Ilustración: Mayo Bous / Magazine AM:PM.

Los hijos de María Caracoles: una mirada a la música urbana en Cuba (1988-2018) I

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Ciertamente nadie podía anticipar ni imaginar lo que habríamos de escuchar y vivir en la música treinta años después. En el año 1988 la preocupación musical más importante de mi generación era cuál sería la nueva propuesta de Pablo Milanés y los músicos que le acompañaban, o qué nueva tendencia marcaría Oriente López junto a Afrocuba con la obra de Silvio Rodríguez.

Musicalmente, la Cuba de 1988 era mucho más que la preocupación acerca de las propuestas de la Nueva Trova. Ese año aparecía la orquesta Dan Den, que dirigía el pianista Juan Carlos Alfonso y estaba constituida en su mayoría por ex integrantes de la orquesta Revé;  José Luis Cortés y Germán Velazco daban forma al proyecto NG La Banda. En el otro lado de las propuestas musicales José María Vitier y su grupo ofrecían una serie de conciertos en el Teatro Mella que mostraban una faceta de la cubanía que muchos no lograron descifrar en aquel momento; y francamente nunca entenderían la estética de aquella música que estaba a medio camino entre la alta cultura y lo popular.

Había, además, otros actores musicales importantes como era el caso de Santiago Feliú, Donato Poveda y el naciente Carlos Varela, quién  cuestionaba los patrones sociales de ese momento con menos lirismo y audacia intelectual que el “Santy”. Fue 1988 el año en que publicaciones como Sputnik, Tiempos Nuevos y la Revista URSS llenaban sus páginas de artículos donde la perestroika era la razón de ser de “nuestro hermano mayor”. Mientras ,en los medios cubanos, la edición dominical de Juventud Rebelde revivía lo mejor del periodismo cultural cubano que se había entronizado en los tiempos de Lunes de Revolución y los nombres de Leonardo Padura, Emilio Suri Quesada y Ángel Tomás González definían el nuevo periodismo cubano.

Es el año del cisma en la férrea disciplina del Ballet Nacional de Cuba. Caridad Martínez decide independizarse y hacer una compañía danzaria más cercana a las corrientes contemporáneas; Jorge Esquivel abandona su papel de primer bailarín y con él se marchan algunos de los talentos más significativos de la compañía. Eran herejes dignos de una hoguera que, para completar su culpa, decidieron apostar por el trabajo de bailarines callejeros; pero de ello hablaremos más adelante.

Eran también un suceso citadino importante los conciertos que, al menos una vez al mes, el grupo Moncada ofrecía en la escalinata de la Universidad de La Habana. En un franco e inesperado giro musical, dejaban de hacer música de quena, charango y ponchos para arropar el pop con la voz y el carisma del cantante Augusto Enriquez, un graduado de medicina que imponía nuevos movimientos sistólicos en la cintura de los seguidores de aquella agrupación.

Por su parte la radio se atrevía a emitir el Programa de Ramón, y el dúo de escritores conformado por Chely Lima y Alberto Serret cuestionaba la sociedad cubana con la serie Hoy es siempre todavía; mientras, el dramaturgo Alberto Pedro ponía el dedo en la llaga social con la obra Tema para Verónica, que anunciaba la existencia de un fenómeno naciente que respondía al nombre de prostitución.

Igualmente, después de haber insistido tanto,  la TV comenzó a emitir un programa llamado Colorama, que producía Marta Pita y que nos acercaba a las tendencias musicales en boga en otras partes del mundo; superando el estigma del “diversionismo ideológico” que definió al “realismo socialista” y que en Cuba tuvo sus matices.

Por aquel programa se supo en Cuba por vez primera de un fenómeno llamado rap, o hip hop,  del break dance y sus cultores más conocidos en ese momento. Colorama llegó a ser uno de los espacios de mayor audiencia de la parrilla de la programación televisiva y en una de sus emisiones apareció un personaje llamado “El General” con un pegajoso estribillo que rezaba “…mami, mami, dame pum pum…”; lo que abrió las puertas a eso que llamamos cotorreo y no era más que un eufemismo para referirnos al naciente rap en lengua hispana.

El intérprete en cuestión era negro y panameño; y de su trabajo solo llegamos a conocer ese tema. Sin embargo; para ese entonces algunos jóvenes –negros en su mayoría—comenzaban a asumir el rap como una forma de expresión muy particular y para expresarlo decidieron formar parte del break dance, lo que llamó la atención de aquellos afamados bailarines cubanos que hicieron mancuerna con sus homólogos callejeros y comenzaron a darle una formación cercana a la academia en valores estéticos. De aquella pléyade de grupos callejeros sobresaldría el grupo llamado Cuerpo Roto.

Paralelamente, algunos músicos de amplia y sólida formación académica se acercarían a este fenómeno  musical para formar parte de ese movimiento musical de carácter urbano; que ya era parte del paisaje cultural de muchas ciudades del mundo, en lo fundamental de los Estados Unidos y parte importante del mediterráneo caribeño; destacando el guitarrista y compositor Edesio Alejandro, quien funda ese mismo año su proyecto Banda de máquina, en el que incorpora y funde, además de las prestaciones que ofrecían los sintetizadores y la naciente tecnología MIDI en materia creativa y sonora, los elementos del hip hop, el rock, el pop y la música cubana.

Era 1988 y las preocupaciones musicales del cubano medio estaban subordinadas a las propuestas de aquel momento y esas propuestas dependían de lo que la radio y la TV definieran. Y mientras el mundo discográfico se adentraba en el CD como forma de escucha y difusión de la música, los cubanos popularizábamos el walk-man y pedíamos a gritos que nuestra fábrica de discos de acetato, o LP, satisficiera nuestras necesidades.

En 1988, además, el cantante puertorriqueño Lalo Rodríguez nos llamaba a pedir perdón; mientras que el ítalo venezolano Yordano Di Marzo nos hablaba del encanto de una noche de locura.

El término de música urbana aún no era del dominio público y cada cubano cargaba en sus bolsillos junto al carnet de identidad un cassette con la música que prefería. Éramos una nación donde la diversidad  musical proliferaba.

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