Ilustración: Mayo Bous.

Desmontando la noche: Si tocan a la puerta, abre Ray

en PM

A las ocho de la noche del jueves, Ray Fernández ha cantado ya, guitarra en mano o en bandolera, canciones suyas, temas de la trova tradicional cubana, corridos mexicanos y algún que otro éxito de la década prodigiosa.

Pudiera decirse que esto es lo que ha venido haciendo desde hace nueve años, cada jueves, a las ocho de la noche, en el Piano Bar El Diablo Tun Tun, de la Casa de la Música de Miramar. Los años que recién cumplió la peña Quimbombó que resbala.

Es justo entonces –cuando los asiduos al lugar imaginan que lo han visto y escuchado todo–, que algo pasa. Algo que parece romper la dinámica del concierto, pero que los habituales sospechan que forma parte de la dramaturgia que rige la vida de un tipo como Ray Fernández. Desde el público, con un jean apretado y unas trenzas artificiales pegadas al cráneo, se asoma Ramón Lavado Martínez, a.k.a. El Chacal, abriéndose paso hacia el escenario. A dúo, Ray y El Chacal interpretan En las tinieblas, de José Tejedor, y, maravilla, entre los aplausos del final, Ray Fernández lanza una cita: “Hay que ayudar a los talentos –dice–, porque los mediocres triunfan con medios propios”.

***

Algo he tenido claro desde el principio. A Ray Fernández se le ama o se le odia. No caben con él términos medios. Un tipo que ha hecho del sarcasmo, la burla y la ironía sus armas más infalibles no suele despertar simpatía. Y eso es su música: una retahíla de versos sacrílegos, a veces despiadados, a veces consoladores, en los que nada, ni siquiera su propia vida, es sagrada.

Cuenta él mismo que luego de quemar treinta pollos en un restaurante de la Habana Vieja donde trabajaba y ser expulsado “deshonrosamente de las filas culinarias”, decidió ganarse la vida en el malecón con su guitarra. Quiso la suerte que una de esas madrugadas Ray se tropezara con la gente de El Caimán Barbudo, con Bladimir Zamora, el gurú de la trova cubana. Y cuenta que Bladimir lo fichó.

Al poco tiempo comenzaron la peña juntos. El Blado leía poemas y Ray le daba a la guitarra. Eventualmente — luego sin “El Blado”, todos ahora sin “El Blado” —, Quimbombó que resbala se convirtió en la mejor descarga de La Habana. Al menos desde que comencé a frecuentarla en el 2010.

Allí, de cinco de la tarde a nueve de la noche, alcohol mediante, son y trova y “batangas taínas” y congas al tango o viceversa, una puede ser quien tenga ganas de ser. Ray sube al escenario a las siete y, fuera del piano bar el mundo se ve como a través de un cristal empañado. Ray improvisa, sobre la marcha, un setlist que le canta lo mismo a Gastón Baquero que a la libreta de abastecimiento. Y todo el mundo lo sigue, como si aquello fuese lo más normal del mundo. Como si solo tuvieras permitido reírte de lo mal que nos va en esta vida rodeada de agua. Y corear: “la línea de flotación/ está llena de agujeros/ y roto el palo mayor./ El velamen, lleno e’ parches/ se oxidó el ancla también/ y no hay una pata e’ palo/ y no hay una pata e’ palo/ que no tenga comején”. O: “la mitad de los cañones/ son víctimas del orín/ ya no hay ron en los toneles/ ni azufre en el polvorín./ Ese mal viento del norte/ le puso al pomo la tapa/ y olvídense del tesoro/ porque perdimos el mapa”.

Aunque no se trata de un espacio exactamente barato (la entrada para los nacionales cuesta 2 CUC y la bebida supera casi siempre los 1.50 CUC, el trago o la cerveza), el Tun Tun es oasis para ciertos grupos, en su mayoría universitarios, que buscan dónde bailar sin demasiado reguetón, el género que ocupa casi la totalidad de los espacios de música bailable de La Habana y de Cuba.

Ilustración: Mayo Bous.
Ilustración: Mayo Bous.

