Descartes. Diseño: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM.
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El disco rayado: Descartes

4 minutos / Carlos M. Mérida

25.08.2020 / El disco rayado,  Reseñas

Uno de Silvio. El que más moretones me dejó. Quince, para ser exactos. No es el mejor. Si mi integridad física dependiera de señalar cuál es su mejor disco, diría Causas y azares, pero es que hay una parte de mi vida imposible de recordar sin la música de fondo del Descartes (1998).

Mis novias imaginarias de adolescencia tuvieron muchos rostros pero un solo sonido, y este fue Tu imagen, la segunda pista de ese álbum. Ahora ya no tanto, pero hubo un tiempo no muy lejano en que me liquidaba, me reducía a la circunstancia de trapo viejo desplantado y disperso sobre la cama, esto: “(…) y así, fuiste la otra mitad de amanecer que no alumbró jamás”. Final. Eso no se le hace a un pepillo pobre, melancólico, sin jevita y que se creía poeta.

Me las sé todas. Las canté en mi cuarto con los ojos cerrados y mi primera guitarra, ante audiencias figuradas y muchachas invisibles que me escuchaban quietas, enamoradas de mí. Ponía el disco, me sentaba al borde de la cama con la viola en el muslo derecho, de canto, y simulaba los acordes a la vez que entonaba las melodías, casi siempre bajito, pero sin que la autenticidad de mi interpretación sufriese, como si estuviera en el Karl Marx o en la Escalinata de la Universidad. Los movimientos de mi boca se correspondían con la altura de las notas, así como la alternativa constricción y laxitud del diafragma y el esfínter. Los viejos alguna vez abrían la puerta y ser pillado en el trance me daba una vergüenza que solo se tiene a esa edad; vergüenza que venía, naturalmente, con reprimenda sobre la necesidad de que tocaran a la puerta antes.

Algunas canciones sí que las llegué a cantar en público, A caballo, por ejemplo. Recuerdo que ya tan temprano no me quedaba muy cómodo eso de “A caballo, de tan necesario / me siento más revolucionario”; pero, ¿qué iba a hacer? ¿Inventarme un manifiesto? ¿Hacer un performance frente a toda la escuela? ¿Cantar ese último verso con voz gutural y la mano cornuda del heavy metal arriba? Muchas cosas me pasaron por la cabeza, pero yo nunca fui tan transgresor. Así la había escrito Silvio, y así la cantaba yo.

El Hijo Ilustre de San Antonio de los Baños tuvo una época tan prolífica (y con calidad; porque mira a Gerardo Alfonso), que se permitió hacer este disco con lo que consideró eran las sobras de la trilogía SilvioRodríguezDomínguez. Es increíble. Además de que en el ’98, con 52 años, todavía tocaba la guitarra como una bestia. Ahí está En busca de un sueño para probarlo. No sé si se habla suficiente del gran guitarrista que es, o de su arsenal melódico, que tanto daño sigue haciendo a trovadorcillos nostálgicos como el que yo intenté ser. Supongo que sí.

En este álbum asistimos al fin de su juventud. Tal vez duró uno o dos años más y le dio tiempo a sacar el disco con Rey Guerra, pero ya. Luego llegó la época de Cita con ángeles y entonces solo fueron destellos aislados. Nunca sabremos si realmente Silvio perdió el flow o fue que nosotros perdimos la inocencia. Yo, amigos, miento si digo que puedo acercarme a su obra con objetividad. Uno ya tiene 30 y se cree todo adulto, responsable y sereno en el juicio; pero el que escucha estos temas que, a cincelazo limpio, esculpieron lo que eres hoy, sigue siendo el mocoso de 15 años que dudaba cada vez que oía Vida y otras cuestiones.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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