Foto: Portada del Díptico

Omara, siempre viva

en AM

Pareciera que la música, y la voluntad de mantenerse sobre el escenario o grabando, es el alimento, la columna vital de Omara Portuondo, esa diva criolla que el 29 de octubre cumplió 88 años. Casi seis décadas después de su primer fonograma en solitario, el LP Magia Negra (1959), ha publicado un álbum en el que se pasea con insolencia por varios géneros y hace gala de su fuerza comunicativa y sensualidad, al interpretar un repertorio en su mayoría nuevo para ella.

Omara siempre (Egrem, 2018) fue reconocido con un Premio Especial en el reciente Cubadisco-Primera Línea. Nominado en la categoría Mejor Álbum Tropical Tradicional, está entre las bazas principales de Cuba para ganar los Latin Grammy que se entregan el próximo 15 de noviembre.

El CD está muy bien balanceado, de manera que se disfruta este recorrido por la música cubana, sin tedio, aunque insertar hacia el final el tema Oye virgencita suena más a un coqueteo con esos tópicos de lo que debe ser “lo cubano”, que a una conclusión lógica para el fonograma. El periplo incluye la rumba, la canción de inspiración en el filin, el son oriental, el bolero, orquestaciones herederas de las jazz band…

Tiene un arranque poderoso con ese homenaje imbatible a La Habana que es Sábanas blancas. Si creímos que habíamos escuchado lo suficiente la canción de Gerardo Alfonso, nos equivocamos.

Foto: Portada del disco Omara Siempre
Foto: Portada del disco Omara Siempre

Esta versión abre con un brevísimo preludio de piano, y luego se cierne sobre la ciudad la rumba y la voz, que al principio es un lamento tierno por la capital y su gente, hasta que Omara se expande gozosa hacia la salsa, impulsada por los metales.

Alain Pérez es el productor musical del disco, arreglista contaminado y promiscuo que hace coexistir armónicamente varias sonoridades y marca a fuego este trabajo de Portuondo, distinguiéndolo de otros fonogramas recientes. En el par de temas que no intervino como arreglista, se extraña la imaginación y vocación experimental de quien además canta junto a Omara el  bello bolero Amarte no me cuesta nada (Gradelio y Alain Pérez).

Otras canciones muy diferentes entre sí como Tristeza (Beatriz Márquez) y Otra realidad (Diana Fuentes) –irreconocible por la mano, otra vez, de Alain Pérez– muestran a una Omara dúctil, y sensible a un amplio diapasón de emociones que matizan su interpretación.

En total son 11 pistas, incluyendo como bonus track un dueto con la mexicana Lila Downs –con la participación de Orlando Vistel (piano), Ethiel Failde (flauta) y Rodrigo Sosa (quena)-, en el que vuelven sobre Yo vengo a ofrecer mi corazón (Fito Páez) y que se sale un tanto del concepto general del disco, pero siempre se agradece escuchar a estas dos grandes voces latinoamericanas.

Acertadamente, se incluye un DVD con un audiovisual dirigido por Joseph Ros en el que se documenta el proceso de grabación. Allí se revelan los hilos íntimos que unen a la Diva del Buenavista Social Club con las canciones e intérpretes seleccionados para acompañarla, entre quienes están Los Van Van, en Y tal vez (Juan Formell); el Septeto Santiaguero, en La rosa oriental (Ramón Espigul); Issac Delgado en Para el año que viene (Héctor Quintero); Yulaysi Miranda despuntando en Son al son (César Portillo de la Luz) y Aymée Nuviola en un Popurrit que transita por varios clásicos de la música tradicional cubana.

Otra buena decisión de los productores del fonograma es procurar la confluencia de generaciones, estilos y ritmos diversos, unidos por una voz de proverbial espontaneidad. Es un disco pensado para el lucimiento de la diva, como reina sobreviviente de una ciudad bohemia y musical que ya no es la misma que la de aquellos maravillosos años 50 y 60.

Foto: Contraportada de Omara Siempre
Foto: Contraportada de Omara Siempre

Todo ese territorio sonoro dibujado en el disco precisó de instrumentistas capaces de moverse en varios géneros y estilos, y muchos, dado el dilatado proceso de grabación. Allí están los músicos recurrentes en las aventuras de Omara Portuondo: el pianista Rolando Luna, Gastón Joya empuñando el contrabajo, Rodney Barreto detrás del drums y Andrés Coayo en la percusión. También colaboraron Ivanovi Garzón, Eduardo Sandoval y Yoandi Argudin (trombones); Thommy Lowry, Alejandro N. Fernández y Reynaldo Melián en las trompetas; Jamil Schery (saxofón); en la percusión Eduardo Silveira, Adel González y Jorge Coayo; y en los coros intervinieron William Borrego y René Suárez.

El diseño gráfico del CD promueve la idea de la figura de Omara como una presencia constante en La Habana, semejante a ciertas marcas definitivas en los muros. Ciertamente, uno llega a preguntarse cómo la Portuondo se las ha arreglado para reaparecer de tanto en tanto, y con vitalidad, en el panorama musical cubano.

A la edad en la que uno se imagina, con suerte, acariciando un biznieto o un gato, Omara Portuondo está ofreciendo conciertos en Cuba y por el mundo, grabando discos furiosamente como una muchachita que aún debe ganarlo todo. Quizás ese sea el secreto de alcanzar alguna permanencia, y ella ríe cuando canta porque siempre lo supo.

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