Ilustración: Mayo Bous / Magazine AM:PM.

Los reyes de la vitrola

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Fueron la banda sonora de las más grandes ciudades y los más apartados parajes de la América hispana. Sus voces —que parecían curtidas, en su mayoría, por la nicotina y el alcohol— matizaron los amores y  desamores que disfrutaba o padecía el imaginario masculino de Latinoamérica, en una fusión un tanto desatinada del macho agresivo, repleto de hombría, con el cornudo llorón y lastimero.

Sus tonos diversos, las orquestaciones en las que la clave cubana de los cuatro compases se impone al aliento dulzón de la canción, el fraseo exacto y una suerte de cursilería viril, comparable solo con la de la ranchera mexicana o la del tango argentino más pampero, hicieron del bolero un aliado infalible de borrachines, truhanes, obreros, proxenetas, labriegos, estibadores, empleados de cuello y corbata, jueces y delincuentes, burgueses infieles escondidos en los armarios de la familia perfecta, médicos y funerarios… en fin, de una amalgama compactada por la mecánica armonía de la vitrola, el primer robot que se introdujo en nuestro devenir cotidiano, programable, además, por el consumidor. Un robot que se afilió a la estética kitsch en los 30 y 40 del pasado siglo, con luces chillonas de neón y fondos dorados o plateados adornando su voluminoso y pesado corpachón.

Cuba gozó  la magia de reyes de la vitrola locales y asumió, incluso, a algunos foráneos.

Tal vez el primero de todos fuera Panchito Riset, con su agudo agresivo, una especie de grito que declaraba angustiado que En un beso… la vida. O recordaba, suplicante, que “…el cuartito está igualito, como cuando te fuiste”. Después vendrían muchos, acompañados todos por composiciones que a menudo se saltaban todos los límites, como aquella que primero dice “…eres perfecta, pero no maldita/ eres coqueta, pero no altanera”, para concluir en una declaración rotunda y desprovista, además, del más elemental intento poético: ¡qué buena estás/ para comerte a besos!

Con esos temas se asentó Riset en Nueva York a principios de la década del 30 para permanecer allí hasta su muerte en 1988.

Riset sedujo al auditorio latino de la gran urbe, cantó con las más importantes orquestas de la bohemia neoyorquina e, incluso, fundó la suya. En La Habana hizo una sola incursión, muy breve, en 1934. Todavía no era tan famoso, pero a partir de los años 40 comenzaron a difundirlo en las vitrolas de toda Cuba, de un extremo a otro. Y sentó cátedra. Tanto que aquí le surgió un imitador, Domingo Lugo.

Sin embargo Panchito Riset fue atrapado en Nueva York por una diabetes que le impidió presentarse en otras plazas. Allí se mantuvo entre los interminables rascacielos durante más de 50 años haciendo, sobre todo, grabaciones de acetatos sencillos para satisfacer la demanda de las vitrolas que devoraban sus números en todo el continente.

Después de él se entronizaron en el ambiente vitrolero cubano Orlando Contreras y Orlando Vallejo, Ñico Membiela, Fernando Álvarez, Bienvenido Granda, Benny Moré, Wilfredo Mendy, Daniel Santos y algunos otros hasta llegar a los últimos reyes de la vitrola en la Isla, entre los que encontramos a José Tejedor, siempre en la compañía de Luis Oviedo, Orestes Macías, Kino Morán, Roberto Sánchez como voz solista de varias orquestas, y Lino Borges.

Ahora bien, entre el primero y los últimos, hubo un  rey que trascendió el bar y el lupanar e iluminó el bolero con una manera mucho más mesurada y propia, que evadía la crispación impuesta por Riset. Alguien que sostenía un repertorio más allá de la vitrola y que se movía con soltura en los más depurados escenarios: emisoras de radio, canales de televisión, teatros y salones de esparcimiento. Me refiero a Vicentico Valdés, el más completo —junto a Benny Moré— de nuestros ases de la vitrola.

Vicentico Valdés, al igual que Riset, había cantado en cuartetos, sextetos, septetos y formatos diversos de la música popular cubana. Es decir,  agrupaciones que amenizaban bailables y se veían obligadas a interpretar sones y guarachas, pero también boleros, para que los bailadores descansaran sin dejar de mover los pies y romancearan con sus parejas. Fue en esas agrupaciones donde ambos modelaron sus respectivos estilos, conformaron sus líneas iniciales de repertorio, saborearon en vivo la resonancia del bolero en el abrazo amoroso de los danzantes e intuyeron, como nadie, cómo tocar las fibras de ese público bailador y romántico que necesitaba de un catalizador sentimental que no fuera ni el vino, ni el ron, ni la cerveza. Ni la música en vivo, no siempre a la mano. Y lo encontró en la vitrola.

El propio Vicentico declaraba que en su carrera había tres números que él consideraba capitales: Añorado encuentro, de Piloto y Vera, Envidia, de los hermanos García Segura, y Los aretes que le faltan a la luna, de José Dolores Quiñones.

Justamente estos tres números son en gran medida representativos de lo que caracterizó el repertorio del cantante. Añorado encuentro es un ejemplo de la canción elaborada, tanto en la música como en la letra, que Valdés cultivó. Envidia es un puente entre esa canción elaborada que rubrican Piloto y Vera y Los aretes…  sin dudas la más viva expresión de la canción vitrolera.

Sucede que a Vicentico Valdés le interesaba no solo el público de la reproducción programada y acudió a compositores de otras estéticas. Basta con decir que estrenó las primeras canciones de Marta Valdés que llegaron al gran público, con lo que elevó el nivel de música y texto en su quehacer cancionístico.

Cuando la vitrola estaba llegando a su fin en Cuba, aparecieron varios boleristas con potencialidades para ser líderes de ese peculiar instrumento de difusión musical. Entre ellos, José Tejedor con Luis Oviedo y Lino Borges,los más cercanos al éxito multitudinario que habían logrado sus predecesores.

Lino Borges cambió el tono, modificó un tanto el repertorio, no empleó la nasalidad, hizo gala de una voz limpia y cristalina y llevó al bolero a un lirismo de buen gusto. Es decir, hizo un bolero de alcurnia y hechizó de un lado al otro de la Isla a una audiencia en proceso de cambio, aunque con el oído aún afinado para la vitrola. Pero la vitrola comenzó a desaparecer en Cuba mucho antes que en el resto del mundo. El nuevo proyecto social no las contemplaba entre sus prioridades y las tensiones con Estados Unidos y el resto del continente impidieron que los aparatos continuaran arribando. Tejedor y Luis, al igual que Borges, sólo disfrutaron de una corta etapa de vitrola, aunque lograron sostener su carrera.

Las vitrolas desaparecieron primero en Cuba y después en el resto del mundo. Tal vez se fueron de nuestro entorno bullanguero y cotidiano decepcionadas de bares y cantinas. Entre nosotros se perdió el mercado en un dos por tres con el triunfo de los rebeldes. En otras latitudes las causas fueron otras. Pero igual se esfumaron.

El primer robot que entró en el mundo de nuestro devenir cotidiano, la primera posibilidad —rústica, elemental— de programar un canal de difusión musical, nos dejó desvalidos con su desaparición, pero permanece en la memoria de las mediaciones que fue construyendo la modernidad, como permanecen sus ases que reinaron durante años con sus boleros llorones o triunfalistas, quejumbrosos o efusivos, exponentes todos de una sensibilidad que fuera atrapada por un grupo de boleristas que fueron —y pasaron a la historia— como los reyes de la vitrola.

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