Fotos: Cortesía del autor

Por Santiago una pasión

en AM

Cuando José Nicolás zarpó a otras tierras y murió luego en España, en Santiago de Cuba quedaron trovadores que sostuvieron una escena atendible, pero más atrás se fueron otros y hoy apenas sobreviven algunos que decidieron quedarse o  jóvenes con un camino largo y tortuoso. Casi ningún trovador graba en el Estudio Siboney de la Egrem y la decena de estudios locales les sale empecinadamente caros, y según los bisoños, no hay espacio más allá de los plantados en los predios de la AHS,  La Trovita y una pequeña sala de La Casa de la Trova Pepe Sánchez, no existen aún bares alternativos al estilo del Efe Bar en el Vedado o La Botija en Trinidad, a lo que se suma la tendencia sostenida de escape, en busca de trabajo, y opciones de promoción.

En ese camino, la tierra de Sindo Garay y Pepe Sánchez vive entre un notable éxodo de trovadores y la coexistencia de la Steel Band del Cobre, El Septeto Santiaguero, la Conga de los Hoyos, el Orfeón Santiago y trovadores como Alejandro Almenares, Felipón, Rubén Lester y José Aquiles. Todos marcados por el tránsito, inevitable, de lo analógico a lo digital.

En el territorio donde se acuñara el nacimiento de la trova tradicional, el bolero y se asume la cristalización del son, lo añoso ve ante sí una entronización de géneros que le arrinconan, y sonidos como el reguetón o el trap, que se instalaron en la multitud, discuten su legitimidad a cualquier precio.

Sin embargo agrupaciones como El Septeto Santiaguero encuentran maneras de hacer imprescindibles sus propuestas. Al ser cuestionado sobre el tema, Alden González, manager y productor de El Septeto, sostiene una tesis rotunda: “siento que en Santiago estamos esperando mucho por la acción del otro, y lo que hemos hecho (El Septeto Santiaguero) es precisamente no esperar por nadie”. Las estrategias de management y el uso de internet como herramienta colocan a El Septeto en una zona de privilegio. Soneros de altura como Los Guanches, El Septeto Turquino y Ecos del Tivolí, no han sabido incorporar esos recursos, y por ello no han logrado sus featuring, tener fonogramas entre los más vendidos en la isla, nominaciones y premios Grammy o productores e ingenieros de sonido de factura intachable, reconocidos en la arena internacional.

Como en otros tantos campos, la música de Santiago de Cuba tiene una relación amor/odio con La Habana. Muchos de los trovadores más conocidos hoy, desde contemporáneos como Eduardo Sosa y William Vivanco hasta leyendas como Eliades Ochoa, se movieron y viven en la capital cubana.

Detrás… la calle Heredia, con sus rastas a flor de acera, los tipos que con una guitarra común te silban melodías insuperables. Detrás… este Santiago que como como diría el trovador Jorge Noel Batista es un sitio “de ron e historia, con virgen al costado”. Detrás, o quizás al frente, una autenticidad rotunda encontró aquí Esteban Salas; que dejó en el alma de la región don Pacho Alonso.

Súbeme la radio

Hace solo una semana encontré una señora que escuchaba a Cándido Fabré, en un walkman amplificado con un tocadiscos soviético, con una ecualización terrible y fuera de revoluciones. Un sonido surrealista. Aún así la mujer insistía, y es que Cándido Fabré es punto y aparte en el oriente cubano: sus improvisaciones traspasan cualquier limitación técnica y las presentaciones son tumultuosas; la radio a veces ni coloca sus temas, pero da igual.

Hay divorcio en Cuba entre los medios y el consumo, y Santiago de Cuba es solo un ejemplo más. La suma de un  telecentro, once emisoras radiales, festivales como el de trova Pepe Sánchez, el de Coros, el Festival del Son, los carnavales y el Festival del Caribe no da como resultado el consumo nacional que se quisiera. Los puestos de distribución de El Paquete son hoy más impactantes que cualquiera de nuestras emisoras oficiales. Preguntamos en ocho de estos puestos de la ciudad y todos sostienen que el reguetón, el trap y la balada romántica son los géneros musicales más solicitados en esos lugares.

El propio Cándido Fabré se queja del trato en presentaciones públicas.  El cantante y compositor santiaguero radicado en Manzanillo dice “que la juventud de este tiempo no le dé seguimiento a la cubanía no es culpa de los jóvenes, es culpa de los medios; (…) en los carnavales y en las áreas de la juventud no ponen orquestas, ponen discotecas con todas las luces, pantallas; como todo lo que ven en cualquier parte del mundo pero no lo de Cuba”.

El autor de Mi sombrero de Yarey y La guagua también lamenta un trato minimizador al hablar de las agrupaciones del Oriente cubano: “A veces dicen que vienen grupos nacionales. ¿Y los de aquí no son nacionales? Pero si somos nacionales de Cuba…”

La cosita

Al parecer el reguetón llegó a la capital cubana a través de los bicitaxis. Joaquín Borges Triana afirma que de allí pasó a las fiestas de adolescentes y finalmente sentó plaza en la mayor urbe cubana, pero llegó desde Santiago de Cuba. Fue aquí donde Rubén Cuesta Palomo, Candyman, a principios de los 90’s se convirtió en pionero del que Raquel Z. Rivera considera uno de los géneros más impactantes de este tiempo. El reguetón logró el crossover que algunos imaginaron imposible.

Indudablemente, el sonido urbano, sobre todo el reguetón, ocupa mucho espacio en cuanto se habla o escucha; la paradoja se asoma en el consumo desnivelado de esta música pegadiza y relativamente fácil de producir. Según creadores locales lo hecho en Santiago de Cuba es menos consumido que lo que llega desde la capital. Tan simple como que El Micha o el inefable Chocolate le arrebatan el público a locales como El Fisicaldo, quien por cierto, también se marchó a la capital cubana.

Rafael Alberto Hernández Parada (Rafi) desde El Manicomio Récord, reafirma que los de Oriente prefieren el reguetón cultivado en la capital. Rafi advierte que el asunto está (aquí también) en la falta de promoción desde los medios locales y la escasez de espacio para los reguetoneros de esta parte de la isla.

Un mundo de cosas

Santiago de Cuba, a pesar de todo, conserva una visible pluralidad en su consumo musical. Eduardo Rosillo en los 50’s le ganó rating a emisoras capitalinas luego de comprobar que las rancheras eran una necesidad de este público; y aún hoy se sostienen, incluso en la radio provincial (CMKC) programas con ese sonido. Por muchos años en varias zonas de la provincia fue importante la entrada de estaciones radiales jamaicanas como la JBC Radio 1. Ello conformó un público extremo, desde el reggae a la ranchera, pasando por el rap y una serie de tendencias y agrupaciones que no han resistido el paso del tiempo. Un doloroso ejemplo es el de X Planet, la unión de la cantante y compositora inglesa Holly Holden con el rapero Alain García, que ha colaborado con artistas como el grupo TNT, el poeta Demián Ravilero y el trovador Rubén Lester, un proyecto malogrado que podría haber estremecido muchas almas de toda la isla.

En cualquier calle, en cualquier plaza santiaguera, sobre todo del Santiago de Cuba más profundo, se observa a personas con altoparlantes donde no solo se coloca reguetón, sino también rancheras corridos y narcocorridos. El fenómeno es muy visible en Segundo Frente y Songo La Maya, mientras en territorios como Guamá hay un consumo casi general de vallenatos, género que irrumpe en la zona costera suroriental por la entrada de estaciones de radio colombianas.

Una situación singular la viven las orquestas de música popular bailable locales. Pocos como Karachi logran facturar lo que hace falta para mantener dignamente sus propuestas. Los atrasos en pagos y la falta de espacio han dejado mal parados a muchas orquestas. A ello se suma la casi nula producción discográfica y la distancia con los programas fundamentales de promoción, todos de la capital. También en lo que a consumo de música popular bailable se refiere,  “el Oriente cubano” difiere en buena medida de la capital. Si es cierto que en el entorno urbano se prefiere lo capitalino, en otros espacios un ensamble como Angelito y su banda puede competir en buena medida con figuras asentadas como Paulo FG.

En medio de este batallar irrumpen agrupaciones que orbitan en músicas más alternativas como Okan Jazz, muchachos graduados de escuelas santiagueras que han sido premiados en certámenes como el Jojazz y giran por municipios y se presentan en lugares importantes de la ciudad de Santiago de Cuba. Por fortuna, al fin el jazz tiene un lugar como el Iris Jazz Club y la ciudad se ha vuelto subsede del Festival Internacional Jazz Plaza. Por su parte, la Asociación Hermanos Saíz promueve espacios y proyectos de trova, música electrónica, reggae y otras vertientes como las que cultivan DNova, Cuban Lion o Adriana Assef.

A pesar de la pujanza del sonido urbano, Santiago de Cuba sigue caracterizándose por una música diversa, profunda, experimental y experimentada. Uno baja en la tarde por la calle Enramadas y desde los balcones le lloverán algunos de los sonidos más insospechados. Si atraviesa la ciudad y llega hasta la Calle Heredia tendrá, obligatoriamente, que sentir los sones quizá mejor tocados del planeta. En la Casa de la Trova viven esos secretos del país, esas guitarras únicas que tañeron Sindo, Matamoros y Villalón. Es este un lugar que parece haber sido escrito por algún músico, con sus rastas y sus violinistas, con sus balcones, su conga y el mar acariciando la costa. Santiago de Cuba continúa siendo esa pasión que colinda con el desatino.

P.S.: Antes de dar por cerrado este trabajo, llamo a José Aquiles (trovador fundamental), que desde su estudio, El Sótano de Amanda, me confiesa: “Yo grabo todo lo que llegue a aquí: fusión, música folklórica, balada, trova, rock and roll. Todo menos reguetón. Trata de escuchar a Luca Brandoli”, me dice. “Es música afrocubana fusionada con tremendas armonías”. Escucho detrás el ruido de sierras, martillos, de gente que habla. Se mejora ese estudio donde se ha grabado desde lo primero de Vivanco a José Nicolás o Rubén Lester. Sigue la música.

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