Portada del álbum

Acústica, la sensible música popular de Albita Rodríguez

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Reseñas

No sé cómo, pero de leer en Internet sobre el nefasto destino de los glaciares y de otras maravillas naturales, terminé en Acústica, el más reciente disco de Albita Rodríguez. Maravilla también, humana y predecible —lo de Albita siempre brilla—; el único peligro que acecha al álbum sería su insuficiente difusión.

Empecé a escucharlo un viernes para ponerle al fin de semana un tono bailable. Aún lo escuchaba el domingo con ánimo de ajustarme a la propuesta de un lunes nada prometedor. Con Acústica, rompí mi costumbre de apretar el shuffle y permitir que un algoritmo caprichoso escogiera el orden de los temas. Lo escuché canción tras canción, como se hacía en el lejano siglo XX. Me agradecí luego la ortodoxia; el orden de los factores mejora aquí el producto aun cuando cada tema, por grato y sofisticado, pareciera inmejorable.

Comienza Albita el álbum a capela en Yo tengo un ave blanca, una brevísima canción de trova jazzeada por el piano más dulce. En un par de minutos, hace entrada la sensualidad característica y desenfadada de la artista ―su sensualidad es, en sí misma, un instrumento― en la festiva Décimas infieles. Mi oído sólo escucha entonces el acompañamiento del tres, el cajón peruano y, discretamente esparcido, el cencerro que mi alma con frecuencia mensual anhela. Reitera Albita sin hartarnos “la quiero porque no es mía, si fuera mía no la quiero“. Se refiere a cierta boca, a cierta piel, a cierta alma o persona de género que creo meticulosamente indeterminado, y que está regodeándose en la acera opuesta a lo permisible. Me equivoco en lo del género; me creo cosas porque la cantante confunde, qué delicia, con lo de “no es mía” y “si fuera mía”, que no se refiere a persona sino a boca.

De cualquier manera, ¿quién no se identifica con el atractivo de lo inalcanzable, de lo ajeno tan precioso que Albita llega a comparar con la legendaria Marieta del Guayabero? “Si te equivocas”, Marieta ―o la boca o su persona, Albita, o algún inaccesible Malanga― “te enseña las letras”, te reinventa el mundo ordinario y, como esta canción, te lo presenta como novedad apetecible. Invita, digo yo ―no se me crea― por el repique del cencerro, a cruzar la calle con la luz equivocada o, al menos, a plantearse el querer cruzarla.

En Vendo el álbum se pone transaccional cuando lo poético de la letra ahonda y cala. Qué atrevida Albita, en los tiempos que corren, al lanzar metáforas y encima cargarlas de su filosofía personal “de cuando una canción tenía sentido”. Nos comparte una ideología ambigua que presenta en una lista de agravios y agraviados que vende y que, lamentablemente, podrían enarbolar grupos opuestos. Me divierte que venda “un buen camino con su silla y al viejo trovador sentado en su cosecha”. Esta alusión casi irrefutable a Historia de las sillas de Silvio Rodríguez es seguida por “la izquierda y la derecha”, imposible convoy, que también vende. Suelta seguido un sinfín de metáforas tan incomprensibles como imprescindibles. Entre tantas, “te vendo la metáfora oportuna en el dolor del parto de algún verso”, y “te vendo el compromiso donde empieza y el verbo con la libertad escondida” me conmueven. Estos versos difíciles son el ejercicio necesario a la sensibilidad que están cada vez más ausentes de los repertorios de la música popular. Cada artículo a la venta ―“una mentira”, “una vagina mutilada”, “pecado original, carne sedienta”― hace de más o menos claro virtue signaling. Quien firma estas letras propone lo virtuoso y rara vez lo define con claridad. La letra sugiere la pertenencia del autor al club de los desilusionados que no quieren alinearse con el oprobio que (desde siempre) plaga al mundo. Peca Albita, como el viejo trovador Silvio Rodríguez, pues al erigirse en juez sin nombrar acusados y cómplices quedan bien, ella y Silvio, con los unos y las otras. Sin embargo, Albita y sus letras reconfortan y, martianamente hablando, “el que consuela, nunca yerra”.

