cabaret y teatro, muy poco radio. Llegó la televisión en el 50 y nos llamaron al momento. Elena era el pedal, Reinoso la voz prima, Barceló el relleno, y yo, el bate emergente, pues lo mismo me tocaba cantar arriba que abajo. Yo soy bajo barítono, dicho por los maestros. Aunque para mí soy nada.

En el mismo año 50 llegaron de México Juan Bruno, Felo y la Guillot, que habían trabajado en películas allá. Coincidió con la reinauguración del teatro Payret, que se había quemado y lo habían hecho prácticamente nuevo, precioso y muy moderno. Nos llamaron a nosotros y a Luis Carbonell para hacer el show de reapertura con ellos. Parecía que iba a ser un espectáculo como cualquier otro, pero el Payret se cayó abajo desde la primera noche. No era para menos: tres pianos de lujo, una gran orquesta, Luis, Olga y el cuarteto en su mejor momento. Estuvo en cartelera un mes. Luego hicimos temporada en el América, en Radiocentro y terminamos en el América: Felo y Bruno formaban su bachata en el escenario, Olga se soltaba el moño y era la candela; Luis que siempre ha sido una estrella con sus poesías o sus estampas costumbristas, y nosotros, para qué te cuento. Era una cosa nueva, no se hacían entonces espectáculos así.

Cuando una de las cantantes de Facundo se casó con un trompetista en México y se quedó allá, le pidió a Orlando prestada a Elena para cumplir unos contratos que tenía aquí en La Habana, porque La Burke se sabía todo el repertorio y todos los géneros habidos y por haber. Entonces Reinoso, que ya conocía a Omara Portuondo del grupo Loquibambia de Frank Emilio, habló conmigo para que la sustituyera. A Orlando le pareció bien la idea, pues la había oído bastante en Mil Diez cantando jazz.

Yo trabajaba lo mismo en el cuarteto de Orlando que con el de Facundo Rivero en su cuarta formación (Sirelda, Carmen Lastra, Willy y yo), que inauguró el Casino Parisién del Hotel Nacional, donde no se pudo hospedar la Baker porque no era blanca. Estos dos cuartetos eran diferentes entre sí, en la armonía y en los géneros. El de Facundo era cubaniche-cubaniche-cubaniche puro, o sea, mucha rumba, mucha guaracha. Canté en la inauguración de Sans Souci, en el cuarteto de Facundo con Tony Martin. Hacíamos Begin the beguine y otras canciones de esa época. Ahí conocí a Cyd Charisse, tremenda bailarina de las películas americanas, que era entonces su mujer.

El cuarteto de Orlando se caracterizaba un repertorio romántico, aunque tenía también números más vivos, boleros-mambo, al estilo de Esto es felicidad. Hacíamos esas canciones de Orlando que se cantan a la vez, con distintas melodías sobre una misma armonía, como Nuestras vidas y Mi corazón es para ti, que se conocen bastante, pero nosotros cantábamos, con estas, además, Vieja luna y Nuestro encuentro. Las cuatro canciones se van contestando en una sola. Era posible hacer eso por lo compenetrados que estábamos. Cantábamos sin mirarnos, no hacía falta. Cuando las voces están compenetradas, nadie se atraviesa, se descuadra ni nada. Claro que detrás de eso había muchas horas de preparación. El cuarteto lo hace quien lo pule, no el que lo arma. Vivíamos “arriba del piano”, más con Luis Carbonell que con Orlando. Cuando actuábamos en Tropicana no dormíamos, pasábamos del show al ensayo y ahí nos daba el amanecer. Era una candela rica, sabrosa, que se disfrutaba. Luis es incansable y nosotros muy jovencitos.

Yo salí del cuarteto de Orlando porque prefirieron que se quedara Barceló, que hablaba inglés, siempre andaba con turistas y tenía muchos contactos y amigos poderosos. Orlando y yo nos distanciamos por las tropelías que habían hecho varias malas personas en mi contra. Él, que era muy muchacho, hizo caso a los chismes y a la mala intención. Aunque yo sufría, no me preocupaba tanto, porque sabía que, a la larga, nada nos iba a separar definitivamente. Consiguieron un contrato para presentarse en Estados Unidos y se fueron, Elena, Omara, Reinoso y Barceló, para actuar en Las Vegas y Hollywood. Yo me quedé aquí, muy tranquilo, esperando y esperando.

