Portada del álbum Mi mundo, de Brenda Navarrete. Foto: Cortesía del artista.

Brenda Navarrete, poeta del tambor

en AM

Hace dos horas, cuando todo comenzó, la gente no gritaba. Hace dos horas, mientras esperaban a que se apagaran las luces, la gente solo murmuraba y hablaba, quizás, de la nueva tubería de gas que debe instalar en su casa, de la conexión por datos, de los ciclones que se están formando (o se formaron) en el Atlántico. En esas andaba la gente cuando la sala quedó a oscuras y el escenario se iluminó de amarillo y okónkolo, iyá e itótele –esos tres tambores bimembranófonos, de caja de madera enteriza, que semejan un reloj de arena–, fueron percutidos, a mano limpia, por Brenda Navarrete. Ella, lucumí, olúbatá, mulata, diva, rompía con fuerza sobre aquellos parches, mientras el canto a Elegguá abría los caminos de lo que sería un largo viaje por ese disco primigenio que es Mi mundo.

Pero ya lo decía: hace dos horas, cuando todo comenzó, la gente no bailaba, no cantaba, no vociferaba. Ahora, como suele suceder, la gente enloquece. La sala-teatro del Museo Nacional de Bellas Artes se cae abajo, y muy pocos entendidos se percatan de ello. El viaje, podemos decir, no tiene regreso posible.

Brenda Navarrete. Foto: cortesía de la artista.
Brenda Navarrete. Foto: cortesía de la artista.

Puede que el cubano que no asiste a la misa de los miércoles con Interactivo, que no acuda a las Fiestas del Tambor, que no se desordene al escuchar “Alabao” –ese temazo que figura en el puesto número seis de Terapia, primer disco de ese fenómeno de la música cubana actual a quien conocemos por Cimafunk–, probablemente no haya oído hablar de Brenda Navarrete. Puede, incluso, que ese cubano “promedio” no sepa que, en este 2018, el álbum debut de Brenda, Mi mundo, se llevó el premio Cuerda Viva en la categoría de Música Alternativa, y que hay en ese fonograma una extraña simbiosis de sonidos que nos impide estar en pausa; porque, aquí, es el movimiento quien impone las reglas.

Pero, ¿qué hay en el mundo de Brenda Navarrete? ¿Cuáles son sus universos paralelos, sus agujeros negros? ¿Cuál es su caos, cuál su densidad? La respuesta más sencilla sería la siguiente: rumba, latin jazz, timba, son, música hindú, guaguancó, folclor. La más difícil, eso sí, estaría detrás del canto yoruba, de esa lengua afrocubana y esa espiritualidad que recorre muchos de los temas del disco y que nos devuelve a una Brenda presa de sus influencias; incapaz, ella misma, de desprenderse de eso que la hace materia viva. Pero no nos equivoquemos: eso nos gusta. La disfrutamos bien detrás de los batá –coqueta, sensual–, o bien en esa voz magnética, instrumento en sí mismo, que abre un espectro de colores y matices en cada canción.

Un lugar aparte merecen, entonces, los músicos que la acompañan. Metamos en un mismo saco a Alain Pérez en el bajo y los arreglos; recojamos por el camino a Adonis Panter y Osain del Monte, a Roberto Carcassés, Horacio “El Negro” Hernández, Rolando Luna, Eduardo Sandoval, Pete Locket, entre otros. Con ese ejército de templarios, difícilmente alguna cruzada pueda salir mal. Como colofón, hagamos énfasis en el trabajo coral. Este es un disco de múltiples voces, y eso se nota.

El mundo de Brenda comienza entonces en “Baba Elegguá” y continúa, luego, con “Rumbero como yo” –ese guaguancó delicioso que deviene homenaje a los “poetas del tambor”, a la rumba, a las raíces afrocubanas–, con “Anana Oyé”, una canción hermosa de Pedro Luis Ferrer que la joven percusionista hace suya, con “Caravana” –cuya letra es de Bobby Carcassés, pero que está inspirada en ese estándar de jazz compuesto por Juan Tizol y Duke Ellington que reúne ya más de trescientos cincuenta versiones–, con “Namaste”, “Mulata Linda”, “Cachita” y “A Oshún”. Composiciones todas donde el sonido grave del bajo y las melodías, a ratos ligeras, del piano –con interludios de flauta y trombón– nos seducen. Nótese que no todo es percusión aquí.

Intencionalmente, en este recorrido apresurado por las canciones del álbum debut, han quedado fuera dos temas que se me antojan indispensables y que están, si se quiere, en las antípodas del sonido. No importa cuántas veces hayas escuchado el disco, no importa cuántas veces reproduzcas los tracks cinco y siete: “Drume Negrita” y “Taita Bilongo” son algo más que un tributo a Bola de Nieve y Celia Cruz, respectivamente. Son, también, fuerza, buena vibra, flow.

Brenda Navarrete. Foto: cortesía de la artista.
Brenda Navarrete. Foto: cortesía de la artista.

Como cada 8 de septiembre una caravana sale de la Iglesia de la Caridad del Cobre en Centro Habana y recorre las calles Galeano, Zanja, Reina, y sus inmediaciones. Es sábado a las seis de la tarde, y una suerte de carromato carga con la réplica de la Patrona de Cuba que se encuentra en el Santuario del Cobre. La virgen lleva en el brazo izquierdo al niño Jesús, y en el derecho una cruz de oro. Viste su habitual traje dorado y una urna de cristal la protege. Detrás, la gente reza.

Dos horas más tarde, cuando todo comenzó –mientras la gente en la sala-teatro solo murmuraba y hablaba, quizás, de la nueva tubería de gas que debe instalar en su casa, de la conexión por datos, de los ciclones que se están formando (o se formaron) en el Atlántico –, Brenda Navarrete se vestía con un traje entre rosa y amarillo, vocalizaba, y pensaba, tal vez, en el concierto que le quedaba por delante. En el set list, la compositora y percusionista cubana incluía, uno tras otro, los temas de su primer disco Mi mundo, licenciado por Alma Records. La décima y última canción sería un canto a Oshún. La peregrinación, entonces, habría terminado.

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