Portada del álbum Voy, de Eme Alfonso: Foto: / Eme Alfonso.

Voy: la vuelta al mundo en diez canciones

en AM

Vamos a pretender que esto no es una reseña y que esta no soy yo diciéndoles: “Escuchen Voy, el tercer álbum de Eme Alfonso”. Pretendamos que no es domingo ni lunes ni martes, que no leo Conversación con Günter Grass, de Juan Villoro, y que alguien, en algún momento, no pregunta: “¿Cómo eres cuando no te inventas?”. Pretendamos, eso sí, que estoy (estamos) en algún punto de la pradera africana, que la maleza cubre todo aquello que alcanza los ojos y que, entre el murmullo del viento y el pastizal, una niña canta. La niña no sabe que estamos aquí. La acompañan, quizás, sus ancestros, el sonido de la vegetación y los ríos, la lluvia que busca caer pero que al final no cede. Pretendamos luego que algo sucedió (no importa qué y cómo) y que estamos en la selva amazónica, en el bosque tropical más extenso del mundo, justo en el centro de Brasil. Sentimos la humedad, el barro, el olor a tierra. Escuchamos a las deidades del candomblé que se deslizan por el matorral.

Volvamos al Caribe, a los cantos yorubas, a las luces tenues, al mar. En este viaje, a veces sonoro y medio espiritual, la niña – que a ratos viste de rosa viejo, o de un rojo vino, o amarillo, o blanco; que a ratos luce cintas de nueve colores en su cabeza, o lleva, en una suerte de bacanal, un yunque de madera o un iruke negro– siempre canta y lo hace con su voz de niña, por supuesto.

Ahora pretendamos que este texto es lo que es y démosle play a esas diez canciones que conforman Voy, disco-maravilla de Eme Alfonso. ¿A dónde los lleva? Si el viaje es a través de los sentidos, la experiencia de muchos de ustedes puede ser diferente. No tienen por qué ver a la niña. Ella puede, llegado el caso, transformarse, convertirse en amazona, en guerrera temeraria. Lo interesante es que, no importa cuán místico sea el desplazamiento, siempre la misma voz nos dice: suelta las amarras, da el gran salto, sé libre.

No obstante, este recorrido no es posible si no tienen puestos los audífonos, si no han comenzado a escuchar el rezo afrocubano, si el grito que saluda a Oya aún no los conecta. Ayabba es, digámoslo pronto, la puerta que abre los caminos hacia ese éxodo de sonidos que viene después. El resto del viaje precisa cinturón de seguridad.

Porque cuando los primeros arpegios de Libre suenan, cuando la percusión entra en el juego y todos los ritmos confluyen, ya no hay regreso posible. Este tema es, quizás, esa canción-museo, esa pieza única y extraña que viene a hablarnos del amor –de la obsesión, de las guerras de poder en el amor–, pero también de la extrema necesidad de salir a flote, de buscar desesperadamente la luz, de no ceder ante el miedo. De no ceder.

Aquí la niña/guerrera dice algo como esto:
Cuánto de mi amor se ha hundido
Cuánto arrastro con él
Primero me entierran viva
Antes de ceder, antes de ceder.

Si eso no es hermoso, no sé qué lo sea. (Solo una precisión: si aún no han visto el video que acompaña este track, dejen este texto ahora mismo. Corran a YouTube, al vendedor del Paquete más cercano. Nada de lo que pueda decir acá superará semejante masterpiece. Marketing, dirían algunos. Arte, diría yo).

Pero volvamos al viaje. En Veo, tercer tema del álbum, aparece finalmente la lluvia. Eme nos impone este recorrido cuando se adentra por los resquicios de una ciudad que el tiempo nos hizo olvidar. La Habana surge entonces como ese lugar de eterno retorno. Eme lo sabe, lo sabemos todos. Más tarde, en Voy –y como era de esperar–, se revelan algunas de las esencias de este fonograma. Una mujer en relación con su pasado, con su presente y futuro, una mujer capaz de sortear obstáculos, de mover montañas, de ser dueña de sí misma y de su destino, grita: “que nadie me quite la voz”.

No hace falta salir a buscar un manual de feminismo, Eme Alfonso tiene todas las lecciones aquí. Esta es, como diría la cantante y compositora cubana, “una acción, una decisión, un pensamiento firme de hacer algo”. ¿Y qué es este álbum si no la voluntad de “hacer algo”, de apostar, de arriesgarse?

Ese espíritu lo alcanzamos a intuir en El Bote, la canción leyenda que, contada a través del raspeo de las cuerdas del banjo –ese instrumento tan propio de la música tradicional estadounidense–, del sonido seco al pulsar el bajo, del groove de la percusión, nos devuelve el viejo mantra de que “quien no arriesga, no vive”. En ese salto al vacío, Eme dedica este tema a su padre, Carlos Alfonso, ese bajista extraordinario conocido en Cuba y en el mundo por, entre otras cosas, ser el fundador –junto a Ele Valdés– de Síntesis, esa banda que es también símbolo de la sonoridad en la Isla.
Se impone recorrer los meandros de El viaje, la sinuosidad de Rezo que, aún en lengua extraña, nos seduce por el dolor que hay detrás de la plegaria, por lo exquisito del cántico. Sin embargo, llegados a este punto –y luego de concientizar lo marcadamente telúrico en estas canciones (no podemos evitar sentir, oler, ver el viento, el mar, la breña, el polvo, la lluvia) y lo rítmico que acentúa lo poético–, algo nos convida a pensar, y quizás debimos hacerlo antes, que hay un río subterráneo que atraviesa este disco: aquí la mujer está por todas partes.

El fonograma abre con Oya –dueña de los niños, dominatrix de los espíritus, salvadora–, y en su devenir aparecen otras deidades: Oshún, a quien dedica Oro ko –rezo afrocubano musicalizado por Eme–, y Obba, orisha del amor sacrificado. Detrás de cada una de ellas, la cantante y compositora cubana se quita las máscaras. La siguen, esta vez, los cómplices de siempre: Jorge Aragón (piano), Roberto Luis Gómez (guitarra y banjo), Julio César González (bajo), Alain Ladrón de Guevara (drums); y a cada tanto se asoman Carlos Alfonso, Ele Valdés (coros), Yaroldy Abreu (percusión cubana), Luizinho do Jeje (percusión brasileña), Ruy Adrián y Harold López-Nussa (batería y piano, respectivamente), Yandi Martínez (contrabajo), entre otros músicos que, guiados por Alê Siqueira, productor exitoso donde los haya, desatan todas las sonoridades posibles para regalarnos un álbum orquestado hasta el último detalle. Un álbum que, tras las producciones discográficas Señales y Eme –sus (no muy logradas) exploraciones iniciales–, nos sugiere que tal vez Eme Alfonso ha encontrado el rumbo y llegado a la madurez como artista.

No obstante, este no sería un disco redondo sin ese último tema donde la niña/guerrera, con una voz tremenda, nos devuelve un tempo diferente. Los violines y el cello, por su parte, nos transportan, quizás, a la Vieja Europa, o a esas regiones de Latinoamérica donde el vals es también tradición. Algo más es, si se quiere, esa melodía recurrente que debemos guardar en la mejor de las listas de reproducción.

El mundo no lo sabe aún, pero amará este disco. Nosotros, mientras tanto, solo podemos pulsar Play.

 

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