Cuando regresaron, cambiaron las voces femeninas, porque las mulatas se habían puesto muy gordas y Orlando me fue a buscar para que volviera a cantar con ellos. Entraron entonces al cuarteto Sarita Corona y Julita Lombida que eran dos mulatas con un tipo físico más espigado, aunque no mejores cantantes que las otras. Eran muy lindas, se movían muy bien. La Corona era una diosa, le decían “la señorita cocacola”, por su cintura muy fina, que parecía una botellita. El cuarteto entonces, yo creo, sonaba a rayos, pero el público lo recibía muy bien. Así es la vida. Ya no era lo mismo y me desanimé.

¿Quieres que te diga una cosa? Yo estuve a punto de estar en el cuarteto de Aida, cuando la idea surgió. Incluso monté varios números con Omara, Elena y Haydée, que entonces hacía pareja de baile con Rolando Espinosa y nunca había cantado, a no ser en su casa. Después se decidió –creo que por consejo de un productor de televisión– que mejor fueran cuatro mujeres, y fue que llamaron a Moraima. Aida tocaba el órgano en una iglesia y tenía alguna experiencia en organizar coros. Eso fue por el año 52.

Yo seguí con el cuarteto de Facundo Rivero cuando lo contrataron para actuar en Estados Unidos. Estuvimos casi dos años por allá. Trabajamos en Nueva York, Miami y luego pasamos a Puerto Rico, donde inauguramos la televisión –Telemundo WAPA– y el hotel Caribe Hilton. El cuarteto se desbarató porque a Facundo le hicieron una trampa, lo nunca visto, pues los propios integrantes lo botaron. Es entonces que se forman Los Rivero. Ya yo había seguido otro camino y no tuve que ver con eso. Te voy a contar.

En Puerto Rico había conocido a un hombre muy bueno, mexicano, que me dijo: mira, Adalberto, no regreses a La Habana ahora, y si quieres ir, luego yo voy contigo y luego regresamos juntos para acá. Yo tenía casa y todo en San Juan, que él me había puesto, porque era administrador de dos tiendas. Pero me entró en el alma eso que nos cae a los cubanos: “Me voy pa Cuba, me voy pa Cuba”. Cerré los ojos como un bobo y abandoné al mexicano.

Cuando llegué a Miami para coger el ferry para La Habana los amigos me dijeron mil veces: “Niño, vira, que tienes tiempo, niño vira para Puerto Rico, vira, que eso que tú tienes nada más se ve en películas”. Pero qué va, no hice caso. Tomé la decisión sin tener claro qué iba a hacer después, pero tenía la idea fija de venir. Nunca más supe de aquel hombre, que dejé tan herido.

Cuarteto Orlando de la Rosa, Luis Carbonell, y orquesta Anacaona. Foto: Archivos privados Orlando de la Rosa-Adalberto del Río.
Cuarteto Orlando de la Rosa, Luis Carbonell, y orquesta Anacaona. Foto: Archivos privados Orlando de la Rosa-Adalberto del Río.

Cuando llego a La Habana me encuentro a Orlando, ciego, con los pies hinchados, trabajando de un lado para otro, en beneficios a Lecuona, haciendo Tropicana y en mil lugares más. Se había colado en su vida un individuo muy bello pero que le hizo mucho daño. Lo empujaba a beber y hacer no sabes cuántos disparates, lo explotó y se aprovechó de él en todos los sentidos. Vamos a decirle El Fantasma, aunque yo me sé muy bien su nombre y apellido. Cuando llegué a su casa me dijo: no te vayas de mi lado, no te vayas nunca más. Y me quedé, porque yo lo amaba.

Él tenía sus creencias, pero llevaba la religión a su manera y no buscó protección. Además, ahora la diabetes se controla, pero en aquel tiempo era mortal. Lo último que pudo hacer fue preparar un concierto para presentarme como intérprete de su música. Quiso darme esa alegría que no pudo ser. Se reunieron los productores en su casa para que me oyeran cantar, pero como a la semana tuvo una fuerte discusión con una pariente de su madre y eso lo acabó. Un día Roderico le había soltado delante de mí: dice Rita Montaner que te cuides porque soñó que tu cadáver iba delante del de ella, y así fue. Tenía 36 años nada más. Su partida fue muy sentida por el pueblo. La gente cargó su ataúd y su entierro fue multitudinario. Rita murió poco después. Un año atroz ese. Cuánta tristeza. Cuando Orlando cerró los ojos, caí directamente en el siquiatra.