Cuánto amor nos cabe en la garganta es un danzón, o lo parece, que se queja de la ausencia de un amor en una ciudad sin nombre porque es todas las ciudades que amamos. La dulcísima flauta de Canción para cantar reitera la invitación a transar, esta vez sin comercio. “Te cambio un verso por un poco de locura y eso que un verso es mi espacio, mi hábitat” pide la cantora a su interlocutor. “Sácame del mundo cotidiano”, y esperemos que esta no sea una petición de una primera cita porque es más fácil exigir lo extraordinario a turoperadores, parques de diversiones y drogas. Se atreve a más en el verso que comanda “viola todas las reglas y de paso a mí”. En los tiempos que corren, la frase es todo, menos inocua y peligrosa. En plan kink poético, me entusiasma la idea de citarla sin comillas en un susurro mientras bailo esta canción que de bucólica solo tiene la flauta. Sin dejar de honrarlos, Albita trafica con los aportes de sus ancestros musicales Benny Moré, Sindo Garay y Marta Valdés. Quien suscribe la letra, se queda en los sagrados sin mencionar ni un nombre de la generación de Albita. Involucra “besos desmedidos”, un “sucio cuerpo a cuerpo” “porque un acorde sin lujurias no es normal”. La sabia belleza de estas construcciones puede que sean la primera ocasión en que Marta Valdés y lujuria convivan en una canción.

La enumeración de infinitivos que han sido tremendamente usados en la lírica musical universal resuena como nueva en la balada No quiero que me faltes nunca. En esta nana para adormecer amantes, el piano acompañado de tres, guitarra y cajón inventan un género musical futuro; por su lado, la clave ―sutilmente― nos recuerda la migrante identidad de la canción y de quien la canta. Seguido viene El resto de mis días, un son fabuloso aderezado de lugares comunes que suenan frescos en la voz potente de la cantante. No estoy seguro de entender cuál es el privilegio del que goza Albita en la canción así titulada; poco importa cuando una trompeta que casi habla nos presenta, en un verso delicioso, a quienes “andamos con los huesos en pelotas y el corazón en las manos”.

Detrás de Son sin concepto hay una historia dolorosa que Albita ha narrado en varias de las entrevistas que siguieron al lanzamiento del álbum. Esta es la canción más peculiar de Acústica. Albita recita, o más bien declama, unas viñetas dolorosas que estilísticamente se conectan con la poética de Vendo. Monologa juiciosamente Albita con sus personajes: “Tu alma es un tatuaje, una mentira” “tú tienes que parir y aniquilarte”, “tú tienes que parir y ser bien fuerte para él”, porque “eres un son sin concepto”. Alcoholismo, machismo, sexismo y otros ismos se discuten sin mencionarse. Se identifica con sus interlocutores sin contarles su tragedia, “Tú y yo tenemos el pretexto de la vida porque somos un son sin concepto”. Pretendo que me recuerde este juego al acuarelista de la poesía antillana, Luis Carbonell cuando declamaba Motivos de Son de Nicolás Guillén. Sin embargo, el sarcasmo y la seguridad que pone en su diatriba hacen única la voz de Albita, la mantienen única. Termina ella la canción sin darle largas al soneo, pero le pone una bravura y una simpatía que la igualan a la esperanza. Se le agradece.

Se cierra el disco con Soy una mujer y estoy aquí. Apenas termina uno de leer tan dilatado título se aparecen, sorpresivamente, Yusa y Lena Burke. Una ciudad las cría y otra muy diferente las junta. Este triunvirato no se me hubiera ocurrido disparatado pero sí irrealizable, así de distintas son las artistas. Sin embargo, se acoplan perfectamente en un tema elegante y festivo. Se dirigen estas letras a El Hombre a cargo de este mundo, y a sus acólitas y acólitos; desafían sus limitadas expectativas de lo que es ser mujer. “Soy mucho más que un beso, apuesto y voy a mí, yo soy una mujer y voy a mí”. Se apropian Yusa, Lena y Albita del arte ajeno cuando rapean deliciosamente y se salen respetuosamente con la suya cuando repiten a gritos “porque soy una mujer, porque soy una mujer”. Rapean sí, pero no tanto al estilo original de los afroamericanos, sino acompañadas por el tumbao del piano, como en la timba del Periodo Especial. Se deshacen de la misoginia legendaria de la timba, más bien la desafían porque “todo cambió y ahora tú tienes que ver cómo lo hago yo”.

Con esta afortunada federación de mujeres urbanas haciendo de las suyas a todo tren llega inesperado el silencio que sigue al final del disco. Qué ganas de más, ¿cuándo sale el otro? Como otra vez es martes o quizás viernes, se me antoja que este regalo de Albita no es azar que deba desperdiciar. Sin dudas, lo agrego entonces al playlist de mis temas élite. Al hacerlo, regreso a su primera canción porque sé que en este álbum “tengo un ave blanca que aleteando en lo alto me invade el corazón”.

 

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