Ilustración: Román Alsina / Magazine AM:PM.

El Evangelio según San Choco

por
PM

“Yo soy esquizofrénicamente fanático a Elvis (…) A mí no me da la gana de que su nombre pase por alto”.
Yosvani Arismin Sierra Hernández (Chocolate MC)

Versículo I

Todas las noches, mientras sus ídolos cantaban, Yosvani debió experimentar una sensación muy distinta a la de la multitud que se amontonaba frente a la tarima. Las mujeres meneaban las caderas y los varones sacudían los hombros con movimientos bruscos, hacia adelante y hacia atrás, rápidos, como estipulaban los famosos tranques tan de moda. Quizás, a un costado del escenario, Yosvani moviera disimuladamente sus pies al ritmo de las canciones. Nada más. Su éxtasis no era el del cuerpo desinhibido y salvaje que sigue como hechizado por el sonido de los bajos, sino más calmado, meditativo, una epifanía reproducida mil veces en su cabeza que le revelaba: “algún día estarás ahí, cantando”.

Cuando el reguetón comenzó a incorporar las pailas, Yosvani sintió el peso real de su trabajo de utilero. Antes y después de los conciertos transportaba instrumentos, micrófonos, cables, bocinas. A veces, cuando no quedaba más remedio, se paraba en la puerta del recinto y controlaba la entrada del público. Su cuerpo flacucho de adolescente no debió inspirar mucho respeto como gorila de discoteca, la verdad, pero Yosvani conocía bien su entorno arrabalero y marginal; sabía hablar como guapo, posar como guapo aunque fuese, en el fondo, un muchacho alegre, casi infantil.

Por aquel 2007 algunos de sus compañeros despuntaron como estrellas de la música urbana, del underground sin cabida en los medios de difusión que, pese a todo, tenía al país bailando sus compases. Unos amigos llevaron a otros y Yosvani terminó frecuentando las descargas privadas de El Micha, Adonis MC, Pipey, Samil, el Jhona, Dj Jerry y Elvis Manuel. De todos, según Yosvani, Elvis era el mejor.

Elvis Manuel Martínez Nodarse fue lo que podría llamarse “un prodigio” de la música urbana. Con apenas 17 años tenía a Cuba entera bailando a sus pies y coreando sus letras. Le bastaron unos meses para que La Mulata, Espérala, La Tuba, El Ditú, Dale mambo y otras tantas canciones se “pegaran” en las calles. Cualquier pequeño motivo de festividad se movía a su ritmo.

A pesar de la fama, Elvis Manuel seguía siendo el de siempre, un muchacho pobre de Los Pinos. Aficionado a criar palomas, recibía en el palomar de su azotea lo mismo amigos que representantes. Era, por decirlo de alguna forma, su oficina. También le gustaban las lidias clandestinas de gallos, tan usuales en su zona de Arroyo Naranjo. Por lo demás, el “rey de las calles” era un tipo extraño y algo arrogante que vivía en los límites de lo sociable y lo solitario. Al menos así lo veía Yosvani, su mayor fan.

Aunque no lo reconocieran, entre Elvis Manuel y Yosvani hubo siempre un vínculo muy fuerte. Ambos eran eslabones consecutivos en una cadena de ambiciones, atados por el deseo de triunfar en su mundo. Cada uno pretendía, simplemente, dar un paso más. Elvis soñó con grabar un disco de verdad, en un estudio respetable con paredes de madera y no forradas con viejos cartones de huevos. Quiso que le reconocieran su título de “rey”, que no lo escucharan solo en las calles sino en la radio y la televisión, que lo entrevistaran, hacer videoclips para los Premios Lucas. Todo eso lo obsesionaba hasta el desespero. Un cantante no es una estrella hasta que no sale en los medios, debió pensar. La aspiración de Yosvani era otra, algo realista y mundana. Él solo quería ser Elvis.

Durante los primeros días de abril del 2008, Elvis dejó de ir a los conciertos y a las fiestas privadas de la farándula del reguetón. No había explicado el porqué, pero él siempre fue así de reservado y muy pocos se preocuparon por su ausencia. Yosvani seguía entonces sus labores de utilero, promotor, gorila o lo que hiciera falta, siempre tras bambalinas, hasta que un día, mientras disfrutaba en la celebración de una quinceañera junto al Jhona y Adonis, unos muchachos llegaron agitados.

—¡Oye, acaba de llegar Jerry del mar y Elvis no aparece!—, dijeron.

El volumen elevado de la música hizo que nadie escuchara la noticia. Nadie excepto Yosvani, quien partió corriendo hasta la casa de DJ Jerry, frecuente acompañante musical e íntimo amigo de Elvis Manuel.

A la puerta salió Jerry. Su cara y sus hombros mostraban serias quemaduras que recién comenzaban a sanar, largas manchas color carne y postillas provocadas por el sol y la sal del océano. Cuando vio a Yosvani, se echó a llorar.

—Jerry, asere… ¿y Elvis?

Jerry bajó la cabeza entre sollozos y dijo:

—Hermano… Elvis… no sabemos dónde está.

Jerry le contó los detalles sobre la desaparición de su amigo, o al menos los que pudo atrapar del desespero de un naufragio. Habían salido rumbo a la Florida en una lancha pequeña, se perdieron, los agarró un mal tiempo, el bote se hundió, las olas, los gritos, la ausencia. Estuvieron llorando un buen rato hasta que Yosvani decidió volver a la fiesta para informar a los demás. Pero cuando llegó todos estaban ya muy ebrios y solo atinaron a sonreír.

La desaparición de Elvis nunca pasó de una simple tragedia que pudo sucederle a cualquiera. Irioska Nodarse, la madre, había vuelto a su casita de Los Pinos y juraba que su hijo estaba vivo, solo que ella no sabía dónde. Algunas televisoras miamenses, que hasta entonces poco o nada habían hablado de él, ahora especulaban con ridículas teorías y lo ubicaban en una isla del Caribe o secuestrado por el gobierno. Los amigos tampoco reaccionaron, incluso, muchos de ellos aprovecharon el contexto para seducir a las mujeres de Elvis.

Para rematar, en el famoso concierto de las entradas de 100 cuc que reunió en el Hotel Capri al entonces fraccionado Clan 537, el rapero Insurrecto, bromeando sobre el tema, comenzó a cantar Bajo del mar.

Yosvani hervía por dentro. No soportaba el ingrato desdén de los fanáticos ni la hipocresía del reducido círculo íntimo de su ídolo. Él sí lo recordaba, él le guardaba luto. Nunca se había atrevido a imitarle, pero el dolor le dio fuerzas para tomar un micrófono; no para transportarlo ni ajustarlo, sino para cantar.

Cargado de valor se fue a las playas de Marazul, al este de La Habana, y a la orilla del mar, de frente al horizonte, le habló a Elvis. Le prometió que se haría famoso y en todo momento hablaría de él hasta que la gente recordara su existencia. Después, humilde, pidió su bendición.

Versículo II

En los albores de la humanidad no había mito sin música. Hoy no hay música sin mito. Existe dentro de ese mundo algo teologal, una esencia beatificadora que construye leyendas de la nada, aunque algunos prefieran llamarles ídolos, iconos o estrellas. Una canción es una historia, y quien la cante, un profeta.

El reguetón, de por sí, tiene una condición escatológica muy particular. Vico C, uno de los pioneros del género, comenzó con tópicos religiosos, una mezcla desentonada entre los preceptos cristianos y el honor de los malandros. Puerto Rico y República Dominicana engendraron a toda una generación que incluyó en sus letras temas de sexo, violencia, pandillas… crudas realidades del bajo mundo caribeño. Comenzaba el reinado del doble sentido que de a poco se desataría hasta convertirse en golpes directos imposibles de malinterpretar. Aun así, aquellos reguetoneros no pudieron apartarse de lo místico. Unidos se hicieron llamar “Los 12 Discípulos”. Otros por su cuenta, como Tito el Bambino, aludían a sus buenas costumbres cristianas con un “Dios los bendiga”.

En Cuba todo empezó con Candyman y algunos imitadores. Después llegó Elvis Manuel…

Versículo III

El 7 de abril del 2008, Elvis Manuel se lanzó junto a su madre, Jerry y 16 personas más en busca del sueño americano. Dejaba atrás a sus amigos, la casita en los Pinos, el palomar, el rechazo de las instituciones culturales cubanas y a un pueblo que lo seguiría escuchando una vez se hiciera famoso en los Estados Unidos.

Partieron de Pinar del Río en una lancha demasiado pequeña para tantos navegantes. Desprovistos de brújula, a los siete días seguían sin rumbo por el Atlántico. De pronto, un temporal los sorprendió y las olas comenzaron a inundar el bote. Los improvisados marineros apagaron el motor y se turnaron para sacar el agua. La embarcación se sacudía cada vez con más fuerza. Uno de los tripulantes retiró sin querer una tapa de la lancha. El mar entró y terminaron por volcarse. El mal tiempo empeoró. Cundió el pánico. Irioska vio a su hijo nadar, luchando contra el vaivén violento del océano tempestuoso. Le llamó varias veces. Elvis le respondió “¡Mami!” en un grito que debió parecer más el de un simple muchacho asustado que el de un cantante que hablaba de prostitución y drogas. Después, dice Irioska, una sombra se lo tragó. Según otros sobrevivientes fue una ola. Nunca encontraron el cuerpo.

Versículo IV

A los 18 años Elvis (Presley) intentaba darse a conocer fuera del ámbito de la familia y los amigos con un infructuoso disco de acetato bajo el sello Sun Records. A esa edad el otro Elvis (Manuel) moría tras haber revuelto con sus éxitos el panorama musical de su país. No hay lugar para comparaciones, solo es una observación.

Versículo V

Por sí sola, la fama interrumpida por la muerte produce una leyenda. Bástale un predicador para que se convierta en culto. Elvis Manuel tuvo una vida corta y una popularidad aún más fugaz. Elvis tuvo también la suerte de conocer a Yosvani Arismin Sierra Hernández antes de que este se convirtiera en Chocolate.

El Choco es un tipo sui generis. Trascendió a su propia música, rompió todos los esquemas y ahora es algo más que un excéntrico cantante; es el historiador del reguetón en su estado puro, el de las calles, de lo que él mismo llama “el reparto”. Ha venido a ser el Pablo de Tarso del reguetón cubano, solo que por epístolas manda directas en las redes sociales. Es el apóstol, el inquisidor de los apóstatas que le negaron lágrimas al mártir. Elvis dejó una historia y él la reescribió con aires épicos, a su manera, transmutándola en algo sagrado.

La relación mística entre Chocolate y Elvis Manuel solo puede entenderse desde la superstición y la fe en la voluntad humana, sin despreciar cuáles sean las metas. De alguna forma Chocolate ha tenido la vida que tuvo Elvis y, quizás, también la que Elvis hubiese querido. Salió de las calles, popularizó algunos temas en Cuba (El campismo, Lío es lío problema es problema, Guachineo), hizo featurings con los reguetoneros de su época (El chupichupi, La Flauta, Sexo), se fue a los Estados Unidos y desde allá sigue siendo escuchado en la isla con más furor que antes (El palón divino, Bajanda…). No en vano Chocolate le ha dado al espíritu de su ídolo la forma simbólica de una corona que ahora reclama por herencia. Él es, sin dudas, el nuevo Rey.

Elvis Manuel representa en la lógica de su evangelista una Cuba alternativa que no aparece en noticieros ni periódicos, una isla dentro de la isla, un glamour tóxico, violento y descalzo que subyace entre el glamour de la crisis y el de las palmeras tropicales. Es también la antítesis de la hipocresía de muchos reguetoneros que buscan congraciarse con los circuitos de distribución estatales, y cuánto de tragedia implica el acto de emigrar. Elvis, el puntal de su epopeya del sueño americano.

Antes de irse a los Estados Unidos y convertirse en un Rey autoexiliado, el Choco reunió a algunos viejos amigos de su guía espiritual y musical para grabar una canción a manera de homenaje. Tras unos primeros tristes acordes de piano, puede escucharse su voz:

“El sueño de Elvis Manueeel/ Martínez Nodarse/…en el sueño hay que perseveraaar/ el sueño no puede cansarte…”

Versículo VI

En una disco cualquiera de Tampa, Estados Unidos…

Chocolate suda. Acaba de cantar una de sus canciones y el público grita, pidiendo más. Él sonríe. La fama le sienta bien.

Por un costado del escenario aparece el animador del espectáculo. Camina hasta él y le muestra lo que parece un cuadro ya enmarcado.

—Esto es de una tienda que hay aquí, en Tampa, que le hizo un regalo al Rey de los reparteros en memoria de Elvis Manuel. ¡Un aplauso, un aplauso!—, pide el animador y la multitud responde con gritos y saltos.

La obra es algo simple, solo dos fotografías superpuestas, una de Elvis y otra suya. Él la toma en sus manos y la alza sobre su cabeza. Agradece. Se emociona. Quizás recuerde la promesa frente al mar y piense que todo su éxito se debe a las bendiciones de su ídolo. Como sea, sobre el escenario ha desaparecido Chocolate MC y nadie se ha percatado de la fuga. En su lugar está Yosvani, un utilero soñador que agarra el micrófono con fuerzas y comienza a gritar:

“Míralaa, mírala como sudaaaa…”

Bajo la tarima, el público frenético canta con él.

1 Comment

  1. Darío me ha encantado tu artículo porque muestra las otras aristas casi siempre invisibles pero totalmente indispensables en toda historia. Haces referencia a un fenómeno que está marcado lamentablemente por los prejuicios y en el cual para muchos – quizás por el desconociminto o por la ausencia de una preparación cultural que les permita profundizar en los difíciles vericuetos de las dinámicas sociales – no se haya una explicación para el performance de intérpretes como Chocolate. Agradezco este tipo de artículos. Está muy ingenioso y aunque pareces imparcial en tus criterios, se entiende tu mensaje.

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