***

Después del triunfo de la Revolución, a causa de una ley terrible, me acusaron de vago habitual y me pusieron en una granja durante varios meses para reformarme de la vagancia y de otros pecados que yo tenía, para hacerme todo un hombre. Cuando salí, por mediación de unas amistades conseguí trabajo en el Buró de Contrataciones Artísticas. Poco después no sé qué quién del ICRT, ni me interesa, informaron no sé qué cosa muy mala de mí, de mi moral o de mi “integración” –nunca averigüé–, dijeron incluso que yo estaba en Nueva York, cuando yo estaba aquí comiéndome un cable y me pusieron en la calle de nuevo.

Cuando llegaron las primeras evaluaciones de los artistas me otorgaron la letra A sin que tuviera que hacer prueba. En el jurado estaban Aida, Guzmán, Isolina –que me conocían muy bien– y el maestro Valdés Arnau, que no cuadraba la caja conmigo ni yo con él, desde los tiempos de Mil Diez. Yo ni lo miré, pero firmó el certificado.

Entonces intenté hacer un cuarteto con el negro Enrique y empezamos a ensayar con Cary Caché y un muchacho que era sobrino de Candita Quintana. Cary quería hacer la voz central, cosa con la cual no estuve de acuerdo pues no tenía potencia. Como Enrique estaba al piano y era su marido, le dije: “Mira, mejor digo adiós y quedamos amigos”. Así se hicieron Los D’Enrique y yo me quedé dando vueltas. Me devaluaron después, en otra evaluación de aquellas, de mierda, porque este mundo está lleno de personas horribles. Cometieron injusticias de todos colores. Estuve años y años sin cantar, como si jamás me hubiera dedicado a eso. Pude vivir, como dice el bolero de Bobby Collazo: “vivir recordando el ayer”. Yo sé bien lo que es la miseria y no morirme. Si no me entienden, pues, andando.

***

Lo que me gusta en la vida es hacer feeling. Por si no lo sabías, entre los primeros lugares que se cantó feeling estuvo la casa de Orlando, en La Cafetera. Ahí le cogí el gusto a eso, a cantar así. No seré tan malo porque Frank Emilio me acompañaba al piano cada vez que yo quería. Nos adoramos, él gozaba conmigo, iba por su parte y yo por la mía, pero siempre unidos armónicamente: jamás me descuadro, aunque nunca voy dentro del ritmo. Me gusta mover la línea melódica, la armonía nunca. Eso es pecado.

Hace poco Omara me empujó para volver al canto y me llevó a la televisión. Canté Angustia y Qué emoción, y me di cuenta de que puedo hacer lo que quiera todavía con la voz que tengo. Me aplaudieron en el ensayo y en la actuación, eso no pasa siempre ni le sucede a todo el mundo. El programa se llamaba La Descarga. Aunque me embullé bastante, lo dejé ahí pues no tengo quién me acompañe. Tampoco olvido una letra.

Me sé toda la música de Orlando de la Rosa, incluyendo la inédita. Me identifico con esas canciones desde allá adentro, por eso, creo, que me quedan más o menos bien. Quisiera enseñárselas a algún joven, para que no desaparezcan conmigo. ¿Qué cómo soy? Triste, sí, muy triste. Con más de ochenta años –no te voy a revelar mi edad–, te digo una cosa: a mi modo triunfé. A mi modo triunfé porque siempre hice lo que me dio la gana.

Jesús María, 29 de octubre de 2007

Autor de veinte libros de poemas, culpable de intrusismo en varias otras disciplinas: artes plásticas, guiones, periodismo. Obsesión: la frágil memoria de la música cubana.

3 Comments

  1. excelente recuento de una etapa maravillosa y de otra espantosa. gracias al maestro Adalberto por esas memorias y al maestro sigfre por rescatarlas. un retrato muy vivo.

  2. ESTAS SON LAS HISTORIAS DE LA MUSICA CUBANA Y DE SUS INTERPRETES Y ARTISTAS Q NO SE DEBEN PERDER, TODOS FUERON MUY GRANDES Y BASTANTE UNIDOS, SIEMPRE HE DICHO Q HABIA DULCES PARA TODOS, ADALBERTO HA ACLARADO MUCHAS COSAS Q SE DECIAN PERO Q SE COMPROBARON CON SU FORMIDABLE RECUENTO, FUNDAMENTALMENTE DE LA IMPORTANCIA EN EL ARREGLO DE VOCES Q HACIA CARBONELL, NO OLVIDAR A AURELIO REYNOSO Y A MUCHOS OTROS, DE LOS Q NO SE HABLA O ESCRIBE, GRACIAS

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