Ilustración: Mayo Bous / Magazine AM:PM.

Para guarachear con el reparto

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Hace unos días, en medio de un encuentro entre amigos, alguien lanzaba una pregunta al aire: “¿Se han puesto a pensar sobre qué tema conversaríamos si no existiera el reguetón?”, comentario que pasó sin penas ni glorias. Curiosamente las próximas dos horas las pasamos hablando sobre la versión repartera de El necio de Silvio Rodríguez hecha por Chocolate, comentando sobre cómo en la escuela primaria donde estudia mi hermana ponen a todo volumen Palito presidiario en el horario de almuerzo, y analizando algunos de los videos repas de El Paquete que nos resultan “simpáticos”.

Sin importar edad, nivel cultural o posición social, polemizar sobre el tema se ha vuelto una práctica común entre vecinos, amigos y hasta desconocidos. A favor o en contra, lo cierto es que todo el mundo tiene una opinión sobre el reguetón repartero, y es natural. Las músicas o expresiones musicales enmarcadas en la escena urbana siempre se han caracterizado por ser un tema controversial, tanto entre el público que las consume, como entre los propios exponentes que la defienden. Y en Cuba no han sido la excepción.

Del rap al reguetón, los géneros de la música urbana han sido motivo de desconcierto para muchos. La capacidad de mutar de estas expresiones y el empleo y desarrollo de las plataformas digitales como sus principales vías de promoción y difusión han revolucionado la realidad sonora actual, con una repercusión en la práctica del resto de las músicas populares.

Entre las expresiones urbanas presentes hoy en nuestro país, hay una que ya forma parte de la banda sonora de la nación, a pesar de los intentos por desconocerla por parte de muchas instituciones culturales. ¿Quién no ha tenido la suerte (o desgracia, según sea el gusto) de escuchar en un almendrón los temas Palón divino I y II, del archiconocido Chocolate MC, o ser recibido al llegar a una cafetería o a cualquier fiesta de vecino por Palito Presidiario o Pa’ que guarachee Santa Claus, de K-N-M (Kokito, Negrito, Manu Manu). Preferencias aparte, el reguetón repartero, raggamorfa o reparterismo, como quieran llamarlo, es uno de los estilos locales de la música urbana más consumidos, y marca hoy una tendencia dentro de la sociedad cubana.

llustración: Mayo Bous / Magazine AM:PM.
llustración: Mayo Bous / Magazine AM:PM.

Para muchos, resulta difícil entender cómo en tan poco tiempo este tipo de música ha logrado posicionarse de una manera tan sólida en la preferencia del público cubano (mayormente el público joven). Ya sea por la agresividad de sus textos, la vulgaridad de sus letras, lo básico de su composición musical o la estética marginal que defienden en mayor medida sus principales exponentes, lo cierto es que una parte importante del público cubano (incluidos los músicos o artistas que defienden otro tipo de creación sonora) ha desarrollado una especie de fobia o repulsión al reguetón repartero. Aun así, y a pesar de las críticas constantes por parte de las instituciones decisoras de política cultural, de destacados músicos cubanos y hasta de un gran porciento de la población de la isla, la producción de este tipo de música va cada vez en ascenso y con ella, su popularidad y consumo; por lo que resulta sumamente importante al menos intentar comprender el porqué de su aceptación.

Reflexionemos:

¿Cómo es que un tipo de música con tantos detractores logra mantenerse en la preferencia del público? ¿Existen nexos con nuestra música popular/tradicional? ¿Es simplemente música banal, básica, facilista o quizás responde a todo un entramado social complejo que justifica su consumo y sustenta su creación? ¿Acaso tiene algo que aportar al resto de la creación musical cubana?

Es hora de abrirnos a nuevas posibilidades sonoras y permitirnos dialogar con estas formas de expresión popular.

Una manera de acercarnos sin prejuicios a la dinámica de esta propuesta es apoyarnos en el criterio de Danilo Orozco, para quien la creación, el desarrollo y sedimentación de un género cualquiera tiene que ver con dos aspectos: 1) las características de la realidad social, y 2) las necesidades que tiene un grupo de personas de expresar a través de la música su realidad más inmediata.

Debido a que es un estilo netamente popular, gestado y desarrollado a partir del conocimiento empírico de sus creadores, resulta muy difícil establecer denominaciones que nos expliquen el fenómeno de una manera más “académica”. Aun así, es posible advertir la existencia de una estructura base para toda la producción de reggaetón repartero, donde puede variar el orden de las partes, pero nunca las partes per se.

Otro aspecto que resulta atractivo es la capacidad que tiene el reparterismo para la asimilación de rasgos distintivos de otros géneros, a la vez que otras expresiones de la música popular cubana asumen elementos propios del reggaetón repartero para sí.

