Portada del álbum Confluencias, de Sigrid.

Sigrid y la voluntad de juntar ritmos

por
AM

Hace ya unos cuantos meses que Sigrid Armenteros volvió a la carga con su segundo disco en solitario, Confluencias (EGREM, 2018), reinsertándose en la palestra musical cubana. Su nombre todavía es desconocido para muchos, pero ella no es una recién llegada. A sus 36 años, esta cantante lleva dedicándose a la música desde la adolescencia y buscando el particular brío de un sello propio, capaz de derrumbar todas las defensas. Ahora deja ver lo que estaba por venir.

Hija de Máximo Armenteros, músico de Los Zafiros, lleva la creación en el tuétano de sus huesos. Fue miembro de la Steel Band Habana, dirigida por Emilio Piñeiro, lo que le permitió desarrollarse en el ámbito caribeño del calipso, el merengue, el son y la guaracha.

Sigrid tocaba los tambores metálicos, hasta que en una presentación se atrevió frente al micrófono. Convencida de que su sitio estaba en las canciones, ahí comenzó a gestarse la inquietud por componer sus propios temas. Paso a paso, colaborando con distintas agrupaciones, se vinculó a la Agencia Cubana de Rap y empezó su carrera en solitario con el lanzamiento del álbum Camínalo (2013).

Con esta segunda entrega Sigrid propone un universo musical íntimo, con todo lo bueno y malo que conlleva la osadía de intentarlo. Se aparta un poco de su primer disco y ofrece un fonograma con menos sorpresas en materia de ritmos y con un predominio de los patrones del afro jazz paterno, aunque también presenta una mezcla de soul, balada pop, funk, R & B y jazz latino con arreglos contemporáneos.

Destaca en Confluencias la base rítmica sobre la que dialogan en claves distintas pero con emociones afines, el sonido de los instrumentos que construyen un universo musical lleno de inflexiones. En esta ocasión, Sigrid no ha podido evitar la tentación de flanquearse por algunos de los mejores instrumentistas del circuito: Ernán Cortés en la batería, Omar González en el bajo, Irán Farias en la percusión, José Portillo en el piano y Víctor Benítez en el saxo y la producción.

El Intro que da pie al álbum es toda una carta de presentación con sello propio. Promete la entrada de un buen disco de jazz. Te sientes motivado para seguir escuchando la descarga balanceada y disfrutable de principio a fin.

Sin embargo, el gran inconveniente es que, tras pasar este punto de partida, el disco deja al escucha con una sensación agridulce. La voz de Sigrid demasiado dulce, se vuelve en ocasiones monocromática, sin matices; afortunadamente hay excepciones como Trayectoria, con marcada influencia de la bossa nova en el discurso jazzístico; la balada pop Silencio; y Ni tan ruda ni tan fría, detalle intimista dentro del disco que cierra el ciclo iniciado por Intro.

La fusión con la que la vocalista intenta reorientar su sonido, pocas veces fluye coherentemente y termina siendo una especie de parchado de ritmos unidos casi al azar. Como ejemplo más sintomático, Nada con todo, un tema que arranca alto con una buena descarga de jazz, para pasar sin preámbulos a un rap inesperado que como mismo llega se va, dando marcha a un montuno con tres incluido. Aunque pudo haber sido el plato fuerte del disco, el crossover estilístico se queda repartido en capítulos y la canción dividida en sílabas.

En Confluencias aparecen solo dos versiones. Una de ellas es el tema Overjoyed, de Stevie Wonder, interpretado por una Sigrid que es tan deslumbrante como exasperante por momentos, con una dicción neblinosa que se pierde entre los arreglos y no acompaña al tempo del jazz en el track. La otra cara de la moneda es Te quedarás, de Alberto Barreto, donde la artista demuestra toda su audacia al adaptar con éxito al modo contemporáneo el monstruo de canción que popularizara Benny Moré.

A diferencia de su primera entrega, con Confluencias la artista no busca tanto crear conciencia social con sus letras, sino más bien dar pie a la atmósfera intimista del club de jazz. Pero, aunque salirse del camino siempre es osado y enriquecedor, su propuesta en principio atractiva no hace saltar la chispa. Esta nueva amalgama de matices expresivos y acompañamientos instrumentales de primera, no sirve de mucho cuando se asisten con letras que poco dicen. Con sus altibajos, Confluencias devuelve a la artista a la escena musical cubana, al tiempo que representa otro paso en una trayectoria que vale tomar en cuenta.

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