William Vivanco en Fábrica de Arte Cubano. Foto: Larisa López.

El Trece con Magia de William Vivanco

en AM

Cuando William Vivanco vivía en Santiago de Cuba, los amigos trepábamos hasta el segundo piso de su casa para sorprendernos con esas canciones que el trovador pasaba horas escuchando, lo mismo de África, de Brasil, que de nuestro país.

Ya en la Habana, Vivanco –otra vez un piso más arriba de su recibidor– sostiene el hábito de escudriñar en los saberes musicales de siempre a la vez que se mantiene atento al sonido del tiempo que nos toca. Desde temprano descubrió que le gusta investigar y cruzar géneros, ritmos de Cuba y de otros países. Quedarse en la balada o el son puro suena demasiado aburrido para él, y es en la canción de autor donde encuentra la libertad para rearmar todo eso a su gusto. “Es mi pasión”, dice, “buscar retos, buscar ritmos, y lograr al final un producto, una canción que enseñe algo y con eso aportar a mi tiempo”.

Resultado de estas costumbres, y apoyado en sus recursos habituales –originalidad en los textos y la música, unidas a una muy personal voz y manera de tocar la guitarra– llega el disco Trece con Magia, producción suya que está cerca de encontrar el punto final, después de varios intentos y tras cerca de dos años de trabajo en la grabación de los temas.

Antes Vivanco hacía canciones melancólicas, pero ha llegado a la conclusión de que el ser humano necesita ser más feliz, que cada vez haya menos guerra, que terminen los conflictos. “No me gusta eso de ‘Voy a cortarme las venas’, explica, “vinimos al placer y a ser felices”. Para él su trabajo consiste en sacarle la magia a los asuntos, encontrarle el costado menos triste o negativo. Eso no significa que equipare alegría con simplicidad. “La poesía dentro de esa felicidad y esos ritmos es importante”, dice, “es un legado que dejas, de modo que también me gusta que la gente escuche la música y al tiempo descubra cosas nuevas”.

Es este un álbum con una diversidad casi esquizofrénica, en donde conviven sin complejos kizomba, danzón, charlestón, mozambique, merengue haitiano, changüí mezclado con vals y montuno antiguo y todavía queda espacio para el lamento congo.

Para dar forma a semejante cuerno de la abundancia William contó con la colaboración de artistas como José Luis Cortés, quien había aparecido por varios conciertos suyos y le había declarado su gusto por su música; Samuel Formell, David Suini; el guitarrista Jesusín; Israel Rojas, que le acompaña en el tema Charleston 21 y donde se sueltan a hablar del relajo que es este mundo; y David Torrens, con quien salda una vieja deuda que tenían tras haber grabado años antes unas pistas que finalmente perdieron.

Aunque finalmente se decidió por ser su propio productor, a Vivanco le hubiera encantado tener en ese rol a Eduardo Cabra “Visitante”, con quien tiene una particular empatía y quien ha expresado en varias ocasiones la admiración que siente por el artista santiaguero. “Te digo que si lo acogiéramos mejor aquí en la isla, en este lugar donde hay tanto talento, él podría hacer mucho”, me dice. “En lo personal tenemos cosas en común; ese concepto de patria y raíces que él colocó en Calle 13 es más o menos lo que pienso yo”.

De hecho, estuvieron maquetando algunos temas de Trece con magia; comenzaron a trabajar en Changüí en París, y en poco tiempo se dieron cuenta de las cosas interesantes que podían hacer, pero finalmente el proyecto quedó trunco, aunque no pierde la esperanza de que puedan reencontrarse y entrar al estudio. Tienen mucha música que hacer juntos, dice.

Mientras hablamos de todo esto me lee un mensaje de texto que llegó a su teléfono:

Me parece tremendo, creo que está muy bien el concepto sonoro, ese es el camino correcto, a mí me encanta”.

Me lo acaba de enviar Israel Rojas; me habla del tema que grabamos juntos, y eso que él dice me pasa a mí me también. Me está encantando.”

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