En este escenario de fronteras abiertas, con umbrales móviles, como diría el ya mencionado Orozco, es cada vez más común encontrar un coro repa dentro de un tema de música popular (Bajanda, El guachineo, Yo soñé, etc.). Así mismo, encontramos producciones del reggaetón repartero en las que ya asoman tumbaos cubanos, al mismo tiempo que se vislumbran diseños melódicos a cargo de los metales, recordando los mambos de géneros como la timba.

Desde el 2010 comienza a gestarse una nueva forma de hacer dentro del reguetón que desentona un poco de los modelos consolidados hasta el momento con temas como El Campismo (aka Parapapampa), de Chocolate. Sin embargo, no es hasta la aparición más reciente de El Palón divino I, del propio Chocolate, que podemos hablar del reparterismo propiamente dicho dentro de la música cubana. Es con esta canción que quedan establecidos a nivel sonoro, textual y estético los rasgos estilísticos de esta expresión.

A este le siguieron temas tan populares como Palón divino II, del mismo Chocolate, (quien se ha establecido como principal exponente del reguetón repartero) o Palito presidiario de K-N-M, entre muchos otros.

En ellos, más allá de las pegajosas e interesantes relaciones rítmicas que se establecen entre elementos como el bombo, el bajo y el hi hat (este último sustituido casi siempre por palmadas), lo que indiscutiblemente llama la atención es la sexualidad explícita de sus textos, para muchos el rasgo más distintivo de este tipo genérico y a su vez, el principal generador de rechazo.

Hasta cierto punto es comprensible que semejantes textos opaquen cualquier otro juicio de valor. La reiterada vulgaridad en las letras de un gran número de las obras producidas generalizó la idea de que para que una canción sea auténticamente repartera, tiene que ser obscena. Esto propicia en buena parte de los oyentes predisposición y rechazo, privandonos de poder ver la otra cara de la moneda, negando la posibilidad de que existan otros elementos que caractericen este tipo de creación y establezcan nexos con la música popular cubana. Además, le damos la espalda a una parte de la creación repartera que, si bien emplea un lenguaje callejero, común, popular, no contiene contenido agresivo ni ofensivo.

Al remitirnos a temas como Pa que guarachee Santa Claus u Ojalá pudiera, de Kokito-Negrito-Manu Manu, podemos apreciar la existencia de un tipo de texto que, si bien no es de los más poéticos, tampoco atenta precisamente contra los valores morales de la sociedad cubana.

Aquí el elemento rítmico es el principal rasgo de identidad. La clave de guaguancó hecha por las palmadas en contraposición con el bombo, que en ocasiones acentúa cada tiempo del compás, es muy sabrosa mientras que en otras remiten al oyente a la polirritmia ejecutada por el catá en un conjunto de rumba, dejando al descubierto nexos innegables entre el reguetón repartero y la más genuina música popular cubana. Ahí se esconden algunas de las causas del magnetismo que ejerce este tipo de música en el público.

Otro elemento de atracción es el diseño melódico. Moviéndose sobre entornos armónicos totalmente predecibles y familiares para el oyente, las melodías de las canciones repas están diseñadas a partir de movimiento conjunto, reiteraciones de notas e intervalos de terceras y quintas en mayor medida, haciendo muy fácil su memorización e identificación.

Y ya que le vamos cogiendo el golpe, bajo esta mirada, pongamos también al lenguaje. Apartando las vulgaridades, el reguetón repartero emplea un vocabulario que resulta cercano al oyente promedio de este tipo de música. El uso de dicharachos propios del cubano común, la chabacanería típica del barrio, las temáticas cotidianas, abordadas desde el total desenfado y desde la falta de filtro, deviene atractivo para los jóvenes quienes asumen estas características como sinónimo de rebeldía.

Con todos sus derroteros y a pesar de todas sus contradicciones, el reguetón repartero se consolida como uno de los estilos urbanos más populares en el país, con numerosos y crecientes vasos comunicantes con el resto de la música popular cubana. Asumirlo como parte de nuestras expresiones populares puede ser una tarea difícil de asimilar para muchos, pero darle la espalda sería una locura.

Características estético-musicales

  • Empleo de lenguaje simple, común, callejero (en ocasiones vulgar)
  • Empleo de efectos de edición como el Autotune para distorsionar los timbres vocales.

  • Concebidos en compás de 4×4 (relación directa con los géneros de la música popular bailable cubana).

  • Poseen una correlación rítmica característica establecida a partir de la del desplazamiento de los acentos propios de la clave de guaguancó, superpuestos con el tiempo fuerte marcando por el bombo. En ocasiones con el propio bombo o con el bajo se marcan las dos corcheas que ocupan los tiempos 2 y 4 del compás.
  • Empleo de progresiones armónicas básicas, trabajando generalmente sobre los acordes de Tónica-Subdominante-Dominante.

  • Estructura: Créditos Hablados – Estrofa Cantada – Estribillo – Contra Coro – Estrofa Rapeada – Puente – Estribillo – Contra Coro – Créditos Cantado.

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