Alberto Cortez me enseñó a ser cursi

por
El Secundero

No valoré los días de radio junto a mis abuelos, en las noches sin luz del Paradero de Camarones, hasta que estuve cerca de cumplir los 20 años. Solo entonces asimilé danzones, trovas y todos esos ritmos de la Cuba del ayer que llevaba por dentro.

Hasta que eso no sucedió, solo un artista logró que mis gustos y mis oídos se entendieran con los gustos y los oídos de los mayores. Por mucho tiempo creí que solo Silvio, Pablo o Serrat eran capaces de componer grandes canciones. Mi postura al respecto era tan radical como ingenua y —sobre todo— ignorante.

Fue entonces que Alberto Cortez me hizo cambiar de parecer. Vestido de traje y corbata (lo cual, para mí, era una inequívoca señal de decadencia) y con los mismos gestos de los cantantes del pasado, decía cosas conmovedoras, tanto para mis abuelos como para mí.

Más que a Vallejo, Villena, Guillén, Machado o Miguel Hernández, los versos que aquel argentino cantaba y recitaba, parecían tangos o boleros. Con una sagacidad, hasta entonces desconocida para mí, era capaz de complacer tanto a los conservadores como a los revolucionarios (sigo hablando de música, eh).

Un día le comenté todo eso a Raúl Eguren (un querido maestro de la Escuela Nacional de Arte y un inolvidable actor del teatro y el cine cubano). “Tendrás que estar siempre agradecido de Alberto Cortez —me dijo—, porque te liberó de muchos prejuicios absurdos y te enseñó a ser cursi”.

Hoy lo he buscado en Google Map y todavía está ahí. En la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, en el límite del patio, donde termina la casa, hay un árbol que plantamos mi madre y yo. Ahora es un enorme eucalipto, pero en algún momento fue apenas una rama.

Gracias, Alberto Cortez, por todo lo que te debo. A mí también se me ha ido un amigo.

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