Y luego está también el Tun Tun como espacio de confluencia de un montón de trovadores a los que Ray cede o comparte la guitarra para protagonizar juntos las más surrealistas descargas, que a veces ni siquiera quedan grabadas en los celulares. David Torrens, Oscar Sánchez, Samuel Águila, Adrián Berazaín, Fernando Bécquer, Mauricio Figueiral, Jorgito Kamankola y un largo etcétera, andan de jueves en jueves por allí. Y no solo trovadores. Allí han subido desde Eliades Ochoa hasta El Noro. Desde un diplomático español bautizado por Ray como Niño Bravo, hasta una banda rumana o un matrimonio norteamericano que paseaba La Habana y que hizo reventar el Tun Tun en aplausos con una versión de Billie Jean.

No es tan difícil creer entonces que no hay dos jueves iguales. Que, aunque haya, no sé, cuatro, seis canciones que Ray haga durante cuatro semanas seguidas, nunca es lo mismo. No aburre. En medio de un tema, Ray puede comenzar a recitar sus décimas, quitarse la camisa y tamborilear su panza, o dedicarle piropos a su esposa Lenia –importantísimo pilar en toda esta historia–, o a incitar al público a votar por él en las próximas elecciones.

Es quizás su facilidad para reinventarse, la que lo ha mantenido a flote durante nueve años. La que hace que una tenga ganas de gritar que pongan un límite al acceso del público, que cierren este sitio por capacidad de una puta vez.

Algo he tenido claro desde el principio. A Ray Fernández se le ama o se le odia. No caben con él términos medios.

En el Tun Tun se baila con el o la o los de al lado, se grita a voz en cuello un coro que dice “china/ dale consíguete un rabo/ de nube/ pa que se lleve lo malo”, se dejan los bolsos en el suelo, se abre el camino a empujones entre la multitud que llena los pasillos, no se paga el baño si no quieres, no se alcanza mesa casi nunca, y se fuma fuera.

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Y una, que lleva años en esto –tantos, que a cada rato me preguntan si por fin me hicieron cliente VIP y me dejan entrar gratis–, va mirando el reloj mientras avanza la noche. Calculando las canciones que van quedando y pensando en aquellas que quisiera escuchar y bailar, pero que irremediablemente Ray dejó para el próximo jueves. Esperando entonces el cierre, un cierre que solo es de verdad cuando suena El King reguetón de La Habana, clásico de la casa.

Una canción que es, a la misma vez, muchas otras canciones. Tiene, digamos, una base, una premisa: odia al reguetón e incita a todos a odiarlo, y a partir de ahí sucede lo que sucede: un montón de estribillos y frases tomadas de aquí y de allá que Ray va incorporando según le parezca. Ningún King reguetón es igual al anterior, pero cuando comienza un estribillo, todo el mundo sabe cómo seguirlo. Desde “cómo se empina el papalote”, hasta “María Cristina me quiere gobernar”. A lo Ray, claro está. Y luego pasan por ahí letras de Gente de Zona, de El Chacal, de Chocolate y cuanto reguetonero suene por esos días. Si lo piensan un poco, El King reguetón de La Habana funciona como una vacuna, fabricada a partir del propio virus.

Lo malo es que, como casi todo Ray, El King reguetón de La Habana no cabe en un .mp3. Tres discos y un DVD después, el verdadero Ray Fernández sigue necesitando las luces, el escenario y la adrenalina de un antro como el Tun Tun para ser él mismo. Mientras no sea capaz de inventarse una versión igual de performática y satírica off Tun Tun, hay que estar allí, los jueves, de cinco a nueve.

Y si una vez dentro, casi al final de la noche, alguien dice “reguetón”, no sé ustedes, pero yo grito “Fuck it!”.

Nombre: Piano Bar El Diablo Tun Tun, Casa de la Música de Miramar.
Dirección: Calle 20 esq. a 35, Miramar. La Habana.
Horario: Todos los jueves, De 5:00 p.m. a 9:00 p.m.
Precio de entrada: 50 cup o 2 cuc; 5 cuc los extranjeros.
Precio de la cerveza: Nacionales, 1.25 cuc; Importadas, de 1.50 en adelante.
Capacidad: 150-300 personas.
Modos de uso de la música y géneros: Música grabada y en vivo.
Música popular bailable, trova, fusión.
Modelo de propiedad: Estatal.

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