Ilustración: Mayo Bous.

Tribulaciones de un ingeniero de sonido en los teatros de Cuba

en AM

Cuando era pequeño mi madre me llevó por primera vez al teatro García Lorca, donde presencié la premier del ballet Carmen. Tras esa vinieron otras salidas, sobre todo a conciertos,paseos que sin duda dejaron en mí un amor innato por la música y las salas de concierto. En treinta años de carrera como ingeniero de sonido he trabajado en más de quinientas salas alrededor del mundo, pero hoy hablaré particularmente de mis tribulaciones en los teatros de Cuba.

Considero importante notar que, desde el siglo XIX, nuestra pequeña isla contó con numerosas y estupendas salas teatrales, algunas de las cuales han sobrevivido con mayor o menor suerte al paso del tiempo y los procesos de remozamiento. Desde mi modesto punto de vista creo necesario lanzar un llamado a obrar consecuentemente con estos tesoros del arte y la arquitectura que se alzan en nuestras ciudades, los cuales reciben a artistas y espectadores con las puertas abiertas.

Cuando terminé mis estudios de ingeniería me asignaron a una institución que había desaparecido, paradójicamente, meses atrás: la Empresa de Artes Escénicas. Para no dejarme sin empleo, primero me propusieron participar en el proyecto de lo  que sería el Teatro Heredia, en Santiago de Cuba. Pero como estaba en fase prematura, terminaron por ubicarme en el Teatro Nacional de Cuba. Un año de actividad profesional en ese coloso —en el que para mi asombro me nombraron Jefe de sonido— me permitió adentrarme en la vida real de una sala de conciertos.

Con el transcurso de los años fui conociendo otros teatros del país como el maravilloso Sauto, que tiene una acústica inigualable y ojalá algún día vuelva a contar con condiciones óptimas para su mejor aprovechamiento y disfrute.

A principios del presente siglo trabajé con Amaury Pérez en un concierto en el Teatro Eddy Suñol de Holguín, del que me impresionó su enorme grado de deterioro. Para fortuna de la cultura holguinera, años después fue restaurado, lo que me llenó de regocijo. Pero al volver cuál no sería mi sorpresa cuando me di cuenta de que los nuevos altavoces de la sala se habían instalado de un modo que dirigía toda el área de emisión sonora solo hacia las primeras filas de la platea. Y el resto de la audiencia… ¡que imaginara lo que estaba sonando…! Esos son detalles lamentables que socavan cualquier otro esfuerzo artístico o técnico.

Ciego de Ávila cuenta con el hermoso Teatro Principal, una sala de acústica y belleza excepcionales. La complementan, sin embargo, cuatro gigantescas y ruidosas consolas de aire acondicionado situadas dentro de la sala. De modo que el público disfruta el agradable y ensordecedor sonido de las máquinas sin saber de qué va el espectáculo. Si se apagan los aires, la audiencia puede escuchar lo que sucede en el escenario, pero comienza a sudar a mares.

Por su parte, el Teatro Heredia engalana con su magnificencia el complejo arquitectónico de la plaza santiaguera. Mis pocas experiencias de trabajo en esta sala han sido muy gratificantes, descontando la última, que tuvo lugar durante una gira de la Orquesta Sinfónica Nacional y el cantante Augusto Enríquez. Para desgracia nuestra había un juego de béisbol entre Industriales y Santiago a la misma hora, y el Heredia estaba desolado.

Excelentes son los teatros La Caridad de Santa Clara y el Tomás Terry de Cienfuegos. Sin embargo —como en la sala Covarrubias, el García Lorca y el Teatro Martí—, la cabina de control de audio está situada tras cristales en un tercer balcón donde apenas llega el sonido. No es raro que los técnicos, los cuales deben bajar las escaleras y atravesar el teatro en dirección al escenario más de una vez para resolver un problema, olviden a lo que iban.

Una de las joyas recién mencionadas, el Teatro Martí, se reinauguró hace pocos años después de décadas de abandono. El Martí hace gala de su belleza con una elegante sala y su araña, que sube hasta ocultar su protagonismo una vez que comienza la función. Si bien resulta más seca de lo esperado, la acústica que resultó tras la restauración es muy agradable, aun cuando depende inexorablemente del sistema de amplificación. Casi un año después de su apertura trabajé en el Teatro Martí por primera vez, y ese mismo día me atreví a insinuar a los trabajadores de allí algo que detecté y que aparentemente no había sido notado hasta el momento: el sistema de sonido debía ser estéreo, pero sonaba monofónico, algo lamentable para una sala de esa categoría. Meses después regresé para otro trabajo y escuché con agrado que el sistema ya sonaba estéreo, gracias al desempeño de los sonidistas del teatro. Pero aún había otro problema y no resuelto durante la rehabilitación de la sala: que el ruido del tránsito aledaño deje de ser coprotagonista de los espectáculos ofrecidos en el lujoso recinto.

Más recientemente tuvo lugar la reapertura de la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, anfitriona ya de importantes conciertos como el Día Internacional de Jazz 2017, o el del músico canadiense Rufus Wainwright, para los cuales los organizadores se vieron precisados a rentar un sistema de audio superior al al instalado originalmente en la sala. Por otro lado, si alguna vez usted durante el espectáculo necesita ir al baño de esta maravillosa sala, por favor, le sugiero sea cauteloso. Eso si no quiere que el sonido de sus pasos desvíe la atención de los espectadores hacia sus movimientos.  

Me encanta la salita de conciertos del Museo Nacional de Bellas Artes, tan íntima, siempre acogiendo artistas de renombre, dotada de una magia y una acústica tan agradable que hacen de cada concierto una experiencia inolvidable. Durante años contó con un discreto pero excelente sistema de amplificación, el cual para mi asombro fue recientemente reemplazado por otro más moderno. Hace unos meses ayudé a poner a punto la sala después de instalado el nuevo equipamiento, y la impresión que recibí fue bastante favorable. No obstante, ardo en deseos de sonorizar un nuevo concierto para asegurarme de que el cambio valió la pena.

En 1999, después de veinticinco años del siniestro que lo destruyó y clausuró por un cuarto de siglo, se reinauguró el Teatro Auditorium Amadeo Roldán. Participé en el trabajo de instalación, además de dirigir luego su departamento de sonido por casi diez años. En aquel entonces sus dos salas ostentaban una acústica afín a muchos de los géneros musicales que se interpretaban en ellas: música sinfónica en la Amadeo Roldán, con 1,8 segundos de reverberación; música de cámara y jazz en la Caturla, con 1,0 segundo de reverberación.

Importantes figuras del mundo de la música engalanaron el escenario del Amadeo durante su efímera segunda existencia. Algo que que muchos ignoran, entre otras cosas, es que los trabajadores del teatro tuvimos que instalar de manera clandestina los tomacorrientes del escenario. Alguien nos había ordenado que en el escenario no podía haber electricidad porque se consideraba innecesaria. Imaginamos a Chucho Valdés, a Ernán López-Nussa o a Ivan Lins tocando en esa sala sin poder utilizar un bajo eléctrico o un sintetizador, y una madrugada convoqué a algunos cómplices para arreglar el mundo, o al menos la pequeña parte que nos tocaba.

Contábamos también con un tocadiscos bien costoso de 78 rpm, hecho por encargo a Vestax, firma especializada en su fabricación. En él hubiéramos podido reproducir discos antiguos de 78 rpm, pero estos ya no abundaban en Cuba y nunca pudimos estrenarlo.  

Recuerdo que se elaboraron varios proyectos serios para el diseño e instalación del sistema de amplificación del Teatro Amadeo Roldán. Pero finalmente, por órdenes de algún superior —mi memoria falla, olvido los nombres—, se instaló un clúster de altavoces central monofónico de la marca EAW, que si bien es un equipo de calidad reconocida, a la hora de colgarlo en el centro del puente de luces lucía como un simple y diminuto “baflecito”. Nos tomó toda una noche instalarlo e izarlo, y al día siguiente, aquel cuyo nombre no recuerdo puso el grito en el cielo alegando que era de color negro y contrastaba con la mole de paredes blancas a su alrededor. De modo que había que quitarlo. Ante tal “daltonismo de altura” —al parecer nunca se percató de su color mientras estuvo abajo, en el piso—, no nos quedó otra que hacernos los desentendidos, dar media vuelta y dejarlo todo así.

Algunos años estuvo colgado tranquilamente el pesado “baflecito”. Un buen día, el puente de luces cedió por la carga, se trabó a mitad de camino y quedó allí a la vista del público. Algún tiempo después, y por segunda vez en su historia, el Amadeo Roldán fue clausurado. La razón fue un peligro de derrumbe. Todavía hoy, cada vez que paso por la esquina de Calzada y D, se me oprime el corazón, pensando si algún día volverá a erigirse el vistoso auditorium para disfrute de todos los que amamos sus conciertos, sin importar si tiene o no tomas de corriente en el escenario. Me pregunto, por cierto, a dónde habrá ido a parar el polémico “baflecito